Edición Aniversario

[Edición aniversaria] Sucedió en el Río Apure, por Juan Carlos González

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I

Un hombre está sentado detrás del volante de su camioneta. Tiene una pistola apuntándole la nuca. Sus manos, grandes y callosas, sudan copiosamente. Sólo unos centímetros lo separan de su secuestrador, un comandante del frente Camilista del Ejército de Liberación Nacional. En el asiento trasero, un segundo guerrillero acaricia el fusil que lleva en su regazo. El hombre que está siendo amenazado aparenta unos cuarenta y cinco años. Es el dueño de la Hacienda “Mis hijos”.

El jefe de la operación y su lugarteniente intercambian miradas. Tratan de decidir quién se queda con la vida del hacendado. Ambos retiran el seguro de sus armas. Durante varios segundos, los dos secuestradores dudan el lugar donde detenerse. Concluyeron mediante gestos que una vez que el hombre pudiese enfilarlos hasta el cruce sur del río, lo matarían.

El rehén echó un último vistazo al panorama que tenía enfrente. El sol, que ya se precipitaba sobre el afluente, pintó de naranja sus últimos pasos por el horizonte. La luz que dejó regada le dio al agua del río un color dorado que, aunque intenso, se desvanecía rápidamente.

Las ventanas abiertas de la camioneta permitieron entrar a los olores del camino. El dulce del mastranto que crecía a pocos metros de la orilla del río se intercambiaba con el ácido de la bosta de vaca que ya se secaba. El hacendado respiró profundo, como queriendo atragantar entre sus fosas nasales todo el oxígeno circundante, pero el frío que le producía la pistola rozando su piel lo distraía. No era una experiencia comparable con nada que hubiese sentido antes.

Con los ojos abiertos, mirando un punto del cauce donde en instantes se decidiría su suerte, hizo un nuevo esfuerzo por pensar en Natalia. Recordó el día que la conoció. Fue el último día de la Ferias de la Virgen de la Concepción del año 1998.  Se recuerda como la feria más prolongada y tumultuosa de que se tenga memoria. Garrafas de aguardiente estaban a disposición del pueblo, se sacrificaron reses en la plaza pública y una banda de músicos tocó sin tregua durante tres días los repiqueteos de Zaraza, Achaguas, San Miguel de Cunaviche y El Palmar. Bajo las matas de mango se pusieron ventas de bollos, morcillas, chicharrones, empanadas, arepas, mondongos, guarapos  y todo tipo de menudencias, rosarios y estampitas con la figura de la Virgen agasajada.

Esa tercera noche, cuando ya el famoso aguardiente Camposanto había desmontado las inhibiciones de los corazones de capataces, peones y notarios, de pulperos, arroceros, contrabandistas y ediles; cuando el estruendo de fuegos artificiales anunciaba la clausura del jubileo y la Virgen entraba de nuevo a la Iglesia precedida de bailes y cantos, él se topó con Natalia. La encontró comprando una estampita de la virgen, y quedó enredado en aquel cabello rojo granate que dejaba caer sus suaves ondas sobre los delgados hombros repletos de lunares. Lucía hermosa: sus piernas, de tobillos delgados y pantorrillas bien formadas, sostenían sin problemas su cintura de avispa. La redondez de sus pequeños senos eran disimulados tras el ancho escote. Con media botella de aguardiente entre pecho y espalda decidió acercársele para decirle que era con ella con quien se imaginaba recorriendo los arrozales.

Sus evocaciones fueron interrumpidas por interminables distracciones. El bamboleo de la camioneta, el resoplido del hombre que lo apuntaba con la pistola, el ruido del motor, la pisada de los cauchos sobre la tierra, todo intentaba alejarlo del recuerdo de su esposa. Empezó a escuchar un sonido que no podía comprender, pero tampoco ignorar: una percusión densa, pesada como el golpe de una mandarria sobre la carne humana. Se preguntó qué podía ser. Al principio el ruido era lejano, pero fue creciendo cada segundo hasta producir un sonido sordo. Tuvo miedo de gritar, recordó cuanto le temía a la muerte.

