Vivir para contar

Leila Macor

Leila Macor (Caracas, 1971) es una escritora y periodista venezolana, que vivió en Montevideo, Uruguay, entre 1996 y 2011, autora de Lamentablemente estamos bien y Nosotros los impostores. Entre 2005 y 2008 escribió dos columnas en la revista impresa Vayven del diario El Observador. En su columna de contratapa, Voy por fuera, publicó artículos sobre los uruguayos vistos desde la mirada de una extranjera. En la segunda, titulada Me mola, escribió bajo el seudónimo “Woman del Callao” notas ligeras y humorísticas sobre pequeños placeres cotidianos.

 Instituto Escuela, liceo Tito Salas y Colegio San Ignacio de Loyola ¿Qué recuerdos vienen a tu mente al escuchar estos nombres propios? 

Me viene en mente el viernes negro de 1983 y las maravillosas consecuencias que tuvo para mí, porque aquella crisis fue la responsable de esas migraciones académicas. Por eso pasé del Instituto Escuela, que era un colegio privado muy malo, a un liceo público, donde la profesora de literatura preguntaba cosas como cuántas patas tenía la silla citada en la página tal de Doña Bárbara y se ofendía mucho cuando le hacía correcciones ortográficas en clase. Pero luego tuve la suerte de que me dieran una beca en el San Ignacio, donde tuve por fin muy buenos profesores que moldearon mis gustos, entre ellos la profesora de literatura Maria Grazia de Trum. Creo que ella marcó a unas cuantas generaciones allí.

¿En qué año te fuiste a Montevideo y por qué?

En 1996. Me había casado hacía un par de años con un uruguayo y yo en aquel momento quería irme del país por la inseguridad, porque ya comenzaba a ser peligroso salir de noche, ya las casas y edificios se rodeaban de concertinas, había como 30 muertes violentas por fin de semana, comenzaba a popularizarse el secuestro exprés y a mí me parecía que el país no podía estar peor (no te rías). Y en aquel momento Uruguay era un remanso de paz. Hoy en día, los venezolanos que se quedaron en Venezuela tienden a idealizar aquellos años, como si la inseguridad fuera responsabilidad absoluta del gobierno actual. Pero los que nos fuimos tempranamente sabemos que ya existía el germen de la violencia que vive ahora Venezuela. Yo diría que es exactamente al revés. La violencia es la responsable del gobierno. Pero eso es otro tema.

Jorge Drexler dice en su canción Tres Mil Millones de Latidos: “Estoy aquí de paso, yo soy un pasajero, no quiero llevarme nada, ni usar el mundo de cenicero…hay gente que es de un lugar no es mi caso, yo estoy aquí, de paso” ¿Sientes que perteneces a algún lugar? 

Honestamente, no. Después de que uno se va y de que transcurre tanto tiempo, uno se siente extranjero en todas partes. Eso facilita algunas cosas, como por ejemplo que, en la práctica, puedes vivir en cualquier lugar sin que cada mudanza sea un tango y un lamento. El desgarramiento ocurre sólo una vez. Luego ya uno es como esas plantas aéreas, sin raíces, que más o menos se acomodan ahí en cualquier lado. Pero no es una sensación bonita. Aunque no tengo raíces, sí las extraño montones. Como los amputados que, por esos raros cortocircuitos neurológicos, aún tienen sensaciones en los miembros que les faltan.

¿Cómo te iniciaste como escritora?

No me acuerdo. Yo fantaseaba, como muchos niños, con ser veterinaria o arqueóloga. Pero otra de mis opciones era ser escritora. Era una niñita bastante pedante.

¿Cuándo fue la primera vez que te tomaste enserio el oficio?

Siempre me lo tomé en serio. Capaz que cuando tenía 10 años era un poco ridícula con mis pretensiones de intelectual, pero por suerte la escritura más o menos se me dio, porque, de lo contrario, habría sido un fracaso muy engorroso. Tal vez escribo porque sería muy vergonzoso no hacerlo, después de todos mis delirios tempranos de escritora.

¿Qué rincones te inspiran a escribir y cuáles te inspiran a leer?¿Cuáles son tus rutinas en el oficio de la escritura? 

Te junto estas dos preguntas porque no puedo decir nada en particular, no tengo ninguna rutina ni ningún truquito, amuleto, rito, que incentive la escritura. Tal vez una copa de vino (o dos) me dan una mano. Todo lo que necesito es no estar durmiendo, que es, digamos, mi segunda pasión. Soy muy perezosa. El impulso de escribir tiene que ser muy fuerte para ganarle al otro, más natural y fácil, de no hacer nada.

¿qué diferencia hay entre la Leila de “Lamentablemente estamos bien” y la de  “Nosotros Los Impostores”?

Como siete kilos de más, tres o cuatro amantes y un hacha de cortar adjetivos.

Te caracterizan la pluma y el humor, una de las formas más inteligentes de expresarse. Laureano Márquez dijo: “Es increíble la fuerza que tiene el humor para desarmar al poder” ¿Qué desarmarías tú con tu humor y por qué?

Laureano dijo también, hace poco, que “los humoristas siempre adversan los gobiernos” (y entonces expresaba su deseo de adversar un día a Capriles). Yo no puedo mejorar eso. En efecto, los humoristas están (estamos, si me puedo poner a su lado) de acuerdo en que sin crítica no hay humor. De hecho el chiste sin crítica no es humor sino comicidad: el recurso del clown, el juego de palabras, el tortazo en la cara. Para que haya humor debe haber, como dice Luigi Pirandello, una reflexión sustentando el chiste. Por eso a los fanáticos les caen tan mal los humoristas. El humor es un ejercicio de alejamiento, de perspectiva, de descubrimiento de los artificios. Laureano habla de “desarmar el poder” y se queda corto. El poder es una de las tantas víctimas del humor. Todo queda expuesto. Yo no me ocupo del poder sino de las convenciones sociales, las relaciones estandarizadas, las imposturas de la vida cotidiana, o al menos eso intento.

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