Cazadores de libros

Cesar Segovia

Biblioteca Cesar Segovia

Cesar Segovia nació en Caracas en 1977, es licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Se ha desempeñado como asistente de investigación literaria, redactor de contenidos, corrector de estilo y editor para diversas instituciones culturales y empresas editoriales. Ha publicado Caracas Siempre Nueva, Breve Antología de Crónicas de Caracas y Eso Lo sé, Premios Nacionales de Cultura. Literatura: Salvador Garmendia,  y tiene una selección de textos poéticos en la revista Babel.

—¿Qué libros te convirtieron en lector?

Haciendo un ejercicio de reinvención en las lagunas de mi memoria, recuerdo haber leído con fruición, durante mi adolescencia, a Poe y a Hesse, a Verne y a Quiroga. Recuerdo también algunos libros de Stephen King, vagamente…

También son culpables Rimbaud y Baudelaire, así como Ramos Sucre, después, ya cuando era menos adolescente y aún más desmemoriado. Mucho después, paradójicamente, conocí los libros para niños, que fueron profesión y goce durante muchos años, aún hoy.

 —¿Qué recuerdos tienes de los libros que te acompañaron en tu niñez?

Mi padre, en paz descanse, me leía cuentos de un volumen de mitología griega que, acaso, se fue con él a la tumba, porque me ha sido imposible conseguirlo en lo que hemos conservado de su biblioteca. El minotauro, Medusa, Perseo, Pegaso, Hermes y las vacas de Apolo…

Teníamos también en casa una edición del Quijote ilustrada, diez tomos, si no me equivoco, y una colección, también ilustrada, de cuentos de gnomos, dragones y caballeros.

 —Tres libros que formen parte de tu biblioteca y como los obtuviste. 

Las guerras íntimas, de Roberto Martínez Bachrich, cortesía de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Uno de los mejores libros de cuentos que he leído en los últimos años. Mis primeras 80.000 palabras, un “diccionario infantil ilustrado”, editado por Media Vaca, que reúne el trabajo de ilustradores de todo el mundo, cada uno ilustrando una palabra. Una verdadera joya. Ciento volando de catorce, de Joaquín Sabina. Sonetos de Joaquín Sabina… ¿qué más decir? Los dos últimos los compré en mi primer viaje a Madrid.

 —¿Alguna manía? como la de doblar las esquinas de los libros.

Me gustan los libros con solapas. Me gusta marcar las páginas con las solapas. También me gustan los marcalibros, pero prefiero las solapas. No rayo ni marco ni doblo ni anoto nada en los libros. Creo que es uno de los pocos purismos que me quedan. ¿Manía? Acaso leer alguna línea hacia atrás, a ver qué aparece, como aquello que decían de los discos de Led Zeppelin o de los Rolling Stones. Y sí han aparecido cosas en esas lecturas hacia atrás…

—¿Qué opinas sobre la frase “La poesía no cambia el mundo, cambia la forma en que ves el mundo”?

Creo que cualquier cosa que se diga o se intente decir de la poesía siempre será insuficiente, como la poesía misma. Por eso siempre puede haber otro poema, otro grupo de palabras que se juntan para intentar decir algo más, o lo mismo que se ha dicho una y otra vez, de una manera distinta, particular, que logre conectar[se] con algo más, dentro de alguien más.

Me gusta pensar que, de alguna manera, la poesía sí ha cambiado al mundo, en tanto nos cambia cada vez que leemos un buen poema, o simplemente un poema que nos diga algo, que nos mueva algo.

Luego escucho frases hechas tan ligeras como “su cara era un poema” y no puedo evitar pensar: “¿Un poema de quién?” “¿Era la cara de un poema de Hanni Ossot o de Alfredo Silva Estrada o de Octavio Paz o de Mallarmé?” No es lo mismo… En fin, que la poesía sí nos puede cambiar, hasta en la cara que ponemos, o simplemente pasarnos de largo. Yo prefiero quedarme en ella y tratar de ver qué [me] pasa.

 —Los libros siempre están diciendo algo así estén cerrados ¿alguna frase que te haya marcado y a qué libro o autor pertenece?

“Si un árbol cae en mitad del bosque y no hay nadie…”. Esa no es una frase que me haya marcado, pero me parece que viene a cuento: para que un libro diga algo debe, por lo menos, entrar en contacto con un par de ojos conectados a un cerebro perteneciente a un cuerpo. Es una reacción química, como la que produce el vapor que sale de las cebollas cuando las cortamos.

Ahora bien, hay unos versos de Rimbaud, de Una temporada en el infierno, que fueron acaso detonantes de mi gusto por la lectura, sobre todo por la lectura de poesía:

 “Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían.

Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la encontré amarga.—Y la injurié.
Me armé contra la justicia.
Huí. ¡Oh hechiceras, oh miseria, oh cólera, a vosotras os he confiado mi tesoro!
Logré desvanecer de mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda alegría para estrangularla di el salto sordo de la bestia feroz”.

La primera vez que los leí estaba en el liceo, en tercer año de bachillerato, si no recuerdo mal. Aún hoy me dice mucho, incluso se pueden considerar premonitorios, tomando en cuenta la biografía de Rimbaud. Pero claro que a los trece años estos versos pueden ser una bomba que se queda explotando en tu cabeza por mucho tiempo.

—¿Qué libro calificas como imprescindible de leer que se encuentre en tu biblioteca? 

La verdad, no creo en la “imprescindibilidad”, si me permiten el barbarismo, de los libros. Hay, sí, libros que han sido muy importantes, o relevantes, u oportunos en algún momento.

Entre esos libros oportunos para mí está Oír a Darío, de Darío Lancini. Y aunque pueda parecer una obviedad, que lo es, resultó ser un libro que me ayudó a encontrar, ida por vuelta, mis propias palabras.

Entrevista por Eu Medina

@Eumedina

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