Pluma creativa

Puerto ebrio, por Indira Rojas

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Se alejó, cantando a los faroles. Les pedía confidencia, fidelidad, silencio. Solo ellos podían saber, ellos y tal vez la neblina espesa que cubría el puerto, sus terribles sueños.

Pidió vino, pidió cerveza, pidió fuego. Se abrigó al sentir el tacto de las heladas madrugadas de Moscú, y solo repetía nombres rusos de mujeres que, en su imaginación, eran suyas. El candor de Tatiana le trajo un sabor dulzón, y al ansiar tocarlo con su lengua, ya perfumada de vino, se dejó caer en el desmayo.

Pasó medio hora antes de percatarse que lloraba. Arrastró sin gracia los dedos por la mejilla viscosa, enjuagada en lluvia y sal, pensando en Valeska y los ojos verdes que le dieron la espalda. Se entregó a Kataya, quien lo curaba de todo mal con una sonrisa complaciente, hasta que rememoró que los labios bajaron su guardia hace mucho tiempo, cansados y con ganas de quejarse, un marzo espléndido y soleado pero traidor.

Los faroles parecían responderle en un coro afectuoso, susurrándole espasmos de luz, y él creyó que era hora de confesarse. Cantando le dijo a los balcones de la calle 7 que se había perdido en el umbral de la infamia. Un rescate le vendría bien, pensó tal vez en su agonía. Pero no vino el candor, ni los ojos verdes, ni la cura femenina que tanto arrellano le habían regalado, y de la oscuridad salió la nada. Y en el vacío, atormentado por una música novata de una flauta, se rindió a los placeres del sueño y recordó que a nadie había amado.

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