Pluma creativa

Sofía de Arándanos Segunda parte

arbol

 II

Gerardo se dirigió a casa después de visitar a su padre. Al llegar tomó el papel con el mensaje y lo guardó en un pequeño cofre donde tenía otros más para el mismo destinatario: Eugenia Méndez de Arismendi, su madre.

Aun cuando habían pasado quince años, la tragedia seguía presente en la memoria y el corazón del muchacho. La avaricia es un mal  que envenena el alma de aquellos que la padecen y el viejo Rómulo había pagado un alto precio. En la década de los 40 las ventas y producción de la cosecha disminuyeron en gran proporción  con motivo a las constantes lluvias y situación política que aquejaban al pueblo, Sofía de Arándanos, nombre que le pusiera el alcalde, Jacinto Peñalver, hace muchos años. Éste gracias a su poder y al capricho de su esposa, decidieron bautizar el pueblo con el mismo nombre de su hija: Sofía, una hermosa niña que de grande se  convirtió en toda una experta de la mala vida.

Dicen por ahí que todo se debió a la rebeldía y odio que ella sentía por su padre, hombre malvado y prejuicioso que frustró los deseos que mantenía su hija por aprender arte y literatura. –Las mujeres se hicieron para servir, no para estudiar, trabajar y mucho menos para gobernar- decía Peñalver. Su corazón no soportó que la sociedad se burlara de él y su familia, una vez que la gente se enteró del oficio que ejercía Sofía. Pronto murió de un infarto. En cuanto a los arándanos, éstos brotan por doquier en el pueblo, son infinitos.

Luego de que el viejo muriera vinieron las lluvias y con ellas, la creación bajo acuerdos turbios e inescrupulosos de la empresa, AgricultoresSifontes, quien bajo el respaldo del gobierno, se apoderó del 80 por ciento de las tierras de la región, incluidas las plantaciones, cosechas y hasta las semillas que brotaban de los frutos. Fue entonces cuando todo cambió. Los campesinos dejaron de producir a su ritmo, para recibir una ganancia de apenas 20 por ciento, en comparación a la producción que durante años estaban acostumbrados a manejar. Esto trajo consecuencias no solo para los trabajadores del campo que pronto tuvieron que cambiar su estilo de vida para  sobrevivir con las migajas que recibían; los terrenos también se desmejoraron significativamente por los efectos de las lluvias y la falta de mantenimiento de las tierras. También todos los árboles de arándanos que estaban en el pueblo fueron muriendo con el tiempo.

Algunos campesinos no tuvieron otra opción que pedirle ayuda a AgricultoresSifontes, rogando que les dieran préstamos de dinero lo suficientemente altos como para adquirir herramientas e insumos necesarios para trabajar en el campo. Con esto la empresa, además de quitarle al campesino lo que era suyo, lo retenía, lo manipulaba, y le proporcionaba una alta dosis de ideología, encaminada hacia la vía de la represión y la mezquindad.

 Pero hubo un grupo de campesinos que en compañía de sus familiares, lo abandonaron todo y dieron uso de los pocos ahorros  obtenidos de la siembra, para empezar desde cero en otro lugar aunque para ello fuese necesario emprender otro oficio.

Entre los que se unieron a la empresa AgricultoresSifontes, figuraba el viejo Rómulo. En el año 1941, el hombre contaba con 42 años de edad. Lucía siempre regio, guapo, capaz de enamorar a cualquier jovencita con tan solo una sonrisa. Sus padres, dueños de la hacienda Arismendi, se habían encargado de enseñarle buenos modales, actitudes y principios a su hijo, pero a Rómulo solo le interesaban dos cosas: el dinero y las apariencias.

Nunca comprendió que para obtener lo que tanto se anhela, era necesario cumplir con un proceso: una serie de pasos en donde se incluyera el trabajo duro y la perseverancia. Es por ello que aquel hombre guapo decidió pedir un préstamo a esta empresa, con la esperanza de recibir los implementos necesarios para trabajar la finca de sus padres que además le correspondía por herencia. Esta era una de las más importantes del pueblo, pues allí se cosechaba la mayor cantidad de café, yuca, papas, zanahorias, entre otros rubros que le garantizaban a la familia un excelente sustento y a la sociedad, el abastecimiento de alimentos.

Rómulo no quiso escuchar los consejos de sus padres y su esposa, Eugenia, y en lugar de optar por un préstamo pequeño que pudieran pagar en menos de 1 año, él prefirió optar por el más alto: quinientos mil bolívares. El tipo estaba seguro de que los ingresos de la cosecha sumado a los esfuerzos de los campesinos, le garantizarían la mejor época del  año a él y a los suyos, sin embargo, las condiciones climáticas, las nuevas leyes impuestas por el gobierno y el inicio de discusiones con los mismos prestamistas de la empresa, dieron como resultado un destino fatal.

Para 1943, la cosecha no producía lo suficiente, o al menos no tanto como Rómulo esperaba. El préstamo recibido por AgricultoresSifontes era tanto, que siempre hubo suficiente para cubrir los gastos necesarios en la siembra, implementos, salarios de los trabajadores y hasta para los mismos gastos básicos de la casa. Pero Rómulo, a pesar de estar casado con su adorada, Eugenia, quien hace 6 años le había dado su primer hijo varón, aún reservaba tiempo y dinero para invertirlo en apuestas y mujeres. Pronto el hombre fue gastando el capital que se producía en la hacienda, incluso aquel que era destinado para el pago del altísimo préstamo que éste había solicitado en contra de su familia.

