Pluma creativa

La última voluntad

Fue un día lunes al mediodía y ya habíamos llegado a la funeraria Vallés en Caracas. El día estaba gris y una leve lluvia caía sobre la ciudad caraqueña. Hacían ya quince años que por suerte yo no había frecuentado un lugar como ese, exactamente desde que murió la madre de mi progenitor, la difunta Lilia González.

 -Se nos fue Nieto. Fue un gran hombre. Dijo una de las hermanas de mi padre, mientras yo me iba acercando a la urna para darle el último adiós a mi tío político.
Se ha perdido la costumbre o la falta de respeto, dentro de las capillas. Solo los más allegados, sollozan en silencio y rezan por el alma del difunto. El resto de los asistentes, conversan, ríen, chatean e intercambian el “pin” del tan famoso y solicitado teléfono celular Blackberry. Es como si estuviesen a la espera del comienzo de una obra de teatro o de un concierto.
-Ahí viene el cura, ahí viene. Dijo una de las sobrinas.
Salí y decidí respirar aire fresco. No creo en curas, ni en monjas. Solo creo en un Dios único, creador de este mundo que el mismo ser humano se ha encargado de destruir. Puedo sentir  a lo lejos la mirada de mi padre que me siguió desde un principio, acompañada de un soplido que para mi fue algo así como: “tu no cambias carajita”.
-No todos los seres humanos podemos ser afines- dijo uno de mis tíos- y es que esta familia es grande. Mis abuelos paternos que en paz descansen, tuvieron diez hijos; cinco hembras y cinco varones. Tengo por seguro que en su época no vieron mucha televisión, el entretenimiento era otro. Hoy en día somos catorce primos, cada uno hijo de alguno de los hermanos y hermanas.
-¿Quién te creó a ti? Preguntó mi tío.
Ya sabía por donde venía, y es que él no cree en el Dios que creen los católicos-cristianos, pero tampoco es ateo. Según él y su extraña religión que nunca me he interesado por saber cual es, no existe un Dios; sino el espíritu, el alma y el cuerpo. Empezó un discurso un tanto aburrido y quizás no tan adecuado para la ocasión. Me salvó el repique de una llamada en mi celular. Me aparté y atendí. Al colgar ya quedaba menos para que se diera el traslado al cementerio del Este. Me debatía entre el hecho de asistir o no asistir, en especial por si no me daba chance de llegar a mi clase de las 5:15 p.m. en la universidad.
Volteé para echar un vistazo hacia adentro, y me encontré con la mirada de mi padre, algo cansado debido al trasnocho de la noche anterior. Me dije: “mejor voy, sino me quitan el apellido”.
-Bueno a cada quién le llega su hora. Rafael Nieto, ya cumplió su misión en este mundo-dijo una amiga de la familia- como quién sabe que ya le quedaba menos tiempo del establecido.
-Sí, pero igual un paro respiratorio no era lo esperado. No es lo mismo saber que te vas a morir de un cáncer de colon, a que de repente una mañana: ¡Caput! Y allí te quedaste. Le respondió su acompañante.
Llegó la hora, son exactamente las dos en punto de la tarde. La hora establecida para el traslado. Una carroza fúnebre aguarda en la entrada de la funeraria. Desvío mi mirada al cielo y digo: “Bueno Dios independientemente de la religión que él tuviera, que descanse en paz y si es de tenerlo en tu gloria, allí reposará”.
El peso de la urna recae sobre los hombros de los cuñados y sobrinos que se ofrecieron para alzarla, pero más duele el peso de la pérdida de un ser querido. Unas cuantas lágrimas surcan el rostro de cada uno de ellos.
A mis espaldas escucho una voz que no me era familiar.
-Viejas hipócritas. Mírenlas, tanto la esposa como las otras cuatro hermanas. Es que no tienen vergüenza, si no lo hubieran sacado el sábado a la fiestica de cumpleaños esa y hubiesen hecho caso del reposo que el médico estableció, mi amigo Rafael seguiría aún con vida. Murmuró una señora que no conocía y jamás había visto en mi vida.
Con que yo no era la única que pensaba lo mismo. Pero decirle eso a Sergio Alvarenga, significaría oír como respuesta: “Tú no respetas a mis hermanas. No te pareces a mi”. Eso ya es un disco que esta muy rayado, así que es mejor no darle play.
Listo. La fina y reluciente caja de madera en donde reposan los restos estaba en el lugar indicado para ser trasladada. La gente empezó a movilizarse, uno a uno se iban organizando para subir en distintos automóviles. Mi padre picó adelante y fue uno de los primeros en marcharse con un amigo cercano a la familia. A mi no me quedó de otra que irme con el esposo de una de mis primas, específicamente la más afligida de todas por el fallecimiento de la persona que más amó en vida, y que la sostuvo en sus brazos apenas abrió los ojos hace 33 años para así empezar a vivir.
Me monté en el carro y no crucé palabra alguna con el susodicho. Es que no había nada que hablar. Si he compartido con ese sujeto tres veces en lo que llevo de existencia, creo que ha sido como que demasiado, quizás algún cumpleaños, este funeral y por su puesto su boda.

Por fin habíamos llegado al cementerio, el recorrido hasta el crematorio nos llevo tan sólo cinco minutos.

Miré el reloj: 3:30 pm. A esa hora la perspectiva de llegar a tiempo a clases en la UCV se hacía lejana. Según mis fuentes consultadas, un acto crematorio puede durar entre dos y tres horas. Es decir fácilmente íbamos a salir de allí a las 6:00 pm.
Bajaron la urna y acto seguido la carroza se retiró. Abrieron una vez más el lúgubre cajón, para que volvieran a despedirse. Mi atención se centró en algo que me había parecido un tanto extraño. Alrededor del lugar habían demasiados zamuros, para algunos un mal augurio o presagio, para mi significaba algo más, cuando esos bichos andan rondando mucho un sitio, es porque por allí cerca, hay carne y eso solo representa una cosa, comida para ellos. Inmediatamente la piel se me había puesto de gallina, con solo pensar que allí no cumplirían con lo acordado, y mientras los familiares se retiraban a sus casas, en realidad el cuerpo no era cremado sino devorado por estos animales un tanto escalofriantes.
Eran las 4:00 pm. Allí lo dejaron, como quién deja una barca abandonada en medio del mar. No hubo temple por parte de la esposa, hija, cuñados, cuñadas, sobrinos y sobrinas, para exigir que las cenizas les fueran entregadas dentro del lapso de tiempo determinado. Cada uno se iba dirigiendo lentamente hacia los automóviles, había centrado mi vista una vez más en la capilla crematoria y al mirar al techo observé como aquel depredador de intenso color negro se posaba en el techo, como acechando a una nueva presa. Justo en aquél instante la voz de uno de los hombres dijo: “Bueno, esa fue su última voluntad. Quién sabe que harán con el cuñado, tal vez lo vuelvan cenizas, o tal vez su cuerpo sea victima de un acto atroz”.
Por Helen Trocel 
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