¡A escribir!

El rey retornó hace una década atrás

the return

“One ring to rule the all

One ring to find them

One ring to bring them all

And in the darkness bind them”

(J.R.R Tolkien: The lord of the rings)

 

Debía asistir solo a su proyección, ya que, como se comprenderá, su estreno fue programado para el día 25 de diciembre de ese año 2003. Bueno, como se comprenderá aún mejor, suelo asistir a la primera función del día de estreno de los filmes de los cuales soy devoto, y la última parte de la trilogía de El señor de los anillos empezaría a la 1:00 pm, así que quien me acompañara tendría que estar dispuesto a sacrificar un tanto su festejo de la noche anterior, porque tampoco es que yo estuviese tan desesperado como para asistir con alguien que pareciera extraído de la delirante trilogía de Todd Phillips, ¿Qué pasó ayer

Sala oscura. La típica pieza musical instrumental esta vez sirve para mostrarnos en restropectiva cómo el tierno Smeagol se transformó en ese despojo viviente llamado Gollum. Este segmento se nos antoja oportuno y aterrador, pues sabemos que sobre Frodo (Elijah Wood) se cierne el poder corruptor del anillo único. Si el pequeño hobbit sucumbe, toda la Tierra Media será conquistada por Sauron y sus ejércitos de Mordor, reino del señor oscuro, desde donde, transfigurado en un gigantesco ojo ardiente, todo lo ve.

A partir de allí, el filme avanza firmemente hacia los dos momentos claves de esta última entrega: por un lado, ese auténtico logro de la épica que es la batalla de los campos Pelennor, cuya grandeza, reconozcámoslo, se acentúa con un correcto montaje que hace todo más caótico cuando intercala momentos dramáticos a escala menor e íntima, como el intento de Denethor por arrojarse al fuego junto a Faramir, y el acecho de la araña a Frodo, momento que, como sabemos, pertenece al libro Las dos torres, de la obra de J.R.R Tolkien; por otro lado, encontramos la batalla final frente a las puertas de Mordor, cuyo fin depende de que Frodo arroje el anillo al fuego del monte del destino, pero, al final, es la ambición de Gollum la que acaba con el poder del anillo. Así, el deseado objeto parece haberse consumido a sí mismo.

Meses más tarde, la entrega de los premios Oscar trascurrió como había sido pronosticado: El retorno del rey recogería 11 premios, incluyendo las categorías mejor director y mejor filme, con lo que emulaba la hazaña lograda por Ben-Hur, de William Wyler, y Titanic, de James Cameron. Con todo, estoy convencido de que su mayor logro es que haya sido reconocido como mejor filme, pese a ser una obra del género fantástico, que, por así decirlo, es la cenicienta de la crítica especializada al momento de otorgar premiaciones más allá de los efectos visuales y sonoros.

En cuento a mí se refiere, valoro el hecho de que Peter Jackson y sus realizadores no se hayan dejado seducir por el cine comercial, de allí que, por ejemplo, Aragorn haya sido encarnado por Vigo Mortensen, un actor sin mayor eco en la industria cinematográfica hasta ese entonces. Sabemos que, además, los segmentos finales de una obra cinematográfica pueden ser filmados al inicio del rodaje, por tanto, pensemos en la dificultad de una trilogía como la de Jackson (cada filme duró 3 o más horas) para mantener la continuidad en cuanto a tono, vestuario, maquillaje y otras tantas cosas. Por otro lado, como pocas épicas, Tolkien puso en la línea de combate a una mujer, Eowyn, lo que Jackson complementó con el argumento inobjetable de que ella tiene tantas razones para luchar como las tiene un hombre, pues debe defender a sus seres queridos y el mundo donde vive, mundo que, por cierto, no era otro que Nueva Zelanda, país que bellamente se convirtió en la Tierra Media.

En principio, aunque en el papel nos puedan indicar cuál es el punto de articulación de un sonido, así como su modo de articulación y el estado de la glotis durante la producción del mismo, esto dista del hecho de hablar una lengua con fluidez. Sin embargo, en El retorno del rey, Arwen (Liv Tayler) puede pronunciar correctamente la lengua élfica que la fecunda imaginación de Tolkien concibió gracias a su conocimiento de lenguas antiguas. Hay muchas otras cosas más que se pueden decir sobre este filme, pero me temo que no nos alcanzaría el espacio para hacerlo. No obstante, merece la pena fijarse en que El señor de los anillos es una épica bien peculiar en la medida en que la hazaña  final no depende del héroe prototípico, sino del ser más diminuto de la Tierra media, el hobbit Frodo, y quizá más de su fiel sirviente Sam. En relación con esta memorable camaradería, debemos observar que, deliberadamente, durante la despedida de Frodo, Jackson reserva un encuadre aparte para Sam, mientras que Merry y Pippin ocupan el mismo plano, lo cual, sin duda, proporciona vigor al momento de la separación de los dos amigos. Se nota que Jackson es un viejo zorro que sabe cómo influir en las emociones de su público.

Finalmente, se encienden las luces en la sala después de casi 3 horas y media. He escuchado gritos eufóricos y sollozos a pecho suelto durante la proyección. Recuerdo que esa misma tarde le comenté a un amigo que había visto una de las mejores películas de mi vida. Hoy día, diez años más tarde, mantengo esa opinión. Gracias Tolkien. Gracias Jackson.

 

Por Maikel Ramírez

@MaikelAlexander

 

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