Edición Aniversario

[Edición aniversaria] Rayuela: el comienzo del fin, por Carlos Alfredo Marín

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Algunos dicen que en la búsqueda está el pecado; otros, menos radicales, confían que en ella está la razón de la vida: el ser otra cosa. Pienso que cada quien decide a fuerza de voluntad su propio destino. La búsqueda de un empleo de jugosos dividendos; la de un puesto en un curul en la burocracia de turno; la de comprar un automóvil de agencia; la de viajar por todo el mundo y para usted de contar.

            Muchos confían en “la certeza vocacional”, un poco romanticona y aderezada por los test escolares. El ideal de la meta a seguir; un programa –quién sabe si inconsciente o no– donde el éxito se hace y debe cumplirse persiguiendo ciertos patrones materialistas. Zapatero a su zapato: el sistema tiene las respuestas; nuestro aparato social tiene las claves. Al final del túnel está la felicidad.  Éxito garantizado. Gran falacia.

Quien lee Rayuela (1963) vive en la carne y en el alma de los outsiders. Por tanto, viene a desbaratar todo programa. Más bien, resetear. Decimos outsiders porque son los que viven al margen de esas búsquedas tradicionales, lineales, prefabricadas, donde hay un punto y un final. Tal facilismo queda suspendido al leer esta obra; y tengo la impresión de que quién lo haga, el piso donde camina se tambaleará de por vida. Julio Cortázar se nos mete en el pulso cardíaco. Se adentra para erosionarnos con la energía y nostalgia del perro sin dueño: el que busca para encontrar algo, aunque sea para perderse en el intento.

Rayuela es el juego de tiza y la piedra en el ocaso del tiempo; de eso que fuimos, de lo que somos, y de lo que seremos. La encrucijada de los posibles destinos; juego contestatario, insurreccional. El detalle es este: el juego mueve su piedrita para alborotar los facilismos de la cultura, piedrita que desata los miedos de la especie humana, piedrita que anula la historia, piedrita que rompe las verdades de la ciencia, la filosofía, la estética y la moral. Roca que no vino a salvarnos. Al contrario, vino para soltarnos “los galgos” y devorarnos.

            De ser considerada una “antinovela”, obra innovadora que energizó el panorama literario de la segunda mitad del siglo xx, Rayuela se sostiene por un sinfín de elementos potenciadores. Quiero detenerme aquí en uno de ellos: los apuntes del escritor italiano Giovanni Morelli (1816-1891). Este crítico europeo es el sustento filosófico y estético de Cortázar. Provocador resulta el hecho de que los textos de este escritor estén ubicados en la última parte titulada “De otros lados [Capítulos prescindibles]”. De hecho, no son para nada desechables; sin ellos no se entendería los fundamentos de Rayuela.

            A lo sumo, habría que decir de igual forma que Morelli es un tanto Cortázar; también, un poco Horacio Oliveira, personaje central del drama. Tres voces, tres correspondencias (reales o irreales, qué importa) que confluyen en una sola búsqueda al estilo de El Lobo Estepario de Hesse, pero más sarcástica y dinámica, más pesimista y descarnada, más laberíntica y absurda.

            El lobo morelliano es una fiera nostálgica. En ella se vislumbra una búsqueda dolorosa: moler a palos toda “verdad” simple. Un radical pesimista que ara en el mar, usando una expresión bolivariana. La salvación de la cultura occidental se sostiene, señalan los personajes, detrás de un muro construido por la razón. Morelli da un paso adelante; agarra su pipa y la despega del rostro envuelto por una espesa humareda. Dice: “Hay quizá una salida, pero esa salida debería ser una entrada. Hay quizá un reino milenario, pero no es escapando de una carga enemiga que se toma por asalto una fortaleza”.

            Es allí cuando la búsqueda se torna para el “homo sapiens” una operación que niega lo razonable. Ese “reino”, ese “edén”, ese “kibbutz” que se nos escapa a nuestra ceguera occidental solo es atrapable en una forma: matándola; y paralelamente, construyéndola desde los intersticios de lo que llamamos “realidad”. Matar, sí. Desde el intersticio, desde la indeterminación, desde la invención, desde el genio.

            La sociedad de Morelli es la del caos. Rayuela muestra entonces cómo desde la lucidez el mundo de los sentidos (ese que palpamos a diario) debe ser liquidada para volver a las cavernas. Volver a la sombras de Altamira, volver al Pleistoceno: la involución tiene sentido en cuanto a ese renacimiento del fuego primitivo que somos.

            Las trampas son evidentes. El “bípedo implume” que acomete esta cruzada parte de la negación y el dolor. Mientras que su afán maldice toda estructura social, recibe solo el marginamiento.  Me atrevo a asomar que el ideal rayueliano es el del perdedor iluminativo, porque nos enseña las posibilidades del absurdo: “¿Y qué quiere decir vivir de otra manera? Quizá vivir absurdamente para acabar con el absurdo, tirarse en sí mismo con una tal violencia que el salto acabara en los brazos de otro”.  En fin, ver la cara del ocaso; saber que el abismo está cerca. Rayuela es el comienzo del fin de la historia.

Carlos Alfredo Marín 

Reside en Caracas, Venezuela. Historiador egresado de la Universidad Central de Venezuela (2010). Máster en Independencias de América en la Universidad de Jaume I (España, 2011). Primer puesto en el XVII Festival Literario Ucevista, mención Ensayo (2006). Productor editorial, investigador y ensayista. Autor de Dos islas, un abismo. AD a MIR 1948-1960 [Caracas, Centro Latinoamericano Rómulo Gallegos, 2013] y de Todos tiemblan. El miedo en la guerra de independencia 1810-1814 (Trabajo inédito).

Twitter: @AedoLetras

Blogger: http://suenospostergados.blogspot.com/

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