Pluma creativa

Sofía de Arándanos III parte

arbol

III parte

Gerardo ya contaba con 20 años recién cumplidos. Vivía en una pequeña casita ubicada en las afueras de Sofía de Arándanos, pues viviendo allí le era más sencillo ir y regresar de la universidad. Las injusticias que se vivían en el pueblo le sirvieron de inspiración para estudiar leyes. Su aspiración era convertirse en un excelente abogado, que fuera capaz de atender los problemas de su comunidad. El pueblo de Sofía en ese tiempo, ya había salido de la dictadura del 40 y 15 años más tarde, las nuevas leyes del gobierno demócrata del Presidente, Tomás Pérez Urrieta, hacían florecer la esperanza de los campesinos del lugar a quienes nunca más les arrebataron los derechos de las tierras ni su producción. Ahora todo funcionaba con un estricto acuerdo el cual beneficiaba al Estado y al productor en partes iguales.

Luego de que murieran sus abuelos, Gerardo Arismendi tuvo que vender la hacienda y todos los terrenos que le pertenecían a su familia. De esta manera pudo pagar el préstamo que años atrás pidiera su padre y que hoy se duplicaba debido a los intereses que fueron atribuidos por mora.

Después de esa mañana de abril las cosas cambiaron para siempre en la vida del muchacho. Vivió un tiempo en casa de su tía, Ligia, hermana de su madre. Ella generosamente se encargó de pagar sus estudios y su alimentación. Todas las tardes hacían la tarea juntos y él pudo crecer en compañía de sus primos, Luciano e Isabel. Cuando Gerardo estuvo más grande, Ligia, en un gesto de amabilidad hacia su sobrino, lo acompañaba a la cárcel a visitar a su padre, pues debido a la alta deuda e incumplimientos que Rómulo mantuvo con AgricultoresSifontes y los bancos, un tribunal ordenó que  se le privara su libertad. Posteriormente se conoció que éste había incurrido en otros delitos como robo y estafa, que se sumaron a su condena.

A los 16 años Gerardo comenzó a trabajar en un pequeño bufete de abogados realizando tareas sencillas. Manejaba el archivo y atendía a las personas que necesitaban el servicio de algún abogado. Los casos más comunes eran siempre divorcios,  registros de vivienda, entre otros. Dos años después, Gerardo juntó el dinero necesario para poder comprar una pequeña casita fuera del pueblo. Allí pasaba los fines de semana rodeado de algunas pocas plantas que él mismo cuidaba. Lo hacía tal como su madre lo había enseñado.

Cuando el viejo Rómulo cumplió 10 años de condena, perdió la razón. Desde ese entonces Gerardo visitaba a su padre todos los martes y sábados, aun cuando acumulaba rabia y dolor hacia él.

En las noches, Gerardo descansaba con temor. A los 7 años sufría ataques de pánico que la tía, Ligia resolvía con admiración. Bastaba un cálido abrazo para que él se sintiera cómodo y seguro, y entonces el temor pasaba, a pesar de que los recuerdos permanecían en su corazón.

A veces soñaba con ese día. Nunca pudo olvidarlo. Dios o su memoria lo castigaban con el recuerdo de la misma escena triste de aquel día: los tres pasos hacia atrás, el arma directo al pecho de su padre y los gritos de su mamá. Nadie pudo hacer nada, todo sucedió muy de prisa. Eugenia en un gesto desesperado corrió hacia donde estaba su marido y se interpuso entre las dos balas y el pecho de Rómulo.  La dama cayó al piso y agonizó por unos minutos, mientras que la policía llegaba al lugar para llevarse no solo a aquellos hombres que mataron a Eugenia, sino al avaro e irresponsable de la familia Arismendi, fuente de propagación de la serie de eventos desafortunados.

Un día Gerardo consiguió una mejor oportunidad laboral luego de que obtuvo su licenciatura en leyes. Su tía lo recibió orgullosa y preparó una sencilla fiesta de bienvenida llena de eso que tanto le gustaba a Gerardo: amor. Todos en casa estaban felices y orgullosos del muchacho quien a pesar de la infancia que le tocó vivir, de grande fue capaz de saldar las deudas que dejara su familia, estudiar y prepararse para servir a la sociedad de manera responsable y audaz.

Esa noche Gerardo comió y bebió tanto como quiso. Se preocupó en disfrutar con sus familiares y contarles a sus primos más pequeños sus experiencias en la universidad a fin de incentivar en ellos el interés por el estudio. Solo algunos muchachos habían decidido mudarse afuera del pueblo para acceder a estudios superiores. La mayoría se estaba dedicando a la agricultura y a rescatar los valores y enseñanzas que dejaran sobre ellos sus padres y abuelos.

Antes de dormir la tía Ligia lo llevó al jardín. Quería mostrarle algo. Del centro del jardín se ubicaba unas cuantas ramas, un pequeño árbol que brotaba con mucha calma y que no estaría grande sino hasta dentro de dos años.

-Mira bien, hijo mío. No te he sacado de la fiesta para que veas una flor cualquiera. Quiero que mires muy bien lo que se esconde detrás de las rosas y los jazmines- dijo.

 Gerardo buscó y miró con atención hasta que vio el pequeño árbol. Era un árbol de arándanos. –Un árbol. Un árbol de arándanos. No se daban en este lugar desde hace 15 años- dijo. De esta forma comprendió que un nuevo tiempo llegaba al pueblo. Agradeció que un nuevo amanecer se asomara para iluminar la tierra.

Por Arianne Cuárez

@Aricuarez

 

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