Pluma creativa

Aure Parte I

La rutina consiste en llegar a la plaza y sentarse en un banco de cemento en el que siempre revolotean palomas. Es tan triste estar aquí sin compañía con el ocaso que pone tornasol el Manzanares, ya sé, no es invierno, jamás lo es, pero igual diciembre es frio por las noches, lo que hace a la cena menos  amena en este contexto. Algo bueno debería suceder, que me sacuda la agonía y la rutina, una cosa capaz de arrancarme este polvillo que deja el tercer mundo.

Se siente bien la casualidad que me embarga justo ahora, y entonces el viento toma con su meñique esa falda, aunque más interés me da su mirada café. Pasease con una sonrisa de esas que deben darse por amabilidad a los extraños, comienzo a levantarme para verle, saber a dónde se dirige, es importante guardar fotos de su rostro en mi cabeza. Tiene un encanto nato. ¿Por qué no voltea a mirarme? Maldición, me enderezo la corbata como si fuese una cosa relevante, alzo un poco mi mirada por encima de los demás peatones y la veo parada en el puesto de jugos. Me doy cuenta que comienza a hacerse tarde, todos deben irse y con ellos mi oportunidad de saludarla, es otro día de esos donde un extraño cautiva, se va, deja una duda constante.

La tarde toma su marcha hacia las primeras horas de la noche, llegan grillos para acentuar la agonía de la desolada calle. No parece haber más que un leve silbido en esta ciudad de vidrio que se destruye todas las noches y vuelve a nacer cada mañana en un grito de auxilio. A mí me gusta, pero sigue siendo raro esperar el autobús con el mismo miedo. Estresa un poco la señora de las bolsas que me pide la hora, son las cinco de la tarde, nadie quiere hablarse, el tráfico es un lio, la gente quiere dejar el lugar.

Llego a una habitación vacía. Apenas tengo enseres que den calor de hogar. El color en las paredes ya se está desvaneciendo, comenzó como un verde oscuro y ahora parece ser un azul turquesa. Nada anima aquí, a no ser que hablemos de nuevo del ojo café que vi en la plaza. No entiendo, ya hacía tiempo sin sentir el escalofrío, la necesidad de ver y saber sus rutinas. Debo alejarme un poco de esa idea, comenzaré por elaborar un plan para romper con la monotonía.

Diez de la noche y yo aquí pegado a la ventana, fumando un poco, como si el alquitrán me ayudará a olvidar el fracaso irremediable que me abraza. Justo en ese momento la veo, allí va, puedo hacer un ademan de saludo. No importa, creo que vive en el edificio de enfrente. Odio las coincidencias, me hacen pensar en algo superior, una de esas fuerzas espirituales. No podría atreverme a creer en eso, no en este circo.

@NiceceLeon

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