Vivir para contar

Rugeles, un observador de historias

Rugeles

Cuando Eduardo Sánchez Rugeles ganó su primer concurso, la primera edición del Premio Iberoamericando de Literatura Arturo Uslar Pietri, yo estudiaba Periodismo en la universidad y seguramente tenía una suerte del carrizo. Esto lo digo porque justo en esa época, en la que Rugeles publicaba Blue Label, fue asignada la tarea de realizar una entrevista. Quise entrevistarlo. Supe que vivía en España y casi me rindo a olvidarme de ese encuentro, cuando el escritor responde mi correo diciendo que estaba en Caracas y que aceptaba la invitación a interpelarlo.

Aquí, una versión corta (y editada para ponerla bella, bella) de mi entrevista a Eduardo Sánchez Rugeles en 2011. Creo que fue una de las primeras realizadas en ese entonces.

El sol del domingo se dobla por las esquinas de La Estancia, en Caracas. El lugar, que hace las veces de burbuja urbana, deja colar un silencio que le gana espacio al bullicio de la avenida Francisco de Miranda. “Le pasé como cuatro años por enfrente y nunca vine. En una oportunidad un amigo me invitó y me dijo, ‘encontrémonos en La Estancia’, y yo me fui al restaurante de La Castellana creyendo que era allí”, comenta el escritor venezolano Eduardo Sánchez Rugeles mientras marcha conversador hacia el lugar, donde daría la entrevista.

A sus 33 años ya sufre del mal caraqueño del cansancio, y entre la frustración, el fracaso, un sueldo limitado y un proyecto de matrimonio tomó el camino del cambio radical y se instaló en Madrid hace tres años. “Me casé un viernes y nos fuimos un domingo”, dice.

Deja de hablar, ríe ante el último comentario, mira a su alrededor, y esconde la mirada. Los ojos grandes y la boca temblorosa delatan timidez y nerviosismo. Sin embargo, se le escapa sin miedo una desafiante crítica, hacia su generación y hacia sí mismo, minada por la experiencia como docente que le mostró jóvenes con dudas, cuestionamientos e ideas. Al verlo es fácil darse cuenta de que escribe, piensa, inventa. La camisa a cuadros, los lentes de pasta, los zapatos negros que marcan pasos pausados y silenciosos. Todo en su sitio pero la mirada en ningún lugar, casi no se puede sospechar que Sánchez Rugeles es ganador de la primera edición del Premio Iberoamericando de Literatura Arturo Uslar Pietri, por su novela Etiqueta Azul.

Sin embargo, no se aleja de lo coloquial y no cae en el tecnicismo que resulta pedante. En efecto, no se siente erudito y siente complacencia por sus solitarias maneras. “Soy bastante distraído, pero me gusta ser así porque estoy en mi mundo”, afirma. “Las multitudes me asfixian”, “me gusta caminar por la ciudad”, “soy flojo”, “soy malo para la vida práctica”, va confesando el escritor.

Su literatura conserva la voz de este mundo donde Sánchez vive felizmente. Con énfasis y satisfacción manifiesta: “El fatalismo estético me gusta, el personaje amargo y triste”, y se le escapa una sonrisa dedicada a sus historias y a sus protagonistas. Su afición por la calma y la pasividad no lo convierten en un ermitaño de la montaña, aunque sí en un joven curioso que no encuentra mucho placer en la vida social, y prefiere visitar ruinas rumanas antes que ir a la playa.

Un mundo para Sánchez

Las diferencias en preferencias vacacionales se han traducido en leves conflictos a la hora de orquestar un plan de viajes con su esposa. A Beatriz Catro le gusta la arena y las olas, a Sánchez la montaña solitaria y los destinos raros le provocan fascinación.

Rumania, Croacia y Malta son algunos de los lugares que ha recorrido. El silencio de la historia que se deja escuchar en éstos y ver a las personas en su ambiente le llama con fuerza. Visto así, se puede imaginar a Sánchez vestido como arqueólogo meditando en la mitad de ciudades y pueblos ignorados por el mundo. “No he ido a Barcelona, no he ido a París, ni a Berlín pero me conozco toda Rumania, desde Cluj-Napoca hasta el Mar Negro”. Su novela Transilvania Unplugged germina en estos lejanos parajes, en una montaña perdida en medio de los Cárpatos. En su camino se topa con un cartel que reza “Estados hermanos de Sibiu”, el cual despierta su olfato literario al ver que entre las ciudades enumeradas se encuentra, en tercer lugar, Valencia-Venezuela. Curiosamente, ese ojo para el detalle está desarrollado en la distracción. “Soy distraído, pero me gusta porque me quedo en mi mundo pensando en historias… en pendejadas”.

