Pluma creativa

El camino de los pollos

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En el inmenso letargo de automóviles que caracteriza el diarismo de la ciudad, un individuo se encuentra parado en un autobús. Sostiene en su hombro izquierdo un bolso tan pesado como el bulto de piedras que arremeten contra las infieles en otras tierras. El extremo libre de cargas sostiene el pasamano que lo mantiene en equilibrio durante ese recorrido tan monótono. La fila de cajas rodantes no hace honor a su nombre, no indica movimiento alguno. Solo están ahí, detenidas y congeladas en el tiempo junto a ese grupo de sujetos que se dirigen a un destino determinado.

El sonido estruendoso de lo que llaman vallenato arremete contra los oídos del hombre, a pesar de eso, este logra escuchar las risas del chofer y lo asimila como una especie de sinfonía infernal. Y se dice: esto es todos los días. El resto de los seres sentados en sus tronos sobre ruedas se encuentran inmersos en un silencio enorme, como si compartieran el mismo pensamiento de aquel individuo que se sostiene como puede.

El colector es el personaje que falta para describir el ambiente del bus, su forma de hablar es muy particular y le da color a todo el público soñoliento. Cumple a la medida con los requisitos de lo que él cree que es ser hombre. Franela afuera, corte de cabello similar a lo que Akira Toriyama en su serie Dragon Ball llamó “sayayin”, monedas guindando en su bolsillo derecho y un grito “pasaje en mano”, son los instrumentos de actuación.

En medio de todo lo que le circunda, el hombre del pasamano abandona lo que le da ese título, y por lo tanto sostiene sus lentes para limpiarlos. Cuando se los coloca, entrecierra los ojos para dirigir su mirada hacia la ventana. A través del vidrio se encuentra plasmada una pobre mosca tan inmóvil como el pan; parece un escupitajo de los dioses. Más allá de esa escena, acerca más la curiosidad que lo caracteriza y contempla un camión que transporta pollos.

Escanea por completo aquel monstruo deteriorado de metal, se da cuenta de una presencia de cuerpecitos arropados en tristeza. Hay uno que reposa su pico sobre las heces de sus desdichados compañeros y la de él mismo. Otro parece estar muerto, lo único que baila es una pluma y es la escasa brisa que pasa sobre aquel cadáver. Un pollo mantiene el pico entreabierto, pareciera que quisiera aire. Están encerrados en cajas de plástico, son 4 casillas y cada una tiene alrededor de 70 cajas, éstas albergan unos 7 pollos como unidad, en otras palabras, más apretados no pueden estar.

El monstruo de metal, uno de los cómplices, aparte de nosotros, los humanos, tiene sus gigantes ruedas tan detenidas como el bus de los otros desdichados. En medio de ese letargo automovilístico, el hombre ve fijamente a un pollo más; sintió que le devolvió la mirada. Gracias a eso, se hace una pregunta, ¿Qué nos diferencia de ellos? Y en segundos, auto responde: claro, tenemos comida, agua, vestimenta… pero no estamos tan separados a estas criaturas, ¿para qué vestirnos si no nacimos con trapos? Nacimos con la piel penetrada por el sol y tenemos dioses que representan la mentira y ellos la verdad con el torcer de sus débiles cuellos.

Sigue internamente: El final de ellos, independientemente de cuál sea, es el mismo que el de nosotros; moriremos apañados en un recorrido cuyo camino no se conoce, pero se tiene una idea de él. Los dueños de los sueños manejan sus pellejos como lo que son, pellejos. ¿Y nosotros, nosotros no somos lo mismo? ¿No somos mercancía? Estamos encerrados en cajas de metal dirigidos a un destino. Lo que nos diferencia, es la muerte, la suya, es literal, su vida se consume como un fuego volátil, la de nosotros es una proyección de muertos andantes. Su trabajo es morir, y el de nosotros también lo es. A los cómplices mayores les conviene que todos mueran para que puedan empinarse del buen verde, rojo, marrón y otros colores.

Algunos picos y patas rotas sin vida quedan en un ligero movimiento y es por el silencioso motor del gigante de metal, el individuo hace una pausa de sus palabras internas porque se da cuenta que ambos vehículos, tanto el de los pollos, como el que lo lleva hacia su propio matadero, se mueven como un transporte de urna. El letargo de la cola, llegó a su fin. Apretados como las sardinas, van todos, cumpliendo con sus deberes, el de alimentar a los que alimentan a los dueños de los sueños

Luis Felipe Hernández

@infelipe_

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