Pluma creativa

La risotada de Edgar Allan Poe, por Carlos A. Marín

 

ilus

 

Una correspondencia inesperada. En primer término, soñé que forcejeaba con un gato con pezuñas mortales; al despertar, di con los cuervos de Alfred Hitchcock en el televisor. En ambos elementos, la presencia del animal que ataca, intimida y aterroriza.

Hablemos de la pesadilla vespertina. En ella deseaba robar algunos peces de una represa enorme y profunda. Tenía la sensación de que este ejercicio era un golpe orquestado, minucioso. Presentía además que un tío mío le tocaba sumergirse en la represa para extraer los peces más codiciados. Pero antes, yo debía definir la estrategia desde un risco peligroso, marcar como pudiese a los ingenuos peces, y diferenciarlos por tamaños y colores.

De pronto salió de la nada un gato marrón con manchas blancas a hacerme jugarretas. Sus ojos eran como un torbellino. Cuando vine a tener conciencia, interfería adrede mi labor de capturar el botín. El gato en un principio jugaba; luego, me clavaba sus filosas pezuñas. El felino cambiaba de tonalidad conforme me defendía. Se hacía más violento y comprendí en ese instante que era el guardia de aquel estanque. Ese era su territorio; nosotros, la presa. Por instantes lograba someter al animal; pero si se perdía en la oscuridad, era para volver con más fuerza. La traición: el elemento que más me aterraba de la escena, adunada además a una oscuridad sin luna. Y desperté.

Y lo hice a las 4 p.m. del domingo. Bajé a tomar café a la casa de mi madre, aún somnoliento. Al entrar conseguí a mi hermano frente al televisor de la sala. Para mi sorpresa: Los Pájaros (1963), film protagonizado por la actriz norteamericana Tippi Hedren. En ella los cuervos son seres asesinos, traicioneros, perversos, donde la naturaleza se vuelve contra la sociedad.

La contundencia de este argumento está basada en la realidad. En 1961 hubo un incidente en la Bahía de Monterrey; en el 2012, en Pennsylvania; en ambos casos, el cuervo fue el protagonista. La imagen de pandillas de cuervos atacando cuando cae la noche. Cuervos que mueven las fibras del terror.

Me acuerdo de los cuervos que merodeaban unos de los jardines del Museo de la Torre de Londres; eran enormes, más grande que un gato adulto, con garras enormes y picos tan puntiagudos que asustaba con tan solo mirarlos. Eran como ocho. Recuerdo los cuervos de Vincent van Gogh, en la película de Akira Kurosawa titulada Dreams (1990), soltando las alas en la maleza silenciosa, persiguiendo el rastro del alocado pintor.

Cuervos y gatos. Cazados y cazadores. Presas y depredadores. Negros como el dolor; negros como la cueva maldita, donde lo único que late es el miedo y la risotada de Edgar Allan Poe.

 @AedoLetras

Diario Literario

[Caracas, viernes 4 d enero del 2013]

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