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Carnage, de Roman Polanski (o una nota sobre la guerra económica, el lenguaje y la mente), Por Maikel Ramírez

ines

“-Sheldon: waterfalls!

-Raj: What?

-Sheldon: waterfalls, crashing waves, babbling brooks.

– Raj: What are you doing?

-Sheldon: subliminal messaging. I ´m going to make you want to pee…”

(The big bang theory)

En el segmento con el que se inicia Carnage, filme dirigido por el polaco Roman Polanski, vemos un plano general de un grupo de adolescentes de donde, intempestivamente, uno de ellos, Zachary Cowan, se separa portando una vara en la mano, en tanto que otro, Ethan Longstreet, lo alcanza para increparlo. Lo que sobreviene en este fragmento distante y sin diálogo es un golpe contundente que Zachary asesta con su madero contra el rostro de Ethan y, poco después, los insultos del resto del grupo hacia aquel al tiempo que todos van desapareciendo lentamente mediante un fundido a negro. De seguido, encontramos a los padres de Zach (Christoph Waltz y Kate Winslet) formulando un sustituto para la palabra ‘armado’, que los padres de Ethan (Jodie Foster y John C. Reilly) escriben en su reporte del incidente.

Para adentrarnos en el terreno que concierne a esta nota, aún cuando a Polanski sobre todo le interese explorar cómo el orden simbólico de los seres humanos es frágil y puede dar origen a la conducta más violenta, este episodio nos proporciona una idea de lo que en el área de la cognición se conoce por marco conceptual.  En principio, debemos reconocer que en el mundo que habitan los seres humanos existen fenómenos abstractos, eventos, objetos físicos y las relaciones de estos. Hablar de marco conceptual es, en rigor, conceptualizar. Retomando el segmento del filme de Polanski, deliberadamente mostrado sin nitidez y con escasos datos informativos (relación causa-consecuencia), notamos que los padres de Ethan tratan de imponerle al desdichado impasse la palabra ‘armado’, esto es, el marco conceptual de una agresión hamponil, lo que, sin duda, actuaría en desmedro de Zachary, quien posiblemente sólo se defendió de un ataque de Ethan y su pandilla. Para simplificarlo, desde este marco conceptual,  Zachary  habría agredido a Ethan, ya que es un delincuente.

Acá, por si no ha sido notado, no prima tanto un asunto de opciones léxicas, sino, ante todo, un asunto de mecanismos para razonar, una lógica de pensamiento que cristaliza en la forma como el individuo actúa. En una palabra, con todo que el marco conceptual se manifiesta en el lenguaje es, estrictamente, una materia del pensamiento. Para asir esta noción de una vez, vayamos a El lenguaje del Tercer Reich, donde Victor Klemperer escribe que los nazis enmarcaban las derrotas que les infligían como ‘crisis’, o con las variantes ‘crisis global’, ‘crisis que encara la civilización occidental’ y ‘crisis bajo control’.

Suele suceder, asimismo, que el lugar de un marco lo ocupe una metáfora conceptual. Muchas actividades y objetos relacionados con internet, pongamos, son conceptualizados por medio de metáforas conceptuales. De allí que ‘entremos a internet’, ‘salgamos de internet’, ‘subamos y bajemos documentos’, ‘naveguemos en internet’, ‘rebote un correo’, ‘abramos ventanas’, por mencionar algunos casos ilustrativos. Es decir, representamos internet, red inmaterial, intangible, abstracta, sustancia que está y no está en nuestro PC,  como un lugar físico y concreto.

Dicho esto, propongo observar cuidadosamente el caso que nos ocupa: “la guerra económica”. En primera instancia, estemos de acuerdo en que “la  guerra económica” es un caso de metáfora, pues no podemos tomarla literalmente en razón de: (a) una guerra involucra dos partes nítidamente definidas: (a.1) aliados contra el Eje, (a.2) vietnamitas contra estadounidenses,  (a.3) ingleses contra franceses, como en la Guerra de los cien años, independentistas contra realistas; (b) una guerra es un conflicto armado; (c) una guerra enfrenta dos Estados o, en el peor de los casos, personas, tribus o grupos de un mismo país; (d) una guerra implica la invasión de un territorio; (e) una guerra  termina con una de las partes derrotadas y un tratado.

Ahora, si atendemos los elementos que estructuran el dominio ‘guerra’ es claro que estos no tienen claras correspondencias con “la guerra económica” que anuncia el gobierno venezolano. Veamos, (a) no queda claro cuáles son las partes involucradas en el supuesto conflicto, puesto que el sector de la economía venezolana conforma un espectro bastante amplio y complejo que va desde las trasnacionales, y pasa por la industria privada hasta llegar a los pequeños comerciantes. Huelga decir que si hay desabastecimiento de rubros que le competen a las empresas estatales, estas, por igual, deberían operar desde las huestes del enemigo. Peor aún: no existen rostros concretos de quién esté fraguando tal guerra; (b) dado que no es un conflicto armado, es obvio que no se sabe cómo el gobierno venezolano va a hacer frente al enemigo. O, para reformularlo, no queda claro cómo se gana una guerra de esta naturaleza; (c) nuevamente la ambigüedad, pues desconocemos quién es el enemigo en esa guerra económica; (d) al no saber desde donde ataca el enemigo, es dable concluir que este posee el don de la ubicuidad y la omnipresencia: está en todos los lugares y todo lo sabe, pese a que, paradójicamente, no es visible; (e) dicho todo lo anterior, se prevé que esta guerra tenga una condición de perpetuidad.

