Edición Aniversario

[Edición aniversaria] Pobres, por Betina Barrios Ayala

eebe938160bfcf50c27c47388d773f02

 

 

Cuando mi madre dejó aquel pueblo sólo pudo traerse a sí misma. Esas fortunas inmerecidas que implica la herencia, son una puerta vedada en la forma de mi vida. Yo tampoco tengo nada más. Sólo este pedazo de tierra que me rodea. Nada me pertenece. Supongo que así es el tema de la sucesión: no siempre se trata de un asunto material.

Luego me tocó a mí dejar mi propio pueblo y también me sentí pobre. Había menospreciado la complejidad que vive en la convivencia y no quería terminar como mi  madre. Tuve una buena cantidad de compañeros con quienes pretendí jugar esa fantástica utopía de la vida conjunta y pacífica que solo se puede conseguir en familia.

Uno de ellos era un infeliz que engañaba a su madre. Le decía que estudiaba, más no lo hacía en lo absoluto. No tenía curiosidad alguna por sacarle el jugo a su existencia y solo tomaba el dinero que recibía para malgastarlo enérgicamente. Todos los días pedía una pizza o comida china. Su trasero había hecho del sillón de la sala una escultura, y tiraba las colillas de cigarrillo en los vasos de agua que luego sin darse cuenta se tomaba. Más de una vez lo vi escupir esa agua negra y amarillenta sobre la alfombra. Era un asqueroso autómata que me deprimía. Lo encontraba en la oscuridad comiendo facilistas mientras miraba porno barato, y las envolturas plásticas impregnadas de olor a queso se dejaban ver con la luz que reflejaba la pantalla sobre su pecho desnudo.

Él también era pobre. Muchos no saben lo que es serlo verdaderamente.

También viví en una casa prestada. Estaba cerca de los límites de la ciudad y era enorme, conservaba un olor a guardado que me hacía sentir el peso del tiempo. Estaba llena de fotografías de personas desconocidas y había un piano desafinado. Tres veces a la semana me visitaba una señora amiga de los dueños que me robaba la comida. También se dedicaba en esos ratos a revisar mis cosas para encontrar la forma de que ellos me despidieran. Miraba la televisión sentada frente al noticiero amarillista con un plato de comida frita en las piernas y luego se iba. Aunque estuve sola esa nunca pudo ser mi casa. No pude mantenerla acompañada de esa figura fantasmal que me asfixiaba la intimidad.

Luego viví con un entrenador de perros. Cocinaba órganos animales en enormes ollas que despedían un asqueroso olor que me hacía odiarlo. Sus perros lo adoraban y a esa terrible sopa de partes vitales de vacas, gallinas, pollos y hasta sardinas. Se abrazaban excitados a sus piernas con deseos de encontrar en ellas satisfacción sexual. Luego de una cocción extensa hacía un paté con toda esa mezcla. Sus perros veían el cielo, yo miraba el fondo de la olla en mi imaginación y quise salir mil veces de mi propia mente. En una oportunida quise cocinar salsa de tomate para cenar un buen plato de pasta. Él no toleraba el olor de mi salsa. Me pidió que por favor parara mientras llegaba con bolsas repletas de cabezas de pescado mezcladas con patas y su séquito canino despidiendo baba.

Me sentí miserable. Pobre mil veces.

Más tarde conocí a esa muchacha que me invitó a vivir con ella. Una pobre gorda malcriada y lesbiana. Tenía un perro pequeño asustadizo que me inspiraba lástima. Se encerraba todo el día acumulando más y más grasa. Me esperaba para mirar la televisión, acariciarme el pelo y la espalda con sus manos. Muchas veces fingí estar dormida y me daba cuenta de cómo se tocaba mirándome. En lo que caía agotada salía al balcón a fumarme un porro para luego emborracharme en algún bar del barrio.

Entonces conocí a Eduardo. Estudiaba conmigo en ese absurdo curso de administración. Me invitó una vez a comer unas pizzas. Llegamos a su casa y me invitó un ron para la “chica venezolana caliente”. Vivía en la parte de arriba de un taller de autos. Se sentó en su cama con sábanas estampadas en piel de cebra y cojines rojos. Me miró con ojos de carnero. Yo quise escaparme y decirle que no, pero él se arrebató sobre mí mientras me hablaba con su asqueroso aliento a aceitunas. Me tomó del pelo mientras yo luchaba con esos zapatos de suela que resbalaban en el piso mojado de ron. Caí de cabeza inconsciente y terminé aquí encerrada tragando tierra bajo el taller.

Acabé del mismo modo en que empecé. Pobre y como mi madre. Lejos del pueblo al que no regresaré.

DSC_9319

Betina Barrios Ayala

Nació el 26 de Junio de 1985 en Barquisimeto, Venezuela. Licenciada en Ciencias Políticas por la UCV, Master en RRII por la Universidad de Belgrano, Diplomado en Narrativa Contemporánea UCAB – ICREA. Su Blog: Respiro en Prodavinci Página web: experienceparoles.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s