Va como paseando, como creando mientras camina. “Me gusta fabular lo que la gente hace, lo que la gente dice, incluso venezolanizar a los españoles”, confiesa Sánchez.  “Está pasando algo y yo no me entero”, agrega. Surge una anécdota rápida, que para algunos suena alarmante aunque a Sánchez parece causarle una especie de gracia cínica. “Una vez, ya viviendo en Madrid, se disparó la alarma de incendios. En ese momento yo veía un partido. Sabía que sonaba una alarma, pero ni pendiente. Cuando mi esposa llega al lugar los bomberos están abajo, y ella comienza a llamarme: ‘¿Dónde estás tú? ¿Qué estás haciendo ahí? ¡Baja ya!’”.

Concluye que no tiene remedio. No sirve para la vida práctica, “soy un inútil para eso”, dice, divertido con los efectos de su defectos. A veces toma el metro en sentido contrario al que debería ir, y en ocasiones la cena se transforma en un verdadero desastre. “En una época mi esposa llegaba tarde a casa, y se supone que yo debía hacer la cena. Pero cocinaba a última hora, y todo salía horrible porque no planificaba la comida. Debía salir a comprar ingredientes a último minuto, me faltaba alguno, debía volver al supermercado”. Su noción de cuánto dinero dispone en su cuenta no es exacta, y confiesa que a veces sólo tiene una vaga idea de cuánto puede gastar.

La disciplina es sólo santo de su devoción a la hora de escribir. Además, asegura que recibió mucho apoyo de su familia en este asunto de dedicarse a la literatura. Su conciencia de amor hacia las humanidades llegó temprana y diáfana. “De hecho, tengo borradores de novela de 4to y 5to año de bachillerato, que espero no existan”, manifiesta rememorando quien sabe qué de esos años de camisa beige.

Sánchez le huye a su definición, a su descripción, al bosquejo de sí mismo. “No me gusta definirme, creo que esto es más fácil para el otro, porque a veces puedes pecar de pedantería, falsa modestia, visión limitada”. Para él el concepto del principio es un punto para problematizar, “te puedo decir que como docente fui honesto, pero eso no me hace un tipo honesto”.

El profesor Sánchez

Las editoriales, la prensa y la opinión pública lo llaman escritor, pero Sánchez fue primero profesor de Educación Media, un trabajo que marcaría sus perspectivas y le traería un cambio de vida. Laboró durante tres años en el Colegio San Ignacio de Loyola, el cual visita sin falta cuando está en Caracas para “alterar un poco la melancolía”. En Madrid la experiencia con sus alumnos, y la docencia en general, se convirtió en nostalgia. De hecho, Etiqueta Azul es una obra que aparece sola arrastrando un momento oscuro de Sánchez que involucra la nostalgia por el colegio, y sus personajes son el producto procesado de un grupo de alumnos que construyeron en Sánchez un arraigo imperecedero. Como una acotación recurrente, redundante, incluso retumbante, Sánchez no puede dejar de repetir “disfruto mucho la docencia”.

Los ojos de Sánchez

Sánchez se reconoce como autocrítico. Sus ojos, su manera de observar, están minados por las interrogantes y el deseo de demostrar que no viene de una Venezuela perfecta. “Para mi generación nosotros somos chéveres, somos de pinga, somos los más arrechos. Es difícil encontrar un interlocutor que diga ‘esto es una mierda’”. El novelista lo dice con decepción, tal vez con un poco de molestia. Constata que por ello se lleva mucho mejor con los jóvenes de la actual Venezuela, a quienes considera individuos que tienen algo que decir, y que se plantean cuestionamientos.

No es partidario del actual gobierno, “el chavismo me parece perverso y trágico”, dice con un tono de fastidio cansado. Afirma que no tiene estómago para escuchar hablar a quien no tiene nada que decir, y detesta la sifrinería extrema, tanto como el “toderismo”; concepto que Sánchez fórmula para hablar de los falsos eruditos con complejo de “sabelotodo”.

 Sin embargo, sus peores enemigos son los grandes y temibles gurús. Los gerentes, los magnates, los encargados de las editoriales, los intelectuales deformados a autoridades indiscutibles. A ellos les arruga la cara y les manda un saludo poco amigable. En efecto, Sánchez no quiere emborracharse en su éxito y procura cuidarse de convertirse en un gurú de la literatura venezolana.

Por Indira Rojas

@indirojas

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