De repente, el sonido cesó.

Al volver la vista al camino sus ojos advirtieron la inminencia del agua. -Si pudiese desarmar a alguno, pensó -podría saltar fuera de la camioneta y perderme en el monte. O lanzarme al río. Nadaría hasta la otra orilla y  tomaría el sendero a casa.

El guerrillero que sostenía el arma sobre la nuca del rehén hizo una seña a su compañero. Luego se escuchó un estruendo fulgurante.

II

El hombre que está a punto de ser asesinado se llama Roberto Trujillo Ugarte, hacendado nacido y criado en Puerto Páez, al suroeste de Venezuela. Roberto era un granjero acomodado, dedicado al cultivo del arroz, hijo de Miguel Trujillo, canario que estableció su andar en aquella tierra luego de huir de la hambruna de su Tenerife materna, y de Dolores Ugarte, lugareña que compartía su tiempo entre la pesca del bocachico y la administración de una modesto conuco.

Roberto aprendió desde niño los secretos del arroz, la mezcla de mimos y dureza que necesita la semilla para crecer sana. El miserable conuco de sus padres se convirtió en un inmenso arrozal extendido decenas de hectáreas a lo largo del río Apure.

Junto a su pequeña familia, Roberto llevaba una vida de relativa tranquilidad. Era un hombre más bien rutinario al que sólo le interesaban sus arrozales y un vaso de Camposanto cada noche. Pero su calma terminó el día que recibió una visita inesperada en el despacho, ubicado en el centro de Puerto Páez. Eran las once y seis minutos de aquella mañana de martes. Un calor asfixiante se había apoderado de la ciudad, generalmente fresca, persistente con su buen clima de diciembre:

–                     Buenos días señor Trujillo. ¿Puedo pasar?

–                     Siga adelante. ¿Qué se le ofrece?

Roberto Trujillo no había visto a este hombre en toda su vida, lo que era mucho decir para un pueblo de tan pocos habitantes. A pesar del aspecto limpio y bien peinado, del rostro recién afeitado y de la ropa elegante, Roberto sintió mala vibra cuando aquel hombre se aproximó hacia su escritorio.

–                     Señor, permítame presentarme. Mi nombre es Miguel Antonio Altuve, mejor conocido como el comandante Herrera, dijo el hombre mientras estrechaba la mano de Roberto y, sin mirar, se acomodaba en la silla, con actitud arrogante. – Represento a la cuarta división del frente Camilista del Ejército de Liberación Nacional, organización que, como usted debe saber, mantiene a buen resguardo estas tierras del robo y el secuestro.

La cara de Roberto se desmigajó. Estaba enterado del proceder de los personajes, nuevos inquilinos de un territorio donde el Estado era sólo un pronombre vacío, una acumulación de vocales y consonantes.

–                     Entiendo. Entonces son ustedes los valientes defensores de los pobres, ¿no?, dijo en tono sarcástico, haciendo un esfuerzo supremo por contenerse y no sacarlo a empujones.

–                     Señor Trujillo, creemos en el uso de la lucha armada porque la mal llamada democracia que ejercen los poderes de la clase dominante somete a los pueblos a la miseria y a la explotación, respondió el comandante Herrera, con la cadencia de un reproductor andante.

–                     Mire, señor Miguel, imagino a qué viene, y antes de que siga perdiendo su tiempo con su charlatanería, déjeme decirle que no formaré parte de la lista de pendejos que necesitan de su hipócrita protección, dijo Roberto, en tono firme.

