Edición Aniversario

[Edición aniversaria] El mismo dolor, por Stephanie López | Ilustración de Andrea Chersia

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El mismo dolor.

1

Perseguimos el mismo dolor,

lo llamamos despedida.

A la flor

la llamamos usurpadora.

Llamamos a la cara espejo,

y a la mujer que llora

la llamamos cebolla.

Llamamos al luto marasmo

y destilamos sus lágrimas famélicas.

A la casa la llamamos huraña,

y al árbol perenne.

Cuando olvidamos cómo llamarnos

seguimos andando sobre el mismo dolor.

 

2

No me gustan los cementerios,

hay muchas flores marchitas,

huele a olvido y a sequía,

hay ojos cerrados

y  pechos comprimidos bajo la tierra.

Hay flores que crecen desde la putrefacción,

hay crisálidas de oropel,

árboles mudos

con raíces enterradas

y ramas al aire.

 

No me gustan,

cuando camino en ellos

sé que los pájaros se ríen

de mi condición térrea,

creen que soy un árbol quiescente

con los pies enterrados en el suelo.

Las flores demudadas

me miran de hito en hito,

saben que algún día me marchitaré

y las acompañaré en su agonía.

 

No me gustan los cementerios,

cuando camino en ellos

siento que piso el mismo dolor.

 

 

Nombre

 

A las piernas las llamo laberinto

y a las manos tetras de telaraña.

A las víctimas las llamo caracolas mudas.

 

Al vacío lo llamo océano,

y al cielo lo llamo subterráneo.

A la boca la llamo oquedad.

Al sol lo llamo Sísifo,

al suelo ingrávido.

A la lluvia colador,

y a las hojas de los árboles

las llamo goteras.

 

Al tiempo lo llamo abrasión.

Mi nombre no tiene palabras.

 

 

Amapola

Ama su luto, lo lleva orgullosa como un estandarte, oculta sus rasgos febriles tras él. Tiene los pechos esmirriados de tanto llorar, y el sexo marchito de tanto esperar. Dejó crecer amapolas en su vientre, aquello produjo una mella en la depresión de su cuello.

Ama su soledad, y el destiempo de sus caderas. Ama las flores que enmagrecen en sus manos, ama arrancar sus cuerpos de la tierra y someterlas a la extranjería. Ama sus pies, que caminan lentamente con su desazón. Ama el peso de sus plegarias. Ama el dolor de los pasos. Ama la única certeza que le queda.

Olvida sus súplicas y guarda  besos en el sostén, mientras en sus muslos se escurren las manos de sus amantes, y no han sido muchos, pero tampoco quiere recordar la última mano que se escurrió en ella. Y en sus pupilas aún tibias, aguarda hormigas apresuradas.

Oculta su desnudez cuando los pétalos se despiden de su cuerpo, cuando la línea cilíndrica del cielo deja gotear su néctar, y  lo ignoto es testigo de lo conocido.

La mujer oculta su cuerpo, como si mostrarlo fuera una contumelia.

 

 

Inmediaciones quebradizas.

 

Cada vez que llega la calma

tocando nuestras inmediaciones quebradizas

deslizo tu celaje,

y mi rastro errabundo reptan hacia ti

sabiendo que eres naufragio,

camino seguro a la deriva.

Mis manos no te tocan más allá de la piel,

y ahora,

si hago silencio

la calma interrumpirá mi faena.

Necesito balbucear

el idilio de nuestras manos.

Ahora,

si hago silencio

todo mutismo será inasible.

Contengo un aquelarre en mi boca,

no he podido deglutirlo,

no he podido.

 

Fresno

 

Toco el laberinto que no viene de mis piernas,

toco los dientes que no vienen de mi boca,

toco al cuerpo que no viene de tu cuerpo.

 

Las arboladuras

parecen rumiar tu celaje.

 

¿Cómo gotear de las manos

lo que viene de la lluvia?

 

Mis manos

sumidas a tus tretas

te buscan

donde la luz mitiga la lluvia.

 

Mar(í)a

Tus pies

no recuerdan todavía

ningún paso.

Los espejos

no tienen derecho

sobre ti

ADALBER SALAS HERNÁNDEZ

 

Aprendiste a caminar el último día de tu nacimiento,

caminaste hacia el reflejo del espejo,

y  tus ojos no te reconocieron.

Sabías que solo puedes ser habitado por lo ignoto,

y que la soledad no es cuestión de estar solo, ni triste.

Entendiste que nadie te sostendría.

Aprendiste a caminar cuando el suelo ya no aguantaba el peso de tu cuerpo

y tus pies quisieron sentir el dolor de los pasos.

Tus manos moldearon tantos rostros

que atisbaron la desesperación

al intentar escribir tu nombre.

No sabían tu nombre

ni qué viene después del diez.

Los pasos no habían olvidado el dolor,

pero las manos olvidaron tu nombre.

Olvidaron la “i” y la tilde.

Mara, tú eres María.

 

Cosas sin recuerdo

Yo amaba las cosas silenciosas,

sin recuerdo

LUIS ALBERTO CRESPO

 

Busqué tu voz en mis manos,

vi tu risa en una fotografía,

me acerqué a ella…

…despacio,

sin vociferar el silencio que guardaba.

Fue inútil,

ya no eras un recuerdo.

 

 

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