Pluma creativa

El show debe continuar; crónica de un muerto parado, por Joey Rego

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La muerte es cosa de vivos. Los funerales, la ropa y maquillaje que colocamos al fallecido, las

palabras que sollozamos, las fotos y las flores, todo es para nosotros, no para quien murió. Al

muerto poco podría importarle. Irrelevante a la hipótesis que mejor nos arrope; digamos que

al morir cambias de frecuencia; entonces estarías más preocupado por resolver tus asuntos en

aquella nueva dimensión. Digamos que no hay nada después de esta vida; entonces la ropa que te

escojan para el velorio menos aún importará. Pocas cosas en esta vida son, realmente, nuestras.

La muerte no es una de ellas. Serán los vivos quienes decidirán qué vida tuviste. Una batalla

perdida contra una enfermedad devastadora no es problema para un embalsamador con un poco

de glutaraldehído. Reconstrucciones que le gritan a la vida que no importa cuánto esa persona

se descuidó o cuanto la vida lo maltrató e intento imponerse. Cuando mueres, te verás como yo

quiero, como tú querías, porque la muerte es cosa de vivos.

Como es el caso de Ángel “Pedrito” Pantojas, en 2008. Llegó hasta los 24 años, un poco más de

la edad que se estima que vivan los malandros en zonas deprimidas como Quintana, Puerto Rico.

Pantojas vivió como un vulgar malandro y murió de la misma forma; 11 tiros y en interiores en la

orilla del caño Martín Peña. La vida solo es justa cuando se trata de asquerosidades. La vida cobró,

de igual forma, lo que le debían. Esto, claro, hasta que sus familiares decidieron embalsamarlo,

llevarlo a casa en una camilla, pararlo, amarrarlo a una pared por la cintura y el torso y sujetar la

cabeza y exponerlo a todos de pie, peinado, maquillado, con ropa nueva, el cabello engominado,

con lentes de sol, como un tipo decente. “Es que así tenía que estar, ese no se caía ante nadie”,

comentaba su prima, Rosa Castellano, al diario Primera Hora. Señorita Rosa, Pantojas recibió once

tiros, definitivamente sí cayó ante alguien. Pero eso ya no importa, porque Pantojas, no fue el

primero, pero si el más popular en esto que ahora se conoce como los Muertos Parados. Por lo

visto, desde la ópera prima de Jacaranda Correa, “Morir de pie”, hasta el “Mejor morir de pie que

vivir de rodillas” de Emiliano Zapata, acaban de cobrar un nuevo sentido.

Lo de “Parados”, solo representa que están fuera de un ataúd, porque no siempre están

literalmente parados; a veces están sentados en una moto, con las manos frías agarradas a los

manubrios, con un pie en el pedal de freno trasero y el otro en el aire, como simulando cuando

escapaba de la policía, como es el caso de David Morales Colon, de 22 años, quien en 2010, fue

asesinado por sicarios en un ajuste de cuentas, en Puerto Rico. Dos semanas después, Morales se

veía más guapo que nunca; con lentes Zeus, gorra negra, chaqueta Icon Brawnson de dos colores,

en plena posición para escapar o robar. Su motocicleta Honda de 14.000 dólares, comprada con

dinero de tráfico de drogas, estaba lavada y en perfecto estado para el muerto. Mejor dicho, para

los vivos.

Es la funeraria Marín la principal responsable de estos velorios. Encabezada por Elsie Marín, quien

simplemente respondió con “Mucho respeto a la petición y al sufrimiento de la familia, sin ánimo

de generar publicidad”, Según comentó a portal Puntal.com.ar luego de que sus videos de los

velorios tuvieran más de 500.000 vistas en internet y el negocio creciera con estos pedidos que

tienen precios más elevados que un funeral común.

El caso más llamativo es el del boxeador Cristopher “El Perrito” Rivera, también de Puerto Rico. En

el deporte, El Perrito fue un perdedor. No lograba aguantar más de dos asaltos contra peleadores

como Juan “El Puma” González. Terminó acumulando un record de 5 victorias por 15 derrotas, y

fue asesinado de un tiro en el barrio Santurce. Pero al morir, la familia se contactó con la funeraria

Marín; poco después El Perrito estaba de pie como nunca. En la esquina de un ring falso para el

velorio, con guantes azules, bata amarilla y los brazos arriba, listo para pelear. Durante 24 horas,

El Perrito estuvo ahí, guardia arriba, mientras familiares se tomaban fotos con él. Mucho más del

tiempo que pudo permanecer de pie en un ring real cuando estaba vivo. Pero eso no importaba,

ahora El Perrito no caía nunca, como si fuera Sixto Escobar o Samuel Serrano, como un campeón

que nunca se cansa, porque no importa cómo fuimos cuando respirábamos, al morir, ya es cosa de

los vivos, y si queremos que El Perrito sea un campeón intumbable, pues así será, porque el show

debe continuar.

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