¡A escribir!

Clases de literatura. Berkeley, 1980. Por Maikel Ramírez

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“Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aun

para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes

que recibía el pobre boxeador en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por

 sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable

con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir las palabras, sino que la muchedumbre

sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo”

(Gabriel García Márquez: Yo no vengo a decir un discurso)

El estado actual de los estudios lingüísticos, aun con sus alianzas y sus refutaciones, se lo debemos, en gran medida, al hecho de que un grupo de visionarios exalumnos de Ferdinand de Saussure compiló las enseñanzas del maestro en la neurálgica obra de 1916, Curso de lingüística general. En esta segunda década del siglo XXI, estamos obligados a ofrecer un agradecimiento similar a Carlos Álvarez Garriga y a la editorial Alfaguara por la publicación de Clases de literatura. Berkeley, 1980, libro que recoge las clases dictadas por Julio Cortázar en la prestigiosa universidad californiana entre octubre y noviembre de 1980, trece horas de cordial diálogo (Cortázar hubiera desdeñado denominar estas horas lecciones)  constreñidas en  un poco más de 300 páginas.

Por una parte, este libro consta de ocho clases en las que el escritor argentino se dedica a explorar el tiempo y la fatalidad en el cuento fantástico, el cuento realista, la música, el humor y lo lúdico en la literatura, la construcción de sus propias ficciones, las distintas etapas de su vida como escritor, lo erótico en la producción literaria occidental y, particularmente, en Latinoamérica;  así como otros temas laterales, que incluyen la política, el cine  y la historia, referenciados por Cortázar  con una sólida erudición. Por la otra parte, el libro cierra con un apéndice que contiene un par de conferencias tituladas La literatura latinoamericana de nuestro tiempo, la primera, y Realidad y Literatura. Con algunas inversiones necesarias de valores, la segunda.

En el prólogo, Álvarez Garriga cuenta que Cortázar aceptó dictar el curso que tenemos en la mano a pedido de su amigo Pepe Durand y tras varios años de negarse a asistir a  universidades norteamericana por considerar que con su participación apoyaba la ‘fuga de cerebros’ y la política imperialista del país anfitrión. Cortázar aceptaría la propuesta bajo la condición de tener poca carga académica con el propósito de dedicarse plácidamente a la lectura. Esta experiencia, continúa relatando  Álvarez Garriga, daría como fruto el cuento Botella al mar. Epílogo a un cuento, contenido en el volumen Deshoras.

De manera intuitiva, pues declinaba la etiqueta autorreferencial de profesor, Cortázar se apoya en la efectiva herramienta pedagógica de adecuar el discurso a la audiencia que tenía ante sí. De allí que acumula citas de autores y cineastas de la cultura anglosajona, como Edgar Allan Poe, John O´Hara, Ambrose Bierce, William Somerset Maugham y Woody Allen. En esta línea de recursos educativos,  notamos que el escritor argentino transita la intricada maraña de la filosofía occidental con deslumbrante simpleza explicativa e ilustrativa.

Hay que reparar, por igual, en que lo que se suponen clases magistrales van cobrando tal intimidad y empatía que los alumnos terminan tuteando a Cortázar en medio de un clima de camaradería. Por eso, con un tenor travieso, Cortázar hablaba de esta experiencia en los siguientes términos: “mi curso de Berkeley fue excelente para mí y creo que para los estudiantes, no así para el departamento de español que lamentará siempre haberme invitado; les dejé una imagen de ‘rojo’ tal como la que se puede tener en los ambientes académicos de los USA, y les demolí la metodología, las jerarquía prof/alumno, las escalas de valores, etc. En suma, que valía la pena y me divertí”. Escudriñando el libro, hemos de reiterar que Cortázar no exagera nada, pues muchas de sus apreciaciones (las luchas revolucionarias y el erotismo en Latinoamérica) e, incluso, los textos que repasa[1] dejan entrever la motivaciones políticas del autor, que aunque pueden ser imperceptibles para un lector de nuestro tiempo, deben haber sido nítidamente palpables dentro del contexto cultural estadounidense de guerra fría.

Obviamente, ni Cortázar ni sus alumnos dejan de pasar por alto que el objetivo central del curso es la obra del escritor argentino. Podríamos, por qué no, aglutinar las ochos clases en tres categorías vinculadas al acervo literario del escritor: (a) la estética, centrada en la producción fantástica pura, algo así como el arte por el arte mismo (b) metafísica,  alimentada por la corriente existencialista e (c) histórica, que toma conciencia sobre las fraguas políticas que tenían a Latinoamérica como escenario. En la segunda de estas categorías, debemos, a opinión del escritor, colocar a su opus magnum Rayuela, pieza concebida por el autor para trastocar la actitud pasiva de los lectores.

Gabriel García Márquez gustaba relatar esta fascinante  anécdota: encontrándose en compañía de Carlos Fuentes y Julio Cortázar durante un viaje a Praga en tren, ya de cara a la hora de Morfeo, Fuentes le preguntó a Cortázar cuándo y por iniciativa de quién el piano había sido introducido en la orquesta de jazz. He aquí lo que sigue, recontado por Gabo: “La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas con papas heladas.” Imagino que la misma sensación de García Márquez y Fuentes la experimentaron aquellos jóvenes que asistieron a las clases de literatura de Cortázar: la amable compañía de quien hace más llevadero un agotador y largo viaje.

[1] Mientras que algunos de esos cuentos están imbuidos de las preocupaciones ideológicas del escritor, otros han sido interpretados desde el plano político, como Casa tomada, el cual, según un número importante de críticos,  trataría acerca de la intromisión del poder en la intimidad y privacidad de los individuos.

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