La cara del comandante Herrera permaneció impasible.  Llevándose la mano izquierda al mentón, contestó con voz serena:

–                     Lamento mucho la molestia. No tenía intenciones de ofenderle. Disculpe entonces esta innecesaria interrupción, dijo. Enseguida se levantó de su silla y extendió la mano del hacendado, que la miró sin estrecharla. – Pero déjeme darle un último consejo, soltó antes de darse media vuelta y retirarse. – Dígale al alcalde León, que entiendo es su amigo desde la infancia, que instale semáforos en el cruce de la escuelita Bolívar. El otro día estuve caminando por ahí y me percaté que los carros pasan a demasiada velocidad, señor Trujillo. Cualquier día puede ocurrirle un accidente a los niños que cruzan la calle.

Roberto tomó las llaves de su camioneta, cerró el despacho y fue a hablar con el alcalde de Puerto Páez, su amigo Diógenes.

–                     ¿Estás loco?, preguntó Diógenes. -¿Cómo se te ocurrió hablarle así a ese hombre? Ya lo habíamos conversado Roberto. Ahora si te jodiste. Ellos son amos y señores de todo lo que se mueve: los Jiménez, los García, Pepe Marcano, el juez Camacho, Javier Alcázar, el cuerpo de policía, nueve de los diez militares de la guarnición, los dueños de la planta de arroz, los médicos rurales que atienden en el dispensario y hasta del árbol que está sembrado en medio de la plaza le rinden cuentas a esos carajos. Si no aceptas su ofrecimiento eres  desechable, eres basura, mugre, un sobrante. ¿En qué mundo crees que vives?

–                     Lo siento Diógenes, dijo Roberto. – Se que lo habíamos hablado. Pero esa actitud hermano, el discurso barato. No aguanté tanta arrogancia.

–                     Yo no tuve otra opción para sobrevivir, replicó Diógenes. -Tengo cinco hijos que se quedarían sin padre. Tengo un puesto asegurado en las próximas elecciones regionales. Soy tu amigo, y por eso estoy en la obligación de decírtelo. Ve, discúlpate y acepta la protección que te ofrecen.

–                     Aquí crecí Diógenes. ¡Aquí crecimos coño! Tú eres mi amigo. Este pueblo de mierda es mi vida. No puede venir ahora un coño de madre salido de la nada a amenazarme.

–                     Entonces te recomiendo que recojas tus peroles y busques tu muerte en otra parte. En estas condiciones no puedo ayudarte.

Dos días después de la visita del Comandante Herrera, Roberto ya había tomado algunas previsiones. No se disculpó. No aceptó pagar la vacuna mensual que aseguraba la protección de sus bienes. Se negaba a negociar su tranquilidad. Ahora Eugenio, su hijo, iría a la escuela acompañado de un chofer de confianza: tenía órdenes expresas de no abandonar al niño ni un instante. Natalia le preocupaba menos. La temprana artritis que atacó sus manos y rodillas estaba ya muy avanzada; ahora ella prefería pasar la mayor parte del tiempo en casa, rodeada por los jardines de cayenas y los muros de piedras, púas y alambres.

Roberto intentó seguir con su vida, la rutina sería su mejor analgésico mientras pensaba en alguna solución definitiva. A las cuatro de la tarde de aquel jueves subió a su camioneta y se puso detrás del volante. Tenía que conducir hasta los sembradíos de su hacienda, reverdecida en tiempos de cosecha a orillas del río Apure. Jacinto, el capataz de confianza de Roberto, le había llamado para que él mismo supervisara la faena.

Las estepas que se extendían frente a sus ojos brillaban en diferentes tonalidades de verde. Roberto restregó sus ojos por tanto resplandor y avanzó hasta el cruce del río. Detuvo por completo la marcha de la camioneta. Colocó el freno de mano, bajó el volumen del reproductor: sonaba Tonada del Cabestrero. Abrió la puerta y de un salto tocó la tierra. Estaba justo al lado de la orilla. Pasó algunos minutos admirando la longitud del afluente, que se perdía en el horizonte. Casi podía escuchar su latido, el poder de arrastre de la corriente.

