Vivir para contar

Eduardo Sánchez Rugeles

“La locura es asintomática. Nunca me di cuenta. Tenía la convicción de que era una persona normal. Yo solo quería matar a Dios”. Así comienza el cuarto libro de un autor venezolano. La reacción de alguien que reconoce su locura entre un paraíso de cuerdos terrenales, o un infierno. Su pasión -la del creador de ésta frase- se caracteriza por el afán de escribir sobre su país, aún estando en el exilio. Eduardo Sánchez Rúgeles, es un venezolano que vive en España. Nació en Santa Mónica-Caracas, y acoge recuerdos de su niñez como quien colecciona fotografías, viejas, gastadas y con difusas vivencias en blanco y negro, o sepia.

Su propósito es claro: escribir. Sin embargo, la vehemencia de sus palabras, lo delatan. Además de transmitir sensaciones arbitradas por letras, su inclinación por enseñar en un aula de clases, forma parte de su currículum vitae. “Ese oficio, sin embargo, ya es un asunto de nostalgia”, lamenta. Actualmente su entorno se interpone. Es el autor de cuatro éxitos literarios, Transilvania unplugged, Blue Label/Etiqueta Azul, Los Desterrados y Liubliana. Su talento ha sido remunerado en dos oportunidades como ganador del primer lugar en los premios, Iberoamericano de Novela Arturo Uslar Pietri, Mención Novela y Certamen Internacional de Literatura, Letras del Bicentenario, Sor Juana Inés de la Cruz, México.

Su última novela, Jezabel, se publicó en el 5to Festival de la Lectura Chacao 2013.

Santa Mónica, Billo Frómeta, Alfredo Sadel, Yordano Di Marzo, dos padres y una hermana abogados, quién diría que Eduardo Sánchez Rúgeles sería escritor ¿Qué elementos contribuyeron para formar al ganador del premio Sor Juana Inés de la Cruz?

 -Cuando era niño odiaba la escuela. Nunca me gustó ir al colegio. Todas las causas de la infancia estaban en mi casa. La imaginación, entonces, se alimentaba de la televisión y de una variopinta colección de películas en Betamax. A veces iba al cine con algún familiar pero, por las limitaciones de la edad, mi principal promotor de ficciones era Cine Millonario. Todo comenzó con las películas, la literatura vino después. La biblioteca de la casa era pequeña pero había varias cosas. Siempre me gustó leer. Nunca fui un ermitaño radical pero sí fui un poco solitario y sedentario.  Nací en Santa Mónica, crecí en Santa Mónica, estudié en Santa Mónica, cuando viajo a Venezuela regresó a Santa Mónica. Billo Frómeta, junto a la Sonora Matancera, es parte del soundtrack de mi casa. Desde que Yordano dijo aquello de “El suelo está cubierto de botellas” me sentí identificado con su lamento. Nunca me gustó el Derecho. Nunca me interesó. Nunca lo entendí. Sé que sería un pésimo abogado; nunca le pondría suficiente empeño a ninguna causa leguleya.

 ¿Qué libros recuerdas de la pequeña biblioteca de tu casa?

 -Julio Verne: “Miguel Strogoff”, “El faro del fin del mundo” y “Por un billete de lotería”; “El príncipe y el mendigo” de Mark Twain; eran ediciones juveniles. El mayor compendio literario lo tenía una colección de libros rojos que publicaba la revista Bohemia. Era una colección rarísima. No sé cuál era el criterio. Había de todo, desde “La Odisea” y “Los Amos del Valle” hasta libros de Derecho, Leyes y poemarios.

Inventabas finales y reescribías historias a tu manera ¿Cuándo fue la primera vez que te tomaste enserio la escritura?

-Creo que fue cuando terminé el borrador de “Transilvania, unplugged”. En ese momento, consideré que tenía un trabajo competitivo entre las manos. Trabajé en “Transilvania” con disciplina de tesis académica. Nunca antes había abordado un proyecto literario con un método, con una planificación tan rigurosa. “Transilvania” fue el primer trabajo que mostré sin sentir miedo o que estaba mendigando una oportunidad ante una casa editorial. Antes de esa novela escribí varias cosas pero con ninguna me sentí cómodo del todo.

¿Para qué escribe Eduardo Sánchez Rúgeles?

 -Honestamente, no lo sé. No creo que sea para que me quieran. Mis personajes, en su mayoría, son bastante antipáticos.  Al final, el afecto del lector es una lotería. Escribir es divertido. A estas alturas, la escritura forma parte de mi cotidianidad, es un hábito. Escribo para matar el aburrimiento y sentir que estoy haciendo algo útil.

Mucha gente desconoce que antes de ser escritor fuiste profesor, y esa fue una de tus grandes pasiones ¿En dónde estaría Eduardo Sánchez de haber cultivado la vehemencia del educador?

-Sin duda, dando clases. Bachillerato, preferiblemente: cuarto y quinto año. Quizás en primeros semestres de alguna Escuela de Letras o Comunicación Social. Me gusta mucho el trabajo de aula, me motiva, me mantiene en permanente actividad relectora, crítica, dialógica. Ejercer ese oficio, sin embargo, ya es un asunto de nostalgia. Tengo mucho tiempo sin entrar como docente a un salón de clases. No descarto regresar. ¿Cuándo? ¿Dónde? No lo sé.