Rómulo, confiando en su habilidad para la siembra y los negocios –unas veces buenas y otras no tanto- tomó una actitud rebelde y desmejorada, e ignoró las órdenes de cobro que la empresa, en un convenio con el banco principal del Estado, le enviaba mensualmente. Así pasó el tiempo y con él, las desdichas en la hacienda. Una noche, un grupo de campesinos en respuesta a los malos tratos que recibían de Rómulo, se organizaron y decidieron entrar por la fuerza a la casa. Se llevaron todo lo que vieron a su paso, incluyendo gran parte del dinero que se había ahorrado para pagar los quinientos mil bolívares.

Los médicos del psiquiátrico aseguran que la locura llegó a la vida de Rómulo décadas más tarde. Gerardo, por el contrario, cree que su padre siempre estuvo loco, pues nunca supo tomar buenas decisiones y puso el interés y las apariencias por encima de la integridad y seguridad de su familia.

Un 6 de abril de 1944, el gerente de AgricultoresSifontes, a quien el pueblo lo tildaba de loco y agresivo, se presentó en la casa de los Arismendi, en compañía de un prestamista y otros dos hombres, altos y malhumorados que siempre permanecían armados. Por fuera la casa lucía preciosa, lujosa, como un verdadero palacio dentro de un pueblo vagabundo que poco a poco fue quedando abandonado y en ruinas.

Las paredes de la hacienda eran de color claro. Cada uno de los muebles eran grandes, cómodos, costosos, inclusive algunos tenían adornos de plata y oro.  El piso era de madera y en todas las esquinas del lugar había ramos de rosas y jazmín que perfumaban delicadamente la casa.

Eugenia era la encargada no solo de planificar las 3 comidas del día y las cosas que involucraban a su marido y a su pequeño hijo. También era la encargada de vigilar que todo en la casa funcionara a  la perfección. Ella misma recibió y contrató a las 15 personas que le ayudaban en la hacienda con las labores de limpieza y mantenimiento del hogar. La vieja Carmencita, se encargaba de la cocina, mientras que el joven Pedro le cortaba las flores del jardín que la señora de la casa regaba y cultivaba. Eugenia fue quien abrió la puerta esa triste mañana de abril.

Gerardo apenas contaba con 6 años, pero aun así observó y entendió todo lo que sucedió ese día. Al abrir Eugenia la puerta, Roberto Torres, gerente de la empresa y el prestamista Antonio Hernández, entraron forzosamente y en actitud altanera a la casa. Ella, nerviosa, los recibió dulcemente, pero la sonrisa no pudo disimular por mucho tiempo su miedo.

-Buenos días, señora. ¿Se encuentra Rómulo Arismendi?, preguntaron.

-Sí. Sí se encuentra. ¿Podría usted decirme quién lo busca?, respondió la dama.

-Somos unos amigos. Dígale que ya no podrá ignorar más las órdenes de pago de la empresa y que es mejor que nos acompañe para platicar, o de lo contrario, mis amigos tendrán que sacarlo por la fuerza- dijo el gerente.  Aquellos amigos eran los dos hombres armados que aún estando fuera de la casa, despertaban un ambiente tenso en el lugar. Era una amenaza y Eugenia sabía muy bien que la actitud irresponsable de su esposo tarde o temprano los iba a afectar.

Días anteriores ella había escuchado a sus amigas hablar sobre un caso parecido, en donde hombres armados amenazaron a uno de los beneficiados del plan de la empresa.  El pobre no tenía cómo pagar el préstamo y aunque la cantidad era muy por debajo a la que Rómulo solicitó hace 3 años y de la cual no había pagado ni la primera parte, el campesino recibió una paliza que le impidió caminar por un par de semanas. La mujer temía que algo así le pasara a Rómulo y por eso negó la presencia de su marido en la hacienda.

-Lo lamento. Mi marido no se encuentra en la casa ahora. Si gusta puede dejar…-Eugenia no terminaba de hablar cuando ya los hombres habían entrado a la casa para buscar a Rómulo. Éste aguardaba en el despacho, ahogado de papeles y cuentas por pagar. Como el despacho quedaba alejado a la puerta de entrada, no pudo darse cuenta de lo que sucedía en el lugar y para cuando lo hizo, ya fue demasiado tarde.

Los cuatro hombres buscaron en toda la casa hasta que llegaron al despacho. El pequeño Gerardo se mantuvo escondido detrás de un armario cercano que además de resguardarlo, le garantizó una excelente visión de los hechos. Eugenia gritaba desesperada los nombres de sus sirvientes: Pedro, Braulio, Paula, Carmen. Pero los pocos que alcanzaron a escucharla, prefirieron esconderse.

-Él no está. Él viajó para Brasil a resolver unos negocios. Por favor, ¡Váyanse de aquí!- gritaba, Eugenia. Sus esfuerzos por alejar a aquellos agresivos hombres, fueron inútiles. Ya uno de ellos estaba armado y sujetaba con toda su fuerza a Rómulo, mientras que el otro lo golpeaba salvajemente. Hernández, Torres y hasta el pequeño Gerardo miraban la escena. Este último no dejaba de llorar en silencio y aterrado.

Uno de los hombres sacó su pistola, dio tres pasos hacia atrás y apuntó directo al pecho de Rómulo. Bastaron apenas 5 segundos para que  accionara su arma y dejara salir dos disparos. Esos 5 segundos también fueron suficientes para marcar la vida de Rómulo y su hijo para siempre.

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