¡A escribir!

Hannah Arendt (2012), de Margarethe von Trotta

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Para empezar, referiré dos ensayos filosóficos brevísimamente: en el primero, Un Kantiano entre los nazis, Michel Onfray mantiene que el germen del mal de Adolf Eichmann, oficial nazi encargado del holocausto, se encuentra en parte de la obra de Kant, porque aquí lo importante es cumplir con el deber, sin que medie un derecho ético de desobediencia. Es decir, la satisfacción estriba en cumplir ciegamente un deber convertido en ley, pese a que esta sea justa o injusta; en el segundo, En defensa de las causas perdidas, Slavoj Zizek asevera que, por el contrario, Kant postula que el individuo cumple con su deber en la medida que actúa de acuerdo a las situaciones concretas que la generalización de las leyes excluye. Pongamos por caso un hombre que se come la luz roja porque lleva a su esposa al hospital, debido a un infarto. A continuación, un fiscal de tránsito puede encarcelar al hombre, según la ley, o puede dejarlo continuar para que la mujer reciba atención médica, porque ese el deber, de acuerdo a la ética Kantiana. En cualquier caso, ninguno de estos dos pensadores pasa por alto las disertaciones de Hannah Arendt en el caso Eichmann, cuestión que explora la cineasta alemana Margarethe von trotta en su film Hanna Arendt.

 El filme de vonTrotta tiene como punto inicial el secuestro de Adolf Eichmann en una calle oscura de Buenos Aires. Luego, vemos un plano de Arendt (Barbara Sukowa) de una economía notable, pues no sólo describe su personalidad meditativa y su vicio al cigarro, sino que adelanta la soledad del ejercicio de pensar que es medular en el filme. Seguido de esto, veremos a la filósofa risueña y celebrativa durante los días previos a su viaje a Jerusalén, donde asistirá al juicio a Eichmann como corresponsal de The New Yorker. Tiempo después, Arendt regresará a Estados Unidos convencida de que el mal reside en un lugar muy diferente al que había imaginado, lo que la lleva a escribir un libro que desata feroces ataques de diversos sectores, incluida la comunidad judía y la académica, ataques que, incluso, amenazan su puesto como profesora de alemán en la Universidad de Princeton. Con todo, Arendt se reivindica con una elocuente defensa acerca de las ideas sobre las que su nueva obra versa. Previo a los créditos finales, nos informan de que Arendt pasó el resto de su vida buscando entender el mal.

En su brillante ensayo En la guerra con la metáfora, Erin Steuter y Deborah Wills sostienen que los fundamentalistas abominan las ambigüedades, porque para ellos las cosas están bien claras: son ellos, los buenos, contra los otros, los malos. Dentro de esta forma de razonamiento, cualquier posición fronteriza es vista con recelo y puede provocar hostilidad. Acá, se trata de no analizar mucho ni de indagar sobre nada. Análogamente, José Ovejero, en su lúcido y provocador libro La ética de la crueldad,  señala: “No hay auténtica crueldad ética sin que aquellos que nos aprecian se sientan ofendidos; la crueldad que sólo se dirige al antagonista es acomodaticia, falsamente atrevida”. Estos aspectos son cruciales en Hannah Arendt, por cuanto le recuerda a mucha gente, desde la iglesia católica, pasando por los países europeos, hasta llegar a un sector de líderes judíos, su laxitud, en mayor o menor grado, en el avance del Nazismo y sus desmanes, algo que muchos habrían deseado reprimir.

La Arendt de von Trotta es la que se opone a la opinión corriente de su tiempo, que acusa a Eichmann de antisemita y de encarnación luciferina. Según las penetrantes observaciones de Arendt,  el problema radicaba en abandonar el pensamiento con el fin de obedecer una ley sin importar qué se obedeciera. Así, cualquier persona carente de talento y de carácter podría convertirse en el más eficaz y obediente genocida. Por mucho que estimo la explicación de Arendt de loable, investigaciones actuales hacen que me incline por las conclusiones de Victor Klemperer, judío que vivió en Dresde, Alemania, durante el nazismo, y llevó un diario donde registró el lenguaje empleado por los nazistas, y que sería publicado en 1947 con el título El lenguaje del Tercer Reich. Como Arendt, Klemperer se sintió tentado a concluir que el nazismo anulaba el pensamiento; no obstante, poco a poco se le va imponiendo la idea de que se trataba de una forma de pensar que obedece a otra lógica, y quien asume esa forma de hablar adopta el marco conceptual que esta trae consigo, como le ocurrió a muchos alemanes que no eran precisamente nazistas. Klemperer cuenta  que, por ejemplo, ‘esclavo de judío’ era el mayor insulto para un alemán durante el Tercer Reich. El razonamiento que esta expresión impone es que no se debe ayudar a un judío porque es un acto degradante. Fijémonos así que ‘ayudar’ pasa a significar ‘ser esclavo’. De manera similar a Arendt, Klemperer asume sus análisis lingüísticos con una objetividad que resulta no menos que asombrosa si tenemos en cuenta todas las vejaciones que sufrió, que van desde ser destituido como profesor de literatura francesa de la Universidad de Dresde hasta casi entrar en la mortal cámara de gas.

De vuelta al filme, aunque algunos críticos cinematográficos aseguran que este no es un biopic, puesto que no cuenta la vida completa de la filósofa, opino lo contrario. De hecho, si contamos muchos de sus componentes, notaremos que es al género biográfico al que más se acerca. Por otra parte, parece un encomiable acierto haber incluido las imágenes originales del juicio a Eichmann para poder acercarnos a la experiencia que Arendt tuvo frente al oficial Nazi, y esto, a su vez, nos lleva a reparar en los travellings hacia adelante para encuadrarla sólo a ella, porque no importa tanto un plano general que incluya a los  reporteros que circundan a Arendt, sino, sobre todo, mostrar los movimientos, el rostro y la mirada aguzada de Arendt ante lo que la desconcierta y la anima a descifrar. Merece un reconocimiento aparte el segmento de su defensa frente a los asistentes de un auditorio transfigurado en corte inquisitoria, donde la actriz Sukowa le responde a quienes cuestionaron su encarnación de Arendt, debido a sus diferencias físicas con la pensadora. Sobre todo, Hanna Arendt basa su fuerza en los intercambios conversacionales de la protagonista con los demás personajes, diálogos para el acercamiento o para la ruptura de las relaciones intersubjetivas.

Como La ley de Herodes, de Luís Estrada; No, de Pablo Larraín; El gran dictador, de Charles Chaplin; Z, de Costa-Gavras; y El gato pardo, de Luchino Visconti, entre muchas otras obras que merecen ser mencionadas, Hannah Arendt es uno de los grandes logros del cine político.

Por Maikel Ramírez

@Maikelalexander

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