Pluma creativa

Cannibal Kids

donatello

De entre los llamativos recuerdos de mi infancia, el que más se manifiesta sin permiso es el de la masacre a mi mejor amigo. Fue el día de mi cumpleaños número ocho y jamás lo olvidaré.

Donatello y yo teníamos una relación especial; Él era una tortuga mutante y yo niño de rodillas gigantes con pocos amigos y ausencia de padre. Mi familia entendía nuestra amistad, aunque ahora, si regreso, podría asegurar que les rondaba un miedo así sea diminuto porque yo había elegido justamente al de mascara purpura de las cuatro antropomórficas tortugas marciales. A los siete años cualquier cosa que uno haga les da miedo a los adultos.

Cuando llegó mi octavo cumpleaños, mi familia, respetando nuestra amistad, había decorado la casa entera de Donatello y mi tía me había ayudado a emperifollarme. Zapatos de Donatello, franela de Donatello, shorts de las cuatro mutaciones, peinado raro, un palo de escoba que simulaba un Bō como el de mi amigo. Era un tributo obsesivo al tranquilo del cuarteto.

Mi familia se había asegurado de llamar a todas y cada una de las madres de los niños que estudiaban conmigo, y así, obligados por sus padres, entraban a la casa del escuálido que solo hablaba con una tortuga enmascarada de juguete. No recuerdo si había música o qué exactamente hacíamos a esa edad en una fiesta. Hoy en día sería fácil pensar que en una fiesta de ocho años hay Carta Roja y Servicio de Masajes con final feliz, pero en esa época, por lo poco que recuerdo, la gelatina de coco era lo más atrevido. “Jo, te vas a morir cuando veas tu piñata” me dijo alguien que, creo por defensa, mi mente ha reprimido su cara.

A los minutos un Donatello tamaño real entraba por la puerta y era colgado en el centro de la fiesta. Al principio sentí un retorcijón estomacal de felicidad al ver a mi ídolo, mi mejor amigo, mi compañero, pero al rato empezaba a percibir que algo estaba mal. Donatello estaba colgado en el aire y los demás niños lo rodeaban como a bruja en la horca.  Mi madre me empujó al centro del círculo y empezó a pedirme, con sonrisa, que golpeara a Donatello con el bastón que me habían dado. ¿Debía golpear a mi mejor amigo con su propia arma? Los niños y sus padres empezaron a gritar que lo golpeara y la presión  y confusión se hacían más grandes. Un vecino, al que mi mente también reprimió, me arrancó el bastón de madera de la mano, golpeó a Donatello en el estómago y me regresó el “Bō” como ilustrándome lo que debía hacer. –GOLPEALO- -DALE- DALE-   gritaban los niños como salvajes Centineleses en Andamán. La presión me rompió y sin parar de llorar empecé a golpear a Donatello con todas mis fuerzas, mientras los presentes me animaban como sedientos de violencia. Lo golpee, lo golpee una y mil veces hasta que de sus entrañas empezó a brotar cantidades de dulces y trebejos de infante.

Caí en mis rodillas y mi instinto animal me hizo, entre lágrimas, recoger lo que salía del estómago de mi amigo y comérmelo. Sin miedo, ni pena, cada Bubbaloo, cada Mini Chiclets, cada Kinder Sorpresa era devorado casi con envoltorio mientras las lágrimas me cubrían, y todos los niños reían. Le había dado paso al animal en mí.

Donatello quedó colgado un rato más con el estómago abierto hasta que alguien se encargó del Kaishakunin necesario mientras yo trataba de calmar mi desespero, tragando más cosas que habían salido de él.

Todos parecían fascinados con la masacre que acababa de suceder y esa atracción por destruir a palazos lo que más amas siguió en cada cumpleaños, en cada fiesta de un amigo, en cada rincón de mi cabeza que hoy en día, cada vez que me topo con una piñatería, me hace sentir nauseas, pensamientos violentos y ganas de un Bubbaloo.

Por: Joey Rego

@RegoJoey 

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