Pluma creativa

Sofía de Arándanos

arbol

I Parte

 -Este pueblo ya no es como antes. Durante el gobierno de Antonio Cáceres Torres, esto si era evolución. Los pobres tenían empleo, las cosechas se daban en abundancia y los hombres dichosamente presumían de sus tierras y sus siembras. Los niños iban a la escuelita del centro, aunque con el pasar del tiempo se quedó algo pequeña ante la demanda de chiquillos. Las mujeres se reunían en la tarde para beber el té. Era muy grato ver los cabellos rizados de las damas que en conjunto con sus tímidas sonrisas y sus impecables vestidos, embellecían las calles de Sofía de Arándanos. Por cierto, muchacho, ¿ya te conté por qué este pueblo se llama así?

-Sí, papá. Ya me has contado la historia del pueblo muchas veces. Dijo la misma voz suave que cada tarde acompañaba al viejo Rómulo en aquellos jardines del hospital psiquiátrico Juan José Ruíz, que funcionaba en el pueblo desde que la dictadura del 48 acabara con la alegría y la productividad en el lugar. Muchas personas lograron huir, otras corrieron con un destino diferente, como Rómulo Arismendi, a quien la presión del régimen autoritario acabó por dañar sus capacidades y sueños, envolviéndolo en una nube negra y profunda de la que no ha podido zafarse desde hace 15 años.

Hoy, Rómulo tiene algunas canas en su cabello, piel pálida y una desagradable delgadez. Los años no pasan en vano, más aun si diariamente se ingiere una alta dosis de tranquilizantes, antidepresivos y sabrá Dios qué otra medicina aprobada por los médicos del psiquiátrico. Gerardo, el muchacho, siempre creyó que esos tratamientos eran peor que la locura que padecía su padre, locura que ni siquiera le permitía reconocer que aquella voz suave, ojos miel y piel clara, le pertenecían a ese niño que él mismo vio nacer, y que la avaricia en compañía de un gobierno hostil separó de su seno.

 -¿Y tú sigues insistiendo en lo mismo, muchacho?, ¿cuántas veces tendré que decirte que no soy tu padre? Mejor me voy al campo. Allá soy feliz con mi pequeño hijo y mi querida Eugenia. Tú no conoces a mi hermosa esposa. Ella es gentil, amable y dulce. Me despierta con un beso en las mañanas y conoce mis hábitos, mis mañas. Sabe que me enojo si el café no está recién colado y a la derecha de la mesa, que las arepitas del desayuno deben llevar huevos revueltos con ese toque de pimentón y cebolla que tanto me gusta, y que el besito cariñoso no puede faltar, pues, pasaría el día bien malhumorado. Para eso es que uno se casa, muchacho, para que lo consientan. Para que lo atiendan. Uno debe elegir bien a la hora de buscar esposa, y yo sé que elegí bien. Mi Eugenia, es el amor de mi vida.- Decía el viejo campesino, a quien la  sonrisa enamorada le desentonaba con la bata rota y desteñida que llevaba puesta.

Antes de irse a cumplir con la siesta diaria, Rómulo le dio al muchacho una servilleta cualquiera en donde se leía con dificultad: Llegaré temprano a casa, Eugenia. Espero luzcas tan hermosa como siempre. Quien te ama, Rómulo. –Llévale esta nota a Emiliano, el de la tienda de frutas de la esquina. Él conoce a mi Eugenia. “Seguro ella después de leer mi mensaje terminará de preparar la cena y me recibirá perfumada y feliz”, dijo el viejo antes de dirigirse a la habitación 34 que ocupaba en el psiquiátrico.

 Por Arianne Cuárez

@Aricuarez

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