Edición Aniversario

[Edición aniversaria] El taxi y los fantasmas de la Polvorilla, por José Serrato

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Ilustración de Emma Kelly

A Fabiola Ramírez y a su padre

Don Miguel no quería contarle a nadie, porque sabía que eso le daría gran poder pero quizás desgracias. Sucede que como a las tres de la tarde iba ruleteando con intensidad. Desde temprano había tenido varios clientes, un abogado que llegaba tarde a una audiencia y que olvidó uno de los expedientes en el asiento. Una señora que iba por sus hijos a la preparatoria y que mientras le daba instrucciones para llegar a su destino iba planeando con el amante la próxima cita. Pero después de algunos otros pasajeros, enfilándose en Zaragoza, y con un clima bastante desagradable, es decir, con un raudal de nubes de polvo y viento tan comunes en Iztapalapa, un par de mujeres le hicieron la parada.

-Qué tal, buenas tardes

-Buenas tardes señor

-¿A dónde las llevo?

-Vamos a la Polvorilla, a la calle Villapoder.

-Bueno, pero ahí nomás me va diciendo que no sé moverme dentro de ahí

-Sí, yo le voy diciendo

Las mujeres, una más joven que la otra, iban platicando en voz baja, estaban enojadas entre ellas. Una volteaba hacia la ventana y hacía una rabieta. Don Miguel pensó que era putas, que seguro alguna de ellas le bajó el cliente y bueno, inventó tanta historia, hasta empezaba a verlas, más seguido, aunque discreto, por el retrovisor, y los escotes y el perfume de olor a la Merced le iban convenciendo de sus hipótesis.

-Que no seas pendeja, ¿no te dije que le dije que no estabas?

-Pus sí, pero a ver, ¿Por qué me fue a buscar el Chato?

Don Miguel, cuando sentía que estaban más ríspidas las pláticas de las mujeres atajó:

-¿Dura la chamba?

-Dos dos, la chamba siempre es dura, pero pues una tiene que apoquinar, lo malo es que nunca falta el cabrón o la cabrona que nos chinga- decía la más joven

-Acá damos vuelta a la derecha- interrumpió la mayor, cortando con estilete la conversación.

La colonia Polvorilla, es un polvorín, está llena de malandros tomando o fumando macoña en la calle. Las dos mujeres ya estaban por llegar a su destino,  preparaban el dinero para pagarle a Don Miguel. Cuando por fin llegaron también se pusieron tensas para pagar, las dos querían hacerlo. Como si una y otra estuvieran midiendo fuerzas, como si siempre estuvieran tratando de demostrar quién tenía más poder. Don Miguel, recibió el dinero y les cobró la mitad a cada una, fueron sesenta pesos. Una bicoca para viaje tan pesado.

La calle donde se detuvieron estaba solitaria. Ya hacía frío. Entonces Don Miguel se enfrentó al miedo, a los misterios. Cuando se bajaron, sólo estaba una de ellas, la más joven. La otra mujer había desaparecido. Don Miguel abrió los ojos, la buscó en el asiento de atrás, la buscó enfrente, a los lados del coche: nada. Sólo estaba, a mitad de la acera, la mujer joven despidiéndose de él con una cara que con el tiempo se le hizo familiar.

Arrancó. Incluso se fue despacio para voltear y constatar una y otra vez que sólo estaba la muchacha, que la señora se había esfumado. Don Miguel, llegando otra vez a Zaragoza, pensó, en un absurdo: “¿y qué tal si está en el toldo, o debajo del coche?” y ese miedo lo hizo bajarse, cerrar la puerta del taxi y revisar abajo, arriba, en la cajuela incluso, y no encontrar nada. Un hombre se le acercó:

-¿Busca algo Don?

-No, nada, sólo revisaba, revisaba.

Don Miguel pasó a una tienda, compró un refresco de lata y se dirigió a su casa.

Ojos pelones, el señor Don Miguel decía que eso de las apariciones eran pura mamada. Cuando la tía Victoria o la vecina de a lado contaba que se le aparecían muertitos, él la tiraba de a loca. Pura habladuría, puro chisme de orates. Pero ahora con eso de la tarde, él andaba calladito, casi pálido el cabrón. Se metió a dormir con la seguridad de que durmiendo se le iba a quitar tanta pendejada de la testaruda.

Y sí, al día siguiente, su esposa lo despertó, le pidió dinero para irse al mercado y le dijo que lo esperaba para comer. Don Miguel se fue en chinga a trabajar, ya se le había hecho tarde, eran las diez.