Prefieres los personajes convencionales, fracasados, acomplejados, perdidos, desorientados ¿Por qué?

 -Quizás se trate solo de una impresión personal, no lo sé. Espero equivocarme pero percibo que en nuestro siglo y, en Venezuela en particular, más allá de las pequeñas alegrías y los usos instrumentales del optimismo hemos desarrollado un diálogo degenerativo con la idea del fracaso, los complejos, la dispersión y la derrota. No tenemos muy claro cuál es el norte, queremos creer en algo, queremos aferrarnos a algo pero la realidad es indolente y, permanentemente, nos da la espalda. Creo que, en el caso de Venezuela, la situación política nos ha envilecido. Como sociedad, la llamada Revolución nos ha llevado hasta lo más bajo. Mis personajes, en su mayoría, padecen esa dispersión y se desenvuelven dentro de esa bajeza.

Te reconoces como un tipo tremendamente inmaduro ¿En tus novelas cómo se refleja esa inmadurez?

-Mi inmadurez está focalizada en la vida práctica. Las cosas más inmediatas y cotidianas en la vida de cualquier persona me resultan complicadas. Socialmente, soy muy torpe. Me cuesta, por ejemplo, ir a comprar pan, preparar un desayuno, cambiar un bombillo, ahorrar, ir al mercado a hacer la compra de la semana. La rutina doméstica me genera un estrés exacerbado. A eso me refiero cuando hablo de inmadurez. Soy consciente, por otro lado, de que cuando me toca asumir compromisos profesionales padezco un exceso de responsabilidad.  En realidad, lo que mejor me define es la paradoja.

Has publicado cuatro obras que evidencian  la realidad de un país, de un matrimonio, de los jóvenes ¿De qué otro tema escribirías?

-Hasta ahora (aún en los proyectos por venir) no he tenido la iniciativa ni el interés de salir de Venezuela como espacio narrativo. Mi escritura está profundamente arraigada al contexto. Trabajo con proyectos de memoria. Mis personajes elaboran un relato en el que cuentan experiencias, ellos vieron cosas, les pasaron tales o cuales cosas, todos esos relatos están ligados a Caracas. Creo que podría aventurarme a escribir sobre cualquier tema pero siempre procuraría enfocarlo desde el imaginario caraqueño.

Elisa Lerner decía que el mejor escritorio del escritor es la soledad ¿Algún ritual a la hora de escribir?

Sí, suscribo esa sentencia. La soledad es necesaria. No solo para redactar. El proceso creativo como tal (toda la fase que supone la invención, la imaginación de la historia, de los personajes y el conflicto), requiere de cierto alejamiento, de una especie de retiro. Sin embargo, la soledad por sí sola es impotente. La experiencia literaria, al menos en mi caso, se alimenta de la vida social. Soy un observador y un oyente de oficio; ese trabajo de voyeur es importante, sin esa materia bruta no sería capaz de construir ningún tipo de relato. Luego, cuando llega el momento de procesar y analizar toda esa información sí necesito del escritorio solitario referido por Lerner. ¿Rituales? Café. Mucho café.

 ¿Cómo lograste que te tradujeran al esloveno?

 -Asuntos de la casualidad o la causalidad, quién sabe. El periodista esloveno Marko Jensterle, representante del Ministerio de la Cultura de ese país, estaba de viaje por América Latina, entiendo que cayó en Maiquetía y, en ese periplo, tropezó con la portada de “Liubliana”. Le llamó la atención el título y la foto. Creo que se preguntó por qué demonios un escritor venezolano podría sentirse interesado en hablar de Eslovenia. Compró la novela y se la llevó a Ljubljana. Marko tiene algunos amigos en Venezuela, a través de ellos se informó sobre mi trabajo y me contactó vía e-mail. Establecí comunicación con la editorial Beletrina y, en menos de tres meses, fijamos las condiciones de la traducción y la publicación en el marco del Festival Fábula Literaturas Mundiales, 2013. La gente, en general, fue excesivamente amable y la recepción de la novela ha sido muy positiva. La traductora se llama Marjeta Prelesnik Drogz. Un amigo venezolano la ayudó con la traducción de algunos modismos.

“Jezabel” tu novela más reciente ¿podrías contarnos un poquito sobre ella?

-Jezabel es mi novela más oscura. Fue pensada y estructura en un momento de profundo desasosiego. También es mi novela más política. Aparece publicada en un momento en el que el termómetro sociopolítico está en un punto álgido, eso puede condicionar su recepción. Muchos la odiarán, tiene elementos para ser repudiada (de lado y lado). El protagonista, Alain Barral, sin duda es uno mis personajes más antipáticos. “Jezabel” es una radiografía de Sodoma, un retrato expresionista y triste de una Caracas vencida que se evoca desde el año 2022, aproximadamente. La novela trata sobre el asesinato de la joven Eliana Bloom, ocurrido en septiembre de 2012. Diez años después, Alain Barral tratará de entender qué fue lo que pasó. “Liubliana” tenía como motor la tristeza, la infelicidad, la incomunicación como motivo. En el caso de “Jezabel” me propuse pasearme por la idea de El Mal, quería que todos los personajes estuvieran envilecidos, podridos por el entorno, incluyendo a la víctima.

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