¡A escribir!

Wakolda (2013), de Lucía Puenzo

Wakolda

Sobre Lucía Puenzo, puede decirse que debutó en la dirección cinematográfica con buen pie, ya que XXY, filme sobre el dominio del cuerpo y la búsqueda de la identidad sexual es, no creo exagerar un ápice, una de las mejores obras del cine latinoamericano contemporáneo. Hoy, la cineasta sigue los pasos de su padre, el director Luís Puenzo, célebre por darle a Argentina su primer premio Oscar, gracias a su película La historia oficial, puesto que su nuevo filme, adaptación de su novela homónima Wakolda,  se vuelca sobre un episodio gris de su país al recrear el paso del doctor nazi Josef Mengele por Argentina.

 Contando con el hermoso paisaje de la Patagonia argentina como pantalla de fondo, Wakolda cuenta la historia de una familia que se dirige a la Patagonia para reabrir una hostería que le pertenecía a la familia de Eva (Natalia Oreriro), y que será acompañada por Helmut Gregor (Álex Brendemühl), alemán extraviado en la vastedad del paisaje, quien luego continuará su camino aparte. Sin embargo, Gregor regresará para alojarse en la hostelería pese a la negativa inicial de Enzo (Diego Peretti). Días más tarde, al notar el lento crecimiento de la pequeña Lilith (Florencia Bado), sumado a las burlas infringidas contra esta en el colegio alemán, Gregor convencerá a los padres de que él puede someter a la pequeña a un tratamiento para que aumente un poco su estatura. Por otra parte, el médico alemán también cuidará del embarazo de Eva. Pero la noticia de que Adolf Eichmann ha sido secuestrado en Buenos Aires y llevado a Jerusalén para ser juzgado por su participación en el holocausto pone a Gregor en alerta, obligándolo a huir hacia Paraguay, sin importarle que no sólo deja a Lilith en un estado de salud mermado, debido a efectos secundarios de la medicina,  sino que deja a los recién nacidos gemelos en un estado de salud riesgoso. La familia entenderá que Mengele sólo los ha usado como parte de un experimento, cuál ratones de laboratorio.

Lucía Puenzo nos recuerda ese lugar común que reza que no hay que dejarse llevar por las apariencias, porque si, superficialmente, Wakolda luce como un vibrante filme de suspenso sobre un extraño que socava la cohesión de la familia, alguien que tras la cortina maneja los hilos para alcanzar un objetivo personal, su propio beneficio, subyace,  por otra parte, una capa que favorece la lectura política, una donde Mengele, como buen propagandista, seduce a sus interlocutores al subrayar sus frustraciones, sus fantasías y sus defectos físicos, como son los casos del poco crecimiento de Lilith y el deseo de Eva por parecerse a una aria, manifestado claramente en el empeño de darles a sus hijos una educación en una escuela alemana. De modo que el doctor los persuadió y experimentó con ellos por considerarlos seres inferiores. Otro tanto de esta dimensión política la encontramos en las muñecas, juguetes que Puenzo ofrece como símbolos de la fantasía de perfección que acosa al médico alemán, puesto que, como es sabido, el nazismo ha sido derrotado y el proyecto de raza perfecta ha caído con él. Por consiguiente, las muñecas son lo más cerca que Mengele puede estar de la perfección que su ciencia no ha alcanzado, perfección construida á la carte, como el hombre contemporáneo que compra una muñeca sexual a su justa medida.

Aunque de dermis política, Wakolda contiene los elementos recurrentes en la filmografía de la cineasta argentina: personaje principal femenino (célebre es la participación de Inés Efrón en XXY y en El niño pez); las decisiones que toma el sujeto femenino sobre su cuerpo y su identidad sexual, o ¿Acaso el crecimiento de Lilith no se relaciona con el apetito sexual, hecho ostensible en el breve cortejo erótico con uno de sus amigos, mientras Mengele observa desde las sombras, conocedor de que debe sacar provecho de su búsqueda de goce?; y, finalmente, así como en XXY, donde los padres, interpretados por Ricardo Darín y Valeria Bertuccelli, decidían qué sexo debía asumir su hija intersexual, y como en El niño pez, donde un padre terrible truncaba el goce sexual de su hija, Wakolda vuelve al rol determinante de los padres sobre el cuerpo de sus hijos.

Asimismo, dado que la narración nos viene desde la voz en off de la pequeña Lilith, Wakolda pasa a conformar un reciente conjunto de obras fílmicas que echan una mirada al pasado traumático desde la perspectiva de un infante: El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro, y La lengua de las mariposas, de José Luís Cuerda, tratan sobre la España franquista; Machuca, de Andrés Wood, cuenta los días previos al golpe de Estado contra Salvador Allende; Voces inocentes, de Luís Mandoki, se enfoca en la guerra en El Salvador; Kamchatka, de Marcel Piñeyro, e Infancia clandestina, de Benjamín Ávila, transcurren durante la dictadura militar argentina. No hay que indagar demasiado para darse cuenta de que el uso de los niños como punto focal de las atrocidades ocurridas durante esos periodos históricos le permite a los directores  lograr mayor ironía y dramatismo, ya que mientras los niños ven su entorno sin entender qué sucede, los espectadores saben que algo trágico ocurrirá inevitablemente, y, por supuesto, el dolor de un niño produce empatía inmediata en el espectador, si no preguntémosle a los publicistas encargados de los  comerciales y a quienes diseñan propaganda política.

Wakolda es un filme excepcional, dirigido por una cineasta con ideas claras, un estilo personal y que no escatima esfuerzos para sumergirse en los temas más atrevidos, que, hasta la fecha, van desde la identidad sexual hasta lo más oscuro del pasado histórico.

Por Maikel Ramírez

@Maikelalexander

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