Ya la noche no tardaría en llegar, pero el reflejo de la luz aún permitía distinguir las diminutas ondulaciones que se erizaban de derecha a izquierda del torrente. Roberto se agachó para desamarrar las trenzas de sus zapatos. Un baño de río, de agua fresca que mete el frío en los huesos y despierta todos los sentidos, era lo que estaba buscando. -Mañana convoco una reunión con la asociación de agricultores. Algo tenemos que hacer, pensó al mismo tiempo que quitaba los botones de su camisa.

El sonido del caudal no le permitió escuchar los pasos acercarse. Cuando se disponía a aflojar el cinturón del pantalón, justo en el momento en el que sus manos buscaban el hoyo que sostenía la hebilla, sintió un mazazo en la espalda que dobló sus piernas y lo tumbó de bruces. En el suelo, sin tiempo para reponerse, una culata le raspó el costado izquierdo.

–                     Levántese señor Roberto, dijo una voz que le sonó conocida. Vamos a dar un paseíto por sus arrozales.

III

Roberto cerró los ojos para fijar sus últimos pensamientos en Natalia y Eugenio. Apretó el volante con sus manos. Se escuchó un clic, seguido de un estruendo. El hacendado cayó tumbado sobre el asiento. En sus párpados cerrados ve flotar nubes rojas y azules que van mutando hasta convertirse en diminutos recuadros negros y grises. De pronto, una luz se enciende y rápidamente lo encandila todo. Roberto despierta con un ardor quemándole la nuca y una sensación de aguja machacándole el cuello. Se incorpora de nuevo sobre el asiento. Su mano derecha se mueve por instinto, apartando el arma que aún lo apunta, mientras que con la izquierda abre la puerta y se expulsa fuera de la camioneta. Lo siguiente que escucha es el ruido de una fuerte zambullida. Cuando recupera la capacidad de pensamiento, comprende que se lanzó al río Apure, que en ese momento bordeaban por su cara norte.

Su cabeza se congestiona, siente la presión del ahogo. Los brazos se agitan con vigor, rápidos manotazos tratan de encauzar la fuerza de la corriente, que lo arrastra irremediablemente río abajo. Su pecho se expande y los pulmones se llenan de aire. Se posesiona así de sus sentidos, que vuelven a estar alertas, prestos de nuevo, listos para lo siguiente. La cabeza apenas se asoma por encima de las ondas del agua. Mira el borde opuesto del río, aquél que le llevará directamente hasta su hacienda. Un bagre rayado se desliza ante sus ojos; escucha el sonido del vertebrado partiendo el agua. Por su mente pasa un flash con la cara de su madre. Gira su cabeza para ver hacia atrás: allá estaba la camioneta, el Comandante Herrera y su lugarteniente. Ambos gritan, gesticulan, lo señalan. De pronto oye otro ruido seco, inconfundible. Un chorro de agua lo salpica. Se zambulle. Los guerrilleros disparan de nuevo. Roberto continúa nadando mientras lucha por eludir los disparos. De pronto, un remolino lo atrapa, y se siente dando vueltas, girando como un trompo. La velocidad lo marea, descompone su centro. Pensó en lo ridículo que sería morir ahogado ahí, justamente en el lugar donde aprendió a nadar. Pocos momentos después la corriente del Apure lo arroja hacia una arista del cauce, detrás de un recodo, fuera del alcance de sus captores. Jadeando, se arrastra a la orilla y se echa boca arriba sobre el barro.

La quietud repentina, saberse momentáneamente a salvo de la corriente, de los caimanes, las balas y la muerte, hizo que brotaran lágrimas de sus ojos. Arañó la tierra que tenía al alcance. Miró a las alturas, intentó rezar, dar gracias, pero el golpe de metralla acabó con su descanso. Alguno de los frustrados artilleros había disparado una despedida al azar, que pasó tan sólo unos metros encima de su cabeza. Entendió que aún no estaba a salvo. La adrenalina lo irguió de un brinco y, despidiéndose del río, se perdió agazapado en los arrozales.

