¡A escribir!

En sueños matarás (2013), de Fedosy Santaella

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Acerca de la obra de Chesterton, Borges sostenía que esta conjugaba el horror fantástico y el género policial que Poe sólo cultivó por separado. Tras la lectura de En sueños matarás, la más reciente novela de Fedosy Santaella, publicada por Alfaguara, advertirá el lector que el escritor venezolano asume con solvencia la tradición chestertoniana hasta estirar sus posibilidades.

Organizada de manera fragmentada, aspecto vital para su carácter lúdico, En sueños matarás no se anda con rodeos y nos habla del crimen del mayordomo en su primer párrafo, evento que permitirá la entrada del detective a la mansión donde un grupo de familiares y amigos de condiciones vampíricas se ha confinado para alcanzar la inmortalidad. A continuación, recogeremos trazos de eventos pasados que, en conjunto, dan cuenta de una historia de venganza por parte de una femme fatale contra un hombre inescrupuloso, la conspiración familiar, los espectros que azotan el mundo de los vivos, la caída de un jazzista al mundo del alcohol y de las drogas y, por último, la conquista de un lugar fantasmal por un personaje que parece manipular a su antojo.

Sabía Borges, además, que quien inventaba un género literario inventaba a un tipo de lector al mismo tiempo. Por eso, a quien se acerca a una obra gótica o policial no le basta con la irrupción de la cosa horrible o del hecho criminal, sino que, antes bien, necesita que su ritmo cardíaco sea desencajado por la atmósfera apropiada. Notemos, entonces, que Santaella crea un ambiente donde la naturaleza no sigue su ritmo habitual, pero, en cambio, preludia el horror y la muerte por medio de imágenes canibalescas, como por ejemplo: “la lluvia se tragó a la luna…”, “la laguna devoraba la mañana y la iba convirtiendo en una atmósfera malsana y borrosa”, “mientras tanto, la luna nueva desuella la capa de negro que la ahoga y se convierte en luna llena”. Igualmente, el escritor venezolano puede fundir una imagen monstruosa con una lasciva, como en esta onomatopeya: “su vagina aúlla bajo la luna llena…”.

Por lo que se refiere a lo sexual, aspecto humano enlazado con el crimen y lo onírico, En sueños matarás ofrece desde la violación más bestial, como el que sufre Lucrecia, hasta la más sublime construcción erótica, como en estas líneas que describen a una enfant fatal: “Lulú llevaba las manos atrás; las manos que anhelaban el granito del falo y ocultaban intensiones masturbatorias. En su boca aún brillaba la sangre colorida de alguna fruta. Su cabello rubio hasta la cintura se mecía con la misma lentitud con que una mujer comienza a jugar con su clítoris. Las puntas de sus zapatos de charol giraban a una orden de su mirada retraída y poseída de morbo mojado”

A juzgar por su Taxidermia, cuento ganador del concurso anual de El Nacional, y El dedo de David Lynch, novela finalista del premio Herralde 2013, el cineasta norteamericano David Lynch alimenta también la composición de En sueños matarás, no sólo como referencia intertextual puntual (Merrik recuerda al Merrick de El hombre elefante), sino, principalmente, porque esta novela está cargada de imágenes surreales e inquietantes que nos hacen pensar en ejercicios radicales como el  filme Inland empire, como leemos en estas líneas: “-mamá tiene hambre, papá. Pero mamá no tiene boca. – el niño caminaba hacia él-. Si me das de comer, mamá también comerá.- Todos sus dientes eran afilados colmillos-. Para eso nací, papi, para ser la boca de mamá.”. Una mención aparte merece la propia narración, como cuando el personaje Dimitri interviene, una verdadera muestra de acercamiento y distanciamiento que resulta en un discurso esquizoide.

Tomaré como préstamo la metáfora de la cebolla que en algún lugar le leí al filósofo Juan Nuño, porque En sueños matarás puede contener muchas capas de significado cuando se le observa desde diversos puntos de vistas: a) una exploración sobre las posibilidades de la imaginación en contraposición con la realidad; b) una indagación sobre el lenguaje; c) el tema de la venganza del hijo contra el padre, que le ha dado a las letras universales piezas maestras como el Frankenstein, de Mary Shelley, y el Pedro Páramo, de Juan Rulfo; d) y hasta me atrevo a decir que se palpa una lucha de poder, cuando un conjunto de personajes se revela porque desea su libertad, y luego un grupo externo termina apoderándose del territorio abandonado. En cualquier caso, lo que he mencionado es apenas un abreboca y no agota las aproximaciones de las que disponga un lector frente a esta obra, a este laberinto con docenas de hilos que nos han sido arrojados.

 Por Maikel Ramírez

@MaikelAlexander

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