Vivir para contar

Sinar Alvarado

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-¿De dónde nace tu gusto por el periodismo y finalmente por la literatura?

Mi pasión por la palabra en general viene de la lectura, que fue mi principal pasatiempo desde la adolescencia. Nunca practiqué ningún deporte, y eso con frecuencia me marginaba. Cuando mis amigos gastaban tiempo en algún juego de pelota, yo me dedicaba también a jugar. Es decir, leía.

-¿Qué sentido predomina en ti a la hora de escribir? (ofalto, vista, oído)

Diría que todos. El olfato sirve para detectar las historias, pero eso es hablar en sentido figurado. La verdad es que las historias se descubren utilizando varios sentidos: hay que saber mirar, saber escuchar, saber sentir y pensar. Luego, si hacemos bien nuestro trabajo, narramos usándolos todos; porque en la transferencia de ciertas sensaciones, en la creación de las atmósferas, es donde palpita la posibilidad de generar reconocimiento y empatía en el cerebro del lector.

-Ganador del Premio de Periodismo de Investigación Random  House  Mondadori con el libro “Retrato de un Caníbal” ¿esperabas tú ganar este premio cuándo escribías el libro?

Sí, tenía confianza. De lo contrario no habría apostado. Todavía hoy me siento satisfecho por el nivel de detalle que logré en esa investigación. Me enorgullece la ambición y el rigor de la reportería, aunque el estilo, con el tiempo, ya me resulta pobre.

-Describe con una palabra la entrevista que te llevó a ganar dicho premio.

Hice muchas, más de cincuenta. Pero el premio fue por toda la investigación en su conjunto, más que por una sola entrevista. Mi diálogo con Dorancel, el personaje principal, es una de las cosas más delirantes que he hecho. Pero no la más. He entrevistado a actrices porno justo después de sus faenas; he viajado de noche con contrabandistas; he charlado con varios asesinos confesos; he vivido largas temporadas entre isleños en un pedazo de tierra diminuto. El asombro cotidiano es parte de este trabajo.

-¿Qué elementos de tu infancia fueron el puente conector entre tú y la escritura?

La soledad fue uno. Pero también la herencia: mi papá escribe, y mi abuelo materno, que me crió varios años, era un magnífico fabulador. Una tarea fundamental de todo abuelo debería ser inventar ficciones magníficas para sus nietos.

-¿Qué recuerdos tienes de los primeros libros que leíste?

La sorpresa. Era delicioso (lo sigue siendo) encontrar en esos artefactos tan sencillos, los libros, mundos tan distintos. Para mí era como llevar siempre una película entre las manos; me fascinaba la libertad de ver, parar, retroceder y volver a ver una historia a voluntad. Recuerdo que empecé a formar mi biblioteca a las once años, y contaba los libros cada vez que sumaba uno nuevo. La biblioteca fue durante muchos años mi mayor tesoro.

– Pasas mucho tiempo escribiendo ¿Qué rutina tienes a la hora de escribir?

Varía mucho la rutina, pero dedico al menos cuatro horas diarias. A veces es más. Lo ideal es escribir por la mañana, antes de que las diligencias se apoderen de tu día. Pero también escribo lejos del escritorio: cuando camino a la panadería, cuando me baño, cuando lavo los platos o cuando pongo la cabeza sobre la almohada. Escribir es pensar.

-¿Qué consejos le das a un joven escritor?

Que se salve, si puede. Si no, si ya es demasiado tarde, entonces que lea mucho y que escriba más. La formación es primordial.

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