Pluma creativa

¿Quién apagó el incienso? por Carlos A. Marín

village

 Ya ni recuerdo la última vez que hice la procesión de los siete templos. Asumo que son más de quince años. Seguramente cursaba los últimos años de la secundaria. Tengo una imagen de esa época: los buhoneros quemando el famoso sahumerio a las afueras de la iglesia Madre Cabrini de Catia (Caracas).

Se ha perdido mucho la tradición de quemar el incienso en mi casa. Esa faena lo hacía mi abuela Cayetana. Asocio ese olor a la tristeza. No sé por qué, pero no puedo quitarme esa sensación. Todo el ritual suponía la quema de aquel material sagrado por los rincones de la casa. Mi abuela rezaba disciplinadamente. Yo solo escuchaba aquel fraseo cortante, casi espeluznante; y al mismo tiempo, miraba cómo pendulaba de un lado a otro el perol hirviente. Algo sobrenatural solía subyugarla en algún forcejeo indescifrable.

El humo se inmiscuía en la ropa, en las paredes, en el agua, en las pestañas, en el alma. Nada más poderoso que ese olor y las manos de mi viejita sosteniendo la Biblia. Era como si proviniese de muy lejos. Perfume primigenio que brota de la tierra muda y salvaje.

Mi abuela nunca dejó que yo agarrase el recipiente. Ignoro si era para que no me quemase; o simplemente, porque era muy pequeño para involucrarme en esas lides inquisitoriales. Claro, aquel ritual era para sacar, según ella, al demonio de la casa. Me daba miedo esa situación. Satanás podría raptarme y llevarme al infierno. Ahora comprendo por qué me exigía apartarme a dos o tres metros de distancia. No menos.

Otro ritual enigmático de Semana Santa: la confección de las cruces de palma bendita. Un secreteo que solo era administrado por mi abuela; como si la Santísima Trinidad la hubiese elegido solo a ella para cortar, tejer y consagrar aquellos amuletos divinos.

Solo la cruz de palma fue renovada este año; al menos sobrevive una de estas faenas milenarias en casa. Pero por cosa rara, mi abuela no la construyó; al contrario, lo hizo mi tía Lucia, la mayor de las Medina. Con sus suaves manos hizo una docena de distintos tamaños. Yo mismo la coloqué en la parte superior de la entrada. De ahí que estas actividades pasen de generación en generación así uno no quiera.

Con todo, creo que se está borrando del imaginario estas actividades cristianas. Muy pocas personas en el barrio lo hacen. Ahora hay modas religiosas menos románticas, menos simbólicas. Todo se ha vuelto menos misterioso. Hay una crisis de fe; pero como también lo apuntó Mario Briceño Iragorry, hay una crisis de pueblo.

Lo digo desde mi corazón: cuando hablo de Dios, lo hago desde las plegarias de mi abuela y los santos a los cuales le reza. Ella nunca me perdonará la vez que partí sin querer el Santo Niño de Atocha. Una mancha que ni el incienso podría borrar.

@AedoLetras

 

Diario Literario.

[Caracas, miércoles 27 de marzo del 2013]

 

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