Pluma creativa

Oriana de testigo

Pluma Creativa

Eran las diez con treinta minutos de la noche y Oriana apresuraba el paso. La calle permanecía solitaria, oscura, sólo le acompañaban unos cuantos libros y el interés por llegar pronto a casa. Llevaba dinero en sus bolsillos, poco más de 40 bolívares. Se dirigió a la parada más cercana para tomar pronto el autobús. Durante los próximos 20 minutos llegaron pocos colectivos, todos con choferes cansados y pasajeros malhumorados que aguardaban incómodos en los asientos.  Oriana los notó nerviosos, consumidos en sus teléfonos móviles, muy ocupados como para establecer una conversación con la persona de al lado, por el contrario, preferían mantener la costumbre de mirar a su alrededor y así identificar a algún amigo malintencionado que desee desocuparlos de sus pertenencias.

Oriana, tan hermosa, perfumada y bien vestida, le agregaba un punto de dulzura y belleza a la calle hecha ruinas entre  vías rotas y cerros de basura. Elevó la mirada para leer los letreros de los autobuses. Sierra Maestra, La Cañada, Monte Piedad; ninguno indicaba la dirección que ella espera: Zona Central. Subió su muñeca y miró el reloj, eran las 11:00 de la noche. Cabizbaja, miró hacia atrás y encontró su única salida: las largas y oscuras escaleras ubicadas detrás del súperbloque 22,23 de la parroquia 23 de Enero.

Se armó de valor y comenzó a subir no sin antes recordar las innumerables anécdotas peligrosas y hasta fantasmales, donde los 137 escalones son protagonistas. La mujer del vestido blanco en el poste, los gatos negros de la pasarela, el aullido de unos lobos inexistentes pero capaces de dibujar el terror en la mirada de las personas, son sólo algunas de las historias contadas por los vecinos del lugar. Sin embargo, a Oriana le preocupaban los vivos mucho más que los muertos. Aun así, sintió miedo.

Subió tan rápido como pudo, con la mirada fija en el final de las escaleras, deseando pisar el último escalón. La poca luz de los postes le dificultaba el caminar, sobre todo por los tacones de punta que llevaba puestos. Pensó en fumar, en llamar a algún amigo, en detenerse un momento para  tomar aire, pero insistió y continuó subiendo. Cuando llegó a la cima se sintió feliz, segura, agotada, hasta que el miedo volvió a invadirla.

Pronto escuchó fuertes disparos, pero la oscuridad en el lugar le impedía identificar de dónde venían. Intentó correr pero no logró dominar sus tacones altos. Cayó al suelo. Desde allí pudo ver como dos camionetas verdes se acercaban a un grupo de muchachos que ingerían alcohol y bailaban elevando los brazos, ahogados en un mundo frágil, lleno de felicidad momentánea y pérdida de conciencia.

—¿Dónde está Amílcar? —preguntaba con voz fuerte uno de los hombres que manejaba la camioneta.  Era alto y de piel oscura.  Un sólo golpe le bastó para dejar en el piso a quien tanto buscaba—. Pégate a la pared. ¡Hazlo! —gritó nuevamente el hombre.

Oriana, aterrada en el suelo, llena de tierra y con una herida en el pie producto de la caída, fue testigo de aquella brutal golpiza que recibía Amílcar, un joven de 23 años quien vivía en el piso 8 del bloque 22. Aunque los vecinos lo miraban con desprecio por ser un muchacho sin empleo y con malos hábitos, Oriana pasaba mucho tiempo con él. Se conocieron en el liceo y desde entonces mantenían la costumbre de verse a escondidas cuando ambos decidían cambiar por ratos su amistad y ella le dejaba meterse en su cama. Ella  no lo amaba y poco le importaba  si Amílcar la quería, prefería disfrutarlo por unas horas y mirarlo dormir al llegar el amanecer.

Entre los golpes y los gritos de las mujeres, amigos de Amílcar intervinieron para salvarlo, pero pronto se escuchó una nueva ráfaga de disparos. Oriana permanecía en el suelo, llorando, mientras escuchaba los gritos del muchacho quien suplicaba por su vida. Cuando alzó nuevamente la mirada fue para ver cómo el hombre alto de ropa verde, descargaba un arma en la cara de su víctima. Hubo un silencio absoluto. Los hombres subieron a sus vehículos y se marcharon. Muchos panfletos salieron por las ventanas de ambas camionetas.

 En medio de los disparos, la escena y los gritos de Amílcar, Oriana quedó envuelta en un laberinto sin salida, lleno de recuerdos y lamentos que le impedían recobrar la movilidad de sus piernas y dirigirse a casa. El reloj marcaba las 12:30 de la medianoche y ella continuaba en el piso. Cuando al fin pudo recuperarse, se puso de pie y observó que una multitud estaba alrededor del cuerpo de Amílcar, la madre del muchacho gritaba desconsoladamente y sus amigos, un poco más despiertos, miraban la  escena con horror y confusión.

Oriana llegó a casa con dificultad, sin tacones, sin libros,  llena de tierra y hojas de árbol secas por todo su cuerpo. Sus lágrimas seguían cayendo y pudo notar cómo su pie izquierdo continuaba sangrando. Sacó las llaves de su bolsillo y al entrar a casa se lanzó encima de su madre quien yacía dormida en su habitación. Oriana cerró los ojos. El reloj de agujas en la pared marcaba la 1:00 de la mañana.

 Por Arianne Cuárez

@Aricuarez

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