Edición Aniversario

[Edición aniversaria] La paraulata, por Adriana Medina

 

neiko NG

Ilustración obtenida de neikoart.com

 

 

A mi abuela Inés, a quien no conocí  y a

mi mamá, que hoy está con ella.

 

    Yo no conocí a mi abuela. Ella murió meses antes de que yo naciera, pero quizás, por esas cosas que son más profundas, más engranadas que los mismos genes y que tienen que ver en realidad con los lazos familiares, de ella debí haber heredado el gusto por Sandro.

   A mi abuela le encantaba Sandro. Sandro de América, aquel cantautor argentino de balada romántica, rock y pop, que enloquecía a cantidad de mujeres con su voz y frenéticos bailes por allá en la década de los sesenta.  Además de talentoso, Sandro era guapísimo, tanto que también llegó a protagonizar películas en el cine. De él tengo una gran compilación de álbumes. Me sé muchas, por no decir todas sus canciones y lloré su muerte, como se llora la pérdida de un familiar o un amigo muy querido. Pero si bien esta historia tiene que ver con Sandro, la verdadera protagonista es una paraulata.

  Cuenta mi mamá que mi abuela tenía una paraulata. Una paraulata normal, como cualquier otra, de pico delgado, cola larga y plumaje veteado de blanco. Una paraulata llanera. No sé si tenía nombre, ese detalle no lo recuerdo, y la verdad, tampoco importa. Lo memorable de este cuento, era el vínculo entre mi abuela y su mascota.

   El ave había sido un regalo de mi abuelo. Alguien se la había ofrecido como parte de pago por un trabajo que había realizado —mi abuelo reparaba todo tipo de artefactos eléctricos, mecánicos y también era carpintero— él, que era buena gente y para nada pesetero, aceptó la paraulata y se fue a casa con ella como se la dieron: en una cajita de zapatos.

Cuando mi mamá y mis tíos vieron llegar al abuelo, salieron corriendo a averiguar lo que traía en aquella caja. El abuelo al verlos allí todos curiosos, dijo: «Adivinen, es un regalo para su mamá» pero el ave lo delató de inmediato con su trinar. El abuelo, ya descubierto soltó una carcajada y le entregó la paraulata a la abuela, quien la recibió con todo el cariño con el que se la había dado. La llevó a la cocina y la alojó en una jaulita vacía que allí guardaba. Pero no transcurrió ni una semana, cuando mi abuelo le hizo una jaula grande y cómoda que colocaron en el patio interno de la casa. Dice mi mamá, que en esa época en que la mascota llegó a la familia, ella tenía unos diez u once años.

Un día, mi abuela escuchó el canto, o más bien el silbido de la paraulata, pero para su sorpresa, lo que el ave había entonado era un pedacito de una canción de Sandro. Había silbado unas notas de Penas. Y es que a mi abuela le gustaba tanto esa canción, que se la pasaba tarareándola: mientras cocinaba, limpiaba y sobre todo, mientras lavaba a mano, en la batea que estaba justo al lado de la jaula. Cuentan mis tíos que podía escuchársele todo el día:

 

Penas y penas y penas, hay dentro de mí

y ya no se irán, porque a mi lado tú no estás.

 Te recordaré, como algo que fue

sólo un sueño hermoso, nada más.

   La emoción de mi abuela fue tan grande al escuchar el trinar de su paraulata, que a partir de ese momento, se dedicó, con una paciencia insólita, a enseñarle canciones de Sandro. Así, le silbaba todo el día. En las mañanas cuando preparaba el desayuno, en las tardes haciendo cualquiera de las labores de la casa y en la noche, mientras esperaba que llegara el abuelo. Mi abuela cantaba y silbaba y la paraulata, haciendo gala de su talento, repetía muy afinada. Daba gusto escucharlas: la abuela insistente en sus canturreos y la alumna juiciosa, dispuestísima a aprender.

