¡A escribir!

‘Sukkwan Island’ de David Vann

«Una isla salvaje en el sur de Alaska, a la que solamente puede accederse en barco o hidroavión, repleta de frondosos bosques húmedos y montañas escarpadas. Este será el inhóspito decorado donde Jim decidirá fortalecer las relaciones con su hijo Roy, a quien apenas conoce. Doce meses por delante, viviendo en una cabaña apartada de todo y de todos: parece una buena oportunidad para estrechar lazos y recuperar el tiempo perdido. Pero la situación, poco a poco, deviene clautrofóbica, asfixiante, insostenible. La difíciles condiciones de supervivencia y la olla a presión emocional a la que se ven abocados padre e hijo acaban por conformar una postal de pesadilla».

                 Terminé este libro días atrás y aún puedo sentir su reverberación en los rincones más profundos de mi mente, allí donde pensamientos inconfesables brotan como flores pálidas desde una oscuridad virginal. Hay lecturas que son velos que no ocultan sino que, paradójicamente, a través de ellos desvelan paisajes que antes nos eran invisibles. Este libro es uno de esos casos. Su lectura ha sido adentrarse descalzo a una ciénaga poblada de formas inciertas y descubrir al final de ella toda la miseria que nos conforma, toda la desdicha que somos capaces de infligirnos y de infligir a otros. Incluso desde las relaciones más cercanas, como es en esta historia la del padre y la del hijo.

            Los personajes son escasos pero abismales y recónditas sus interacciones. La carga emocional que David Vann ha imprimido magistralmente a este novela no deja de asombrarnos en la misma medida que nos espanta. Retratar con tanta exactitud el infortunio del prójimo, aún cuando éste no es del todo visible, resulta ser un proceso denso pero cuyos frutos son significativos y complejos. No hay lugar para la intuición en estos parajes donde el ánimo de cada personaje se refleja en los inhóspitos y salvajes paisajes. Una relación simbiótica entre ambos factores nutre toda la tensa calma durante la historia no dejando espacio para el descanso de los ojos. Lo curioso de todo esto es que la trama no le es totalmente ajena al autor: su propio padre se suicidó dos semanas después de pedirle que se fuera a vivir con él a Alaska durante un año. Vann declinó la invitación. Ahora escribe esta historia en la que el niño dice que sí y pasa la temporada con el padre. En sus propias palabras, “la ficción puede ser muy redentora”.

            Quienes tengan o hayan tenido una relación complicada con sus padres, podrán inquietarse frente a la refracción que causa este libro esos casos. Todos los abismos no hacen más que reflejar la profundidad de quienes se asoman en ellos.

Por Victor Alejandro Burgos

@victoralejo

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