Se ve, por consiguiente, que “la guerra económica” no es más que una metáfora conceptual que enmarca un conjunto de fenómenos complejos y conocidos, como la escasez, el desabastecimiento, la falta de productividad de empresas del Estado, el incumplimiento en la asignación de divisas, el contrabando, la corrupción y otros tantos más. Esta facultad aglutinante de la metáfora conceptual ya ha sido estudiada por prominentes investigadores como George Lakoff, en La mente política, y Erin Steuter y Deborah Wills, en En la guerra con la metáfora, quienes han demostrado que este tipo de metáforas puede ofrecer una simplificación de la realidad, según el caso que corresponda, ya que el dominio origen (vehículo, en jerga literaria) sólo estructura el dominio meta (tenor) parcialmente.

Una asociación que lícitamente uno se siente tentado a establecer lo brindan las clásicas obras La enfermedad y sus metáforas y El sida y sus metáforas, de Susan Sontag, en las que la filósofa expone el uso de la metáfora bélica como representación de la enfermedad. Así, Sontag lista las correspondencias que se proyectan desde un dominio a otro. A ver: la enfermedad es el enemigo, el cuerpo es el territorio de lucha, enfermarse es padecer la invasión, curarse es defenderse o luchar, y morir es perder la batalla. Conceptualizamos la enfermedad de esta manera para entender su carácter letal. Como se ve, esta metáfora de uso cotidiano deja ver las correspondencias concretas entre el dominio bélico y el dominio de la enfermedad.

Habrá quien se percate de que también  metaforizamos el amor a través del dominio de la guerra, lo cual, según lo han podido refrendar varios investigadores, ocurre en la cultura occidental. Dadas estas luces, fijémonos en que los amantes corresponden a los enemigos, lograr el amor de alguien es conquistar, la persona que se deja amar después de cierta reticencia se rinde, flirtear es atacar, un hombre enamoradizo es atacón. ¿ Es el amor, entonces, una guerra?  ¿No es esto una contradicción?. En lo absoluto. Dos explicaciones son posibles: (a) en algún punto del pasado la cultura guerrera dio paso a una cultura argumentativa  (también metaforizamos argumentar por medio del dominio de la guerra) y amorosa. O dicho con otras palabras, primero existió el concepto ‘guerra’ y por una suerte de reciclaje con el que opera la mente este se usó para estructurar el concepto ‘amor’; (b) los individuos perciben similitudes no objetivas entre un dominio y otro. Permítaseme resaltar ‘no objetivas’, ya que es visible que no hay similitud objetiva entre un par de amantes y un par de enemigos. Sea como fuere, es claro que en este caso hay claras correspondencias que autorizan la representación metafórica del amor como guerra.

Ahora, lo más problemático de la metáfora conceptual es que, como he comentado arriba, no es  tanto una manifestación del lenguaje como del pensamiento. En palabras llanas, una vez  que la metáfora conceptual de la guerra económica entra en circulación, se impone como una lógica de razonamiento. Pensar en la crisis de la economía venezolana en esos términos conlleva, desde luego, estar cognitivamente atrapado en una metáfora (metaphorical entrapment), lo que impide que el propio gobierno y la población general puedan evaluar el problema desde diversos ángulos, invocando alternativas noveles y creativas en virtud de las complejidades que lo configuran. Por tanto, cualquier posibilidad de solucionar la maraña de problemas se merma.

Insistiré en la función central que cumple la metáfora conceptual en la cognición humana. Para asentar definitivamente este horizonte argumentativo, podemos prestar oído a las constataciones de George Lakoff y Jerome Feldman en cuanto a la teoría neuronal de la metáfora, uno de los descubrimientos más importantes de los últimos años en el campo de la cognición. De acuerdo a esta, las metáforas conceptuales tienen presencia física en el cerebro humano. Estas se corporizan en un circuito en el cerebro que consta de dos partes que se activan simultáneamente. Digamos que, por poner sólo un ejemplo fecundo, en nuestro cerebro hay mayores conexiones sinápticas desde un conjunto de neuronas del dominio ‘arriba’ (verticalidad) al dominio ‘más’ (cantidad), lo que explicaría la existencia del binomio metafórico MÁS ES ARRIBA/MENOS ES ABAJO, que toma forma lingüística en expresiones cotidianas como: “los precios están por la nubes”, “la temperatura bajó”, “las ventas bajaron enormemente”, “bájale a la violencia”, entre otras. Activar estas metáforas, por consiguiente, se traduce en su reforzamiento en el cerebro, o lo que es lo mismo, en la fijación del sentido común.

Por igual, y para dar conclusión a esta nota, la lingüista norteamericana Robin Lakoff,  en su brillante obra La guerra del lenguaje, ilumina nuestra discusión al señalar que el establecimiento de mecanismos del lenguaje como el que atendemos, convengamos en añadir: del pensamiento, son cruciales porque determinan quién o quiénes controlan o controlarán el significado, y si reparamos bien en este hecho, se revelará que nos referimos al poder mismo, a la forma de producir lo inteligible, el sentido común, la realidad.

 

@MaikelAlexander

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