¡A escribir!

200 horas en la oscuridad y otros escritos sobre cine (reedición 2012), de Juan Nuño

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La crítica cinematográfica, declara Ambretta Marrosu en un luminoso artículo, se distancia de la impersonalidad de la información y del empeño consumista de la publicidad. En rigor, un crítico cinematográfico, prosigue Marrosu, emplea un lenguaje personal y tiene un carácter inconforme. Quien se pasea por las páginas de 200 horas en la oscuridad y otros escritos sobre cine, del filósofo Juan Nuño, reeditado en 2012 por Bid &co. Editor, juzgará, con justicia, que esta obra encaja perfectamente en el paradigma señalado por Marrosu.

Originalmente publicado en 1986 por la Dirección de cultura de la UCV, 200 horas en la oscuridad y otros escritos sobre cine reunía reseñas, ensayos y otros escritos sobre cine que Nuño había publicado desde la década de los 60 en las revistas Cine al día, Summa y en el Papel literario del diario El Nacional. En esta reedición, junto al prólogo de Ana Nuño, hija del autor, se incorporan aquellos textos sobre cine de posterior publicación, así como una entrevista que le hicieran al prominente filósofo, a propósito de su relación con la crítica del séptimo arte.

En tenor intimista, Nuño nos habla sobre cómo se originó su pasión por el cine durante aquellos años de adolescencia transcurridos en la España franquista, y de cómo cultivó ese gusto durante su estadía en diferentes países, incluyendo el escurrido y menoscabado catálogo de obras ofrecido en Venezuela: “No se logran producciones propiamente cinematográficas, sino meros apéndices de telenovelas infectas, plebeyas y cotidianas” Es de una riqueza extraordinaria encontrar que Nuño somete los textos recogidos a su aguda autocrítica, que va desde la falta de un criterio de unidad, que conlleva ordenar sus escritos alfabéticamente, hasta las más notables ausencias, según su opinión: “falta, y esto sí duele, el gran Buñuel que lo es todo, pero en especial el de La vía láctea, el más triste y desconsolador fresco de la necedad humana”

Cabe aplicarle a Nuño aquellas palabras con las que el sargento Hartman (R. Lee Ermey) se describe a sí mismo en Nacido para matar, de Stanley Kubrick: “soy duro, pero soy justo”. En 200 horas en la oscuridad y otros escritos sobre cine, no faltan comentarios puntiagudos con respecto a clásicos del cine, como, por cierto, este filme de Kubrick sobre la Guerra de Vietnam, el cual, en criterios del autor, se une a filmes como Pelotón, de Oliver Stone, que, en lugar de oponerse al sangriento conflicto, parecen señalar los errores que no deben cometerse nuevamente,  para, en definitiva, poder triunfar. Otro caso ejemplar es la conocida crítica a la adaptación de Cuando quiero llorar no lloro, realizada por el director Mauricio Wallerstein, filme que Nuño desmenuza y hace añicos. En cualquier caso, el filósofo despliega argumentos irrevocables en cada una de las piezas que conforman este libro de referencia para cualquier cinéfilo.

Juan Nuño se dirige al lector con un  lenguaje directo y con frases que, aunque lacónicas,  ya componen una sabia definición: “decididamente, ver cine es una actividad común, como el amor; anónima, como el dinero; cómplice, como el crimen”.  Por igual, este libro es una conjugación de un registro despojado del academicismo, pero que no abandona, en momento alguno, una vibrante erudición, puesta de relieve en la revisión de obras clásicas, el dominio de libros que son llevados a la gran pantalla, el conocimiento de las doctrinas filosófica sobre las que pudieran reposar algunos filmes y, por supuesto, el conocimiento del propio lenguaje del cine.

En días pasados, leí un libro del crítico cinematográfico francés Michel Chion, dedicado a los distintos oficios del cine. En un apartado sobre la crítica, Chion escribe que muchas nociones sobre este arte son tan comunes en la actualidad, que olvidamos que las conocemos gracias al esfuerzo de quienes se entregaron a comentar filmes con devoción. Pienso que reediciones de obras como 200 horas en la oscuridad y otros escritos sobre cine apuntan precisamente a refrescar esa frágil memoria.

Por Maikel Ramírez

@MaikelAlexander

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