¡A escribir!

No es país para hombres viejos, de Cormac McCarthy, por Maikel Ramírez

no es

“A Dios, como al doctor Frankenstein su monstruo, el hombre se le fue de las manos”

(Fernando Vallejo: La virgen de los sicarios)

Decididamente, las obras del escritor norteamericano Cormac McCarthy someten a los lectores a eventos no tanto atroces, como desprovistos del significado transcendental que comúnmente les proporcionamos. De hecho, en opinión de un amplio sector de la crítica, incluyendo al mismísimo Harold Bloom, McCarthy es tributario del gótico del sur estadounidense, formulado por escritores del calado de William Faulkner y Flannery O´Connor, cuyas ficciones pueden alcanzar una sordidez inenarrable. Una muestra reciente del universo McCartheano fue el guión del filme El abogado del crímen (The counselor), tutelado por el director Ridley Scott, y en donde saltan a la pantalla motorizados decapitados, cadáveres dentro de barriles y la sugerencia de que una mujer fue descuartizada mientras la encuadraban durante el rodaje de una película Snuff. En lo que resta, comentaré brevemente su novela No es país para hombres viejos.

En esta novela, corren dos tiempos acompañados de sus respectivos narradores. Por una parte, el viejo Sheriff Ed Tom Bell comenta eventos de su vida, sobre todo, aquellos concernientes a la violencia que ha aumentado en su país con el transcurrir de los años, que abarcan desde las guerras donde sus antepasados y él mismo han participado hasta los asesinatos brutales más inverosímiles, como lo prueban estas líneas sobre un joven que asesina a su novia: “Y me explicó que hacía mucho tiempo que tenía pensado matar a alguien. Dijo que si le ponían en libertad lo volvería a hacer” continúa Bell: “No sé qué pensar de eso. La verdad es que no. Creí que nunca conocería a una persona así y eso  me hizo pensar si el chico no sería una nueva clase de ser humano”.

Por otra parte, un narrador  desde perspectiva externa se centra en Llewelyn Moss, personaje que accidentalmente camina entre los cuerpos abaleados de un grupo de narcos y se topa con un maletín que contiene más de dos millones de dólares. Con todo y que es valiente y astuto, Moss sucumbirá a la ferocidad y determinación de quienes lo persiguen para recuperar el dinero. Hacia las últimas páginas de la novela, las palabras del sheriff se notan cansinas y desconsoladas.

La dimensión más tenebrosa del relato del escritor de Meridiano de sangre y La carretera la ofrece Anton Chigurh, un personaje tan abyecto e infernal como el Juez Holden de Meridiano de sangre. Chigurh es un asesino eficaz, infatigable, sin un asomo de  clemencia o remordimiento. Dentro de su modus operandi para asesinar, emplea una bomba de aire a presión, instrumento con el que pone a sus víctimas a la par de vacas en un  matadero. Al principio, señalé que los significados trascendentales se suspenden en la obra de McCarthy. A propósito de esto, conviene tener en cuenta al Freud de El malestar en la cultura, quien explica que la simbolización trascendental de la muerte se debe a nuestro miedo de que no exista vida después de ella, que tan sólo siga un vacío, que, por tanto, la misma vida sea insignificante. Ahora bien, el tratamiento de la muerte del personaje Wells ejemplifica este aspecto: “Entonces sí cerró los ojos. Cerró los ojos y giró la cabeza y levantó una mano para repeler lo que no podía ser repelido. Chigurh le disparó a la cara. Todo cuanto Wells había sabido o pensado o amado en su vida se escurrió lentamente por la pared que tenía detrás”

En sintonía con esta reducción de los aspectos importantes de la existencia a una imagen desechable  e insustancial, observamos que la vida de las víctimas se decide en una moneda que el asesino lanza al aire, lo que viene a ser una suerte de transferencia de responsabilidades, pues ya no se trataría de que él los asesinó, sino que ellos fueron quienes decidieron su destino. Es clásico el momento de la gasolinera en el que su dueño debe decidir entre cara o cruz, fragmento llevado al cine de manera magistral por los hermanos Coen (Óscar a mejor filme 2007) , con Javier Bardem (mejor actor de reparto) en una encarnación sin parangón del abominable Chigurh. Cabe destacar que el aspecto físico del resuelto sicario no es relevante en la medida de que sus acciones y los diálogos donde participa revelan la naturaleza de su carácter. Como quiera que sea, esta breve descripción da una idea clara de la frialdad de Chigurh: “El hombre volvió la cabeza y miró a Moss. Ojos azules. Serenos. Pelo oscuro.  Un aire ligeramente exótico. Que a Moss se le escapaba por completo”.

Sin embargo, en mi opinión, lo que más puede inquietarnos de Chigurh es que acomete sus actos con la entereza que brinda una ética de conducta. Para él, matar es un acto sometido a unos principios irrenunciables. En nuestros días posmodernos, cuando apenas un puñado de personas se pliega a los dictámenes éticos, según lo advierten los teóricos y los estudiosos de nuestra época, asombra que Chigurh oriente su vida criminal bajo unos preceptos que sobrepasan cualquier fin material inmediato, sea este dinero o cualquier otra cosa puesta al margen. Este diálogo entre Chigurh y la esposa de Moss  nos ilumina para entender esta faceta del asesino:

“Se quedó echada hacia delante, el sombrero entre los brazos. No tiene ningún motivo para hacerme daño, dijo.

Lo sé. Pero he dado mi palabra.

¿Su palabra?

Sí. Estamos a merced de los muertos. En este caso, su marido.

Eso no tiene sentido.

Me temo que sí.

Yo no tengo el dinero. Usted lo sabe.

Lo sé.

¿Le dio su palabra a mi marido de que me mataría?

Sí.

Está muerto. Mi marido está muerto.

Sí. Pero yo no.

Usted no les debe nada a los muertos.

Chigurh ladeó ligeramente la cabeza. ¿No?, dijo.

¿Cómo iba a deberles nada?

¿Por qué no?

Están muertos.

Sí, pero mi palabra no. Nada puede cambiar eso.”

La ética que encontramos en Chigurh contrasta, por mucho, con el comportamiento del Sheriff Bell cuando, según confiesa, en algún momento de la Segunda Guerra Mundial huyó cobardemente de los alemanes y abandonó a sus compañeros de pelotón  a su fatal suerte. McCarthy no puede mostrar nada más irónico que la actitud de estos dos personajes ante dos propósitos tan radicalmente opuestos.

Como la parte de los crímenes en 2666, de Roberto Bolaño, y el filme El infierno, de Luís Estrada, obra maestra del cine latinoamericano contemporáneo, No es país para hombres viejos se ambienta en la zona desértica que colinda con México, lugar donde ninguna ley parece posible. No caigamos en la trampa de creer que McCarthy subraya la violencia porque se complace en ella. Craso error. Ya David Foster Wallace señaló que Meridiano de sangre era una novela injustamente menospreciada. El lugar de McCarthy está entre las obras crueles de la tesis que propone el escritor español José Ovejero. En una palabra, la crueldad de No es país para hombres viejos reside en sacarnos de nuestra comodidad cotidiana para hacernos repensar la condición humana que, por mucho que nos esforcemos por aprehenderla, es escurridiza y desconcertante.

@MaikelAlexander

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