¡A escribir!

Blancanieves (2012), de Pablo Berger

Blancanieves

La Blancanieves de Pablo Berger es una adaptación libre del clásico cuento de los hermanos Grimm. Acá, luego de que su madre muere al darle a luz, la pequeña Carmen (Sofía Oria) pasa a vivir con su abuela Concha (Ángela Molina), mientras que su padre, el famoso torero Antonio Villalta (Daniel Giménez Cacho), quien quedara minusválido tras  la embestida de un toro, se ha casado con la cruel enfermera Encarna (Maribel Verdú) y vive alejado de su hija, hacia quien siente aversión por considerarla la culpable de la muerte de su esposa. La muerte de Concha obliga a Carmencita a alojarse en la casa de su padre, donde le esperan los maltratos de su madrastra. Luego, Encarna se encargará de asesinar a su esposo y de fraguar la muerte de Carmen (Macarena García), pero ésta sobrevive y pasa a ser la protegida de un grupo de enanos toreros que la encuentran en el bosque. Amnésica, Carmen desempeña el oficio de torera junto a sus acompañantes. Pronto ganará fama, pero una manzana envenenada de Encarna la paralizará, cual estado de muerte. El filme alcanza su final con Carmen sirviendo de espectáculo circense, ya que había firmado un contrato de trabajo que la comprometía para toda la vida, pero como no está completamente muerta aún debe cumplir con el trabajo.

En lo personal, opino que hacer cine mudo con recursos técnicos propios del cine contemporáneo es un despropósito, ya que no un completo desatino, puesto que un filme mudo no se caracteriza sólo por la falta de sonoridad y por mostrar la imagen en blanco y negro, sino que, al mismo tiempo, se acompaña de cámaras fijas, tomas largas y planos generales, entre otros elementos. En tal sentido, reconozco que ya el filme El artista, de Michel Hazanavicius, se me antojaba sospechoso por su uso indiscriminado de un aparataje técnico ajeno al cine mudo. Lo mismo ocurre con el filme de Berger, que recurre a constantes movimientos de la cámara, planos que nos acercan más a las expresiones faciales de los personajes y tomas excesivamente cortas que, como diversos estudiosos del cine lo han demostrado, entre ellos el prominente David Bordwell, son componentes del cine contemporáneo.

Por otra parte, por momentos, esta Blancanieves deja entrever inseguridad y una débil fe en la capacidad de la cámara para registrar la imagen y en la imagen misma. Es el caso que algunos rótulos (palabras escritas que aparecen en la pantalla durante un filme mudo) comunican lo que el espectador puede interpretar sin mayor esfuerzo. Tomemos por ejemplo el segmento en el que Villalta se para frente al palco, levanta el brazo y les dedica la siguiente estocada a su esposa y al hijo que esperan. Aquí, es innecesario que el rótulo comunique las palabras del torero (¡por ti y por el hijo que esperamos!), porque las imágenes son lo suficientemente claras para que el público realice esa interpretación.

Quizá debemos buscar el encanto del filme de Berger, eso que le ha permitido adjudicarse el premio Goya 2013, en lo que José Ovejero, en su ensayo La ética de la crueldad, estima como una condición muy española: “la crueldad es una constante en la literatura, en la pintura, en el cine español, crueldad que no siempre es tan divertida como en El Lazarillo”, o como  más adelante retoma: “no sólo la crueldad es omnipresente en el arte español, también lo es en la vida cotidiana”. Y, antes que Ovejero, Vladimir Nabokov acotaba la saturación de violencia presente en el Don Quijote cervantino. Es evidente que el filme de Berger es sumamente cruel. Por poner dos ejemplos, a Carmencita le hacen comer a su gallo mascota, Pepe, y, hacia el final, su cuerpo será explotado, suponemos, eternamente. Asimismo, Berger logra crear sobrecogedoras atmósferas góticas (un punto máximo se le debe otorgar al vestuario de Encarna) y su espectáculo circense está cargado de buena dosis de lo grotesco, cuyo antecedente, al menos uno de ellos, es el cuadro Las meninas, de Diego Velázquez.

Pero es en la corrida de toros donde comparecen la muerte, lo grotesco, lo romántico y lo heroico, conjugación de elementos que asombró e inspiró a Ernest Hemingway a escribir su penetrante ensayo Bullfighting, lo que no se debe desestimar, viniendo de un aventurero expuesto a numerosos peligros como lo fue el escritor norteamericano. Así, me parece que la fotografía de este filme ofrece su mejor parte en los momentos cuando los personajes se relacionan en las plazas de toros.

Pues bien, aproximarse a lo mejor de la Blancanieves de Berger requiere desentenderse de que nos ofrecen un cine mudo a medias. En cualquier caso, en nuestro tiempo, degustamos el café sin cafeína y las bebidas gaseosas sin gas. De manera que habrá quien disfrute al máximo el cine mudo sin algo esencial  del cine mudo.

Por Maikel Ramírez

@MaikelAlexander

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