¡A escribir!

El nuevo enfoque de las crónicas latinoamericanas

CUBIERTA

Según la define el diccionario de la Real Academia Española, la palabra crónica se refiere a una historia observada en el orden de los tiempos. También, es considerada un artículo periodístico o información radiofónica, o televisiva, sobre temas de actualidad. La crónica, en especial si  se mira junto a los trazos literarios que exponentes latinoamericanos le han impreso durante la última década, se ha convertido en una vía para contar experiencias reales, comunes pero de gran significación, acompañadas de ciertos elementos que sin duda le sumarían palabras a las vagas definiciones que aparecen en los diccionarios.

En la actualidad, diferentes periodistas y aficionados a la tarea de escribir, han hecho del género periodístico una poderosa herramienta que muestra textos cada vez más originales y completos en sí mismos. Para conocer con mayor exactitud los rasgos de las crónicas previas a este nuevo proceso, definido como “el boom de la crónica latinoamericana”, será necesario realizar una investigación exhaustiva para determinar los cambios que ha experimentado, sin embargo, si se quiere conocer más sobre los nuevos elementos que se dibujan en la crónica, una buena referencia es el trabajo que durante años realiza Alberto Salcedo Ramos, periodista, cronista y maestro de la fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, la cual pretende despertar en profesionales de la comunicación un nuevo olfato que los haga capaces de destacar de un texto lo común, para reflejar un rostro, una realidad, una historia que se mantenga en el tiempo.

Una muestra del talento de Salcedo Ramos, se aprecia en su libro La eterna parranda, crónicas 1997-2011 (Aguilar – 2011), el cual reúne una serie de 27 crónicas escritas durante 14 años de labor en la que anduvo por diferentes lugares en busca de historias para contar. Algunas de ellas, quizá, hayan llegado a los oídos y las manos del escritor, de manera fortuita.

Entre las crónicas que se agrupan en el referido libro, está “La palabra de Juan Sierra Ipuana”, la historia de un miembro de la etnia wayúu a quien Salcedo Ramos describe como “un hombre de metáforas” que pasa los días cumpliendo una destacada labor: resolver por la vía del diálogo problemas entre hombres de la comunidad indígena en medio de una cultura en la que  las palabras parecen imponerse ante los golpes o las armas, es decir, un palabrero.

“Su función es mediar en los conflictos interfamiliares, con el fin de lograr un arreglo rápido que sea justo para ambas partes y proteja el equilibrio social de la etnia”, narra el cronista en uno de los párrafos del texto. Más adelante, expresa: “Mandar la palabra es ejecutar, a través de un ritual político, una ley vieja y feroz (…) Se trata de un acto refinado en la forma pero inapelable en el fondo. Lo que te envían no es un dardo envenenado sino una palabra, pero esa palabra es de acero, te cobra las cuentas pendientes, te enrostra las faltas cometidas y te amenaza de un modo tan sutil que no puedes evitarlo”.

“Una palabra bien dicha desarma al enemigo, acerca al que se encuentra lejos, abre las puertas clausuradas, alegra al que está triste y apaga los incendios alevosos. En cambio, cuando pronuncias una palabra altanera las palomas se vuelven halcones, los ríos se salen de madre, los mares se enfurecen y hasta el problema más inútil adquiere de repente la fuerza suficiente para destruirte”, le contó Sierra Ipuana a Salcedo Ramos, en una de las conversaciones que sostuvo con él y que hicieron posible la creación del texto.

Otra de las historias que destaca entre esta compilación es El enfermero de los secuestrados, la historia del sargento William Pérez, colombiano, un militar común, graduado de enfermero por tener un doble oficio, que permaneció secuestrado durante 10 años por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

“Pérez apura el último trago de café. Luego empieza a hablar de los atropellos que cometía la guerrilla contra los secuestrados. Los más atroces, en su opinión, eran el encierro en jaulas y el sometimiento con grilletes de acero. A algunos les colocaban las ataduras en los tobillos. A otros, en el cuello. Y a los demás, en las manos”, se lee en uno de los párrafos de esta crónica.

El compromiso de ser cronista

La crónica al igual que la poesía, se impone como una herramienta eficaz al momento de retratar hechos reales, analizarlos y exponerlos desde posiciones muy marcadas que llaman a la reflexión.

 Con respecto al compromiso que asumen los periodistas en la actualidad, definidos por el escritor Darío Jaramillo como “periodistas literarios”, esta nueva labor se resume en ocho aspectos importantes publicados en el libro  Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, 2012), y que se leen, algunos de ellos, a continuación:

“Los periodistas literarios se internan en el mundo de sus personajes y en la investigación sobre su contexto (…) Los periodistas literarios escriben principalmente sobre hechos comunes y corrientes (…) El estilo cuenta muchísimo y tiende a ser sencillo y libre (…) La estructura cuenta, como una mezcla de narración primaria con historias y digresiones  que amplifican y encuadran sucesos (…) Los periodistas literarios escriben desde una posición móvil, desde la cual pueden relatar historias y dirigirse a los lectores”, señala.

Por Ari Cuarez

@Aricuarez

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