La noche cayó inmediatamente. A pesar de la llanura del paraje, Roberto no pudo descubrir ningún sendero que conociese. Caminaba a tientas en la oscuridad. Se hallaba perdido, desorientado, dando vueltas en círculos por los lugares que juraba conocer palmo a palmo. Una revelación lo estremeció: no tenía conciencia de cuán salvaje eran los arrozales de noche. No encontró a Jacinto, ni a los jornaleros.  Se sintió abandonado del todo.

Pasó tres y cuatro horas andando. Su caminar era ya atropellado, tenía los pies adoloridos y un hambre de mil demonios. Cuando estaba a punto de dejarse vencer, el recuerdo de Natalia y Eugenio lo alentaron a seguir buscando una salida. Finalmente, encontró un camino que lo llevaba en la dirección que él sabía correcta. Era un camino ancho, recto, limpio, casi hecho a la medida, pero estaba solitario, como si nadie hubiera pasado por él en años. No había una casa, ni siquiera una luz que le señalara la presencia de otros seres humanos. La oscuridad de la noche formaba una pared cerrada a ambos lados del camino, uniformando en un gris homogéneo el color de las cosas. Roberto sintió un pavor inexplicable. Sobre su cabeza brillaban pequeñas estrellas que se agrupaban en extrañas constelaciones. Estaba seguro de que se encontraban dispuestas en un orden maligno. La estepa producía ruidos singulares. Oyó el rumor del río, parecía conversar sobre diferentes temas. Oyó también claras voces de un idioma desconocido. Eran palabras de mujeres que no podía siquiera ver.

La nuca le dolía. Le había estado sangrando desde el momento del primer disparo. Levantó su mano izquierda y apenas tocó su cerviz, soltó un alarido indescifrable: se hallaba horriblemente hinchada. Sus ojos estaban congestionados; ya no podía cerrarlos. Tenía fiebre alta. Trató de aliviarla sacando la lengua por entre sus dientes para dejar pasar el aire frío. No dio resultado: la mandíbula titiritaba imparable.

A pesar del sufrimiento, parecía haberse quedado dormido mientras caminaba. Eso supuso al verse de pronto en un paisaje diferente. Quizás sólo se había recuperado de un delirio, porque en ese momento estaba parado frente al portón de su propia casa. Ya era de día, había caminado la noche entera. Un portón de madera alta, con rústicas hebillas de acero forjado, rodeado de paredes de piedra coronadas con tejas de arcilla, precedía la entrada a los jardines. Roberto empujó el portón para abrirlo, y luego de cruzar las rejas y saludar a sus hombres de seguridad, comprobó que todo estaba como él lo había dejado, brillante y hermoso bajo el sol de la mañana. Levantó la mirada hasta encontrarse con el aleteo de prendas femeninas: su mujer, que lucía fresca y dulce, bajó de la terraza para recibirlo. No había en ella rastro de la enfermedad que la azotaba. Al pie de los escalones lo esperaba, llorando de alegría, gritando su nombre a rabiar. -¡Qué hermosa eres Natalia!, pensó, y se abalanzó hacia ella con los brazos extendidos. Cuando estuvo para estrecharla, sintió un golpe en la nuca que lo desvaneció; una intensa luz blanca encendió todo a su alrededor con el sonido de un cañón. Después todo fue oscuridad y silencio.

Roberto Trujillo Ugarte estaba muerto: su cuerpo, con el cuello destrozado por el disparo de fusil, flotaba corriente abajo en el río Apure.

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Juan Carlos González 

Nació en Caracas, Venezuela, el 1 de abril de 1980. Fue finalista en el Concurso de Cuentos de Policlínica Metropolitana (Caracas, 2012), ganador del concurso de post “Bloggea tus ideas” (Caracas, 2011) por el post “Apuntes para dejar de matarnos”; Finalista en el III concurso de cuentos “Junto al Fogaril”, (Huesca, 2010) por “Rómulo José” y ganador del XVI Certamen de Relatos Cortos “Meliano Peraile”, organizado por la Fundación Cultural Ateneo 1ro. de Mayo. (Madrid, 2008) por “Pedro Emilio”.

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