   Al poco tiempo, la paraulata era una experta en Sandro y entre todos los temas que mi abuela le había enseñado, el ave también tenía su canción preferida, la que aprendió completa y a la perfección. Sí, no podía ser otra que Penas.  La mascota la silbaba casi a diario, en ocasiones, mi abuela se le unía y terminaban haciendo un fastuoso dúo. Era tan gracioso oírlas, que cuando los vecinos iban de visita, le pedían a la abuela que le silbara a la paraulata, tan sólo para deleitarse con aquel sencillo y particular espectáculo.

  Así fue pasando el tiempo. Mi mamá y mis tíos fueron creciendo, y en la casa nunca faltaron los silbidos, trinares y cantos de mi abuela y su paraulata.

  Al cabo de unos años, mi abuela enfermó de gravedad, viéndose obligada a pasar algunas semanas en el hospital. Durante esos días en los que ella estuvo ausente, no se escuchó, ni por un instante, el trinar de la paraulata. Dicen que se veía triste, que se quedaba tranquilita en un rincón de la jaula y que se mantuvo muda, por mucho que mi abuelo, mis tíos y algunos primos mayores, le silbaron intentando sacarle por lo menos una nota. No, durante esos días, el ave se mantuvo apagada y silente, como si nunca hubiese entonado melodía alguna.

  Cuando la abuela volvió, lo hizo sin mejoría. Regresó igual o más enferma que cuando se había ido. Ella regresó porque decidió morir en su casa, y ese día, el día de su llegada, la paraulata de sólo sentirla comenzó a entonar todas las canciones que se sabía de Sandro. La abuela se alegró tanto, que cambiaron al ave a la jaula más pequeña y la llevaron a su cuarto, para que pudieran estar cerca. Cuenta mi mamá, que la avecilla trinó sin parar durante todo ese día.

  A las tres semanas mi abuela falleció y una vez más, la paraulata guardó silencio ante su ausencia. Pero el domingo siguiente, justo una semana después de la muerte de la abuela, la paraulata muy temprano en la mañana, comenzó a silbar Penas. Dicen que la entonó completa y que se oyó el trinar alegre resonando en toda la casa; que aquella vez la interpretó como nunca antes, que fue hermoso oírla silbar de nuevo y todos confesaron, tiempo después, haber llorado en silencio desde sus cuartos.

  Sin más, el domingo fue transcurriendo y luego de aquel canto mañanero, la paraulata se mantuvo callada. No fue hasta la noche, cuando mi mamá fue ponerle agua y cubrir la jaula para que el ave descansara, que se percató, de que la tan querida mascota, también había muerto.

adriana

Adriana Medina Freitez

Nació en San Felipe, Venezuela, 28-10-1971. Es licenciada en administración financiera por la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez (UNESR) con estudios de postgrado en desarrollo organizacional en la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab). Ha realizado diplomados de escritura creativa, competencias especializadas en la escritura y escritura narrativa en la Universidad Metropolitana (Unimet), participado en talleres de narrativa y cuentos en el Instituto de Creatividad y Comunicación (Icrea) y literatura infantil en Monte Ávila Editores. Obtuvo mención de honor en el I Concurso de Cuentos Breves Voz Hispanoamericana, por lo que su cuento fue publicado en la antología Voz Hispana (México, 2010). Obtuvo tercer lugar en el la 3ª. Edición del Concurso de Microcuentos de Banesco (Caracas, 2014). Algunos de sus cuentos han sido publicados en la revista literaria para Internet Letralia. Ha colaborado con la blog-revista Los Hermanos Chang. Mantiene el blog personal: Cosas Cotidianas.

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Un pensamiento en “[Edición aniversaria] La paraulata, por Adriana Medina

  1. Que hermoso cuento, felicidades Adriana eso sólo podía ocurrir en esa familia tan especial y querida como los Freitez. Bendiciones y éxitos.

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