Todo el día anduvo recogiendo pasaje. Un muchacho bien galancito según él, que le llevaba flores a su chava.  Una señora, (a qué seguido pasa, pensó para sí mismo), hablando con el amante, diciéndole que lo esperaba en el hotel tal a la hora tal con el neglillé tal. Un mimo, sí, un mimo que de sólo hacerle la parada ya le provocaba risa y que fue un pinche tormento porque durante todo el camino iba levantando las cejas y Don Miguel apretándose los labios para no reírse.

Y así anduvo dos tres semanas, chambeando, olvidando el incidente de las mujeres esas de la Polvorilla. Hasta que el domingo, se subieron dos muchachos, uno elegante, vestido de traje y uno todo lagañoso, como recién sacado de la cama.

-Buenas

-Buenas Don

-¿A dónde vamos jóvenes?

-Vamos acá adelantito, al CENART

-Órale pues, ¿es todo Rio Churubusco verdad?

-Sí Don, casi hasta Calzada de Tlalpan

Los dos muchachos iban callados. Seguro son artistas, teatreros, los dos estaban caritas, tenían porte pues. Don Miguel, iba callado también, mirando la avenida. Llegó rápido. “Son cincuenta y tres. “

Y otra vez el mismo escenario. Un momento de distracción quizás, una jugarreta visual cuando se puso a contar el dinero para dar el cambio. Y es que sólo, sobre la avenida, estaba un muchacho, el de traje, el que iba sentado a su derecha. Del lagañoso ya nada. Se asustó otra vez, pero más tranquilo, y dio vuelta y nada, y se salió del coche, y nada. Ya el de traje iba subiendo las escaleras y él no podía dejar de temblar y de no creer. Se subió al coche, ese día no tuvo ganas de seguir trabajando. Se dirigió a su casa, puso su disco de Chalino Sánchez y se fue cantando, olvidando el susto.

Y luego vino la curiosidad.

Durante la noche estuvo hilvanando los sucesos. Suben dos…  se baja una, suben dos…  se baja uno. ¿En qué momento me volví loco? O ¿Serían brujas esas mujeres de la Polvorilla?… ¿O será el pinche carro?

Don Miguel no podía dormir, su esposa siempre se quedaba dormida antes que él. Se quedaba mirando hacia el techo, recordando los rostros de los desaparecidos, y al fin, recordó un detalle fundamental, un factor importante y quiso probarlo. Se levantó a esa hora, ese viernes a las dos de la madrugada, y se marchó sin hacer ruido, sin despertar a Juana. Agarró el taxi y se dirigió a los antros y ahí esperó. Al rato se le acercaron dos muchachas ebrias que le pidieron que las llevara a la Gustavoamadero. Don Miguel se fue de volada, pensando, curioso.” Si vuelve a pasar me cago, si vuelve a pasar me cago en dios chingá.”

Tomó todo Ejecentral y se fue al norte. Y ahí, justo enfrente de la casa de la mucha ebria sucedió lo mismo. Sólo una de las borrachas se bajó. Sólo una. Otra vez la que se sentó detrás de él se había evaporado. Don Miguel estaba frenético y asustado. ”¿Qué se hace en esos casos? ¿Se le habla a la policía? ¿Se va uno al psiquiatra? ¿Qué hace uno?”

Ya de regreso, bajando por el mismo Eje, una pareja, bien arregladitos, seguro de un baile de graduación, iban bien cachondos y seguro también habían tomado, y se iban hasta Xochimilco. Don Miguel no pensó, volvió a probar.

-Santa Cecilia, por favor Don

-Híjole joven, lo que marque y cincuenta pesos más, ¿está bien?-se atrevió todavía a cobrar más

-Sí señor, no hay problema- decía el joven, que seguramente, lo que les cobrara sería insignificante comparado con el acostón que le esperaba.

Don Miguel iba ofuscado, confundido, mirando por el retrovisor cómo el tipo este le chupaba una de las tetas a la muchacha, y cómo ésta le jalaba la corbata y le lamía las orejas, y cómo se besaban salivosamente, y cómo ella, de pronto lo descubría por el espejo y lo miraba seria, muy seria, y él no podía quitarle la vista, y el tipo este con la lengua girando en el pezón. Y cómo lanzaba gemiditos, “seguro el tipo este ya estaba metiendo mano”. Y Don Miguel pensando en tanta cosa, y tanto en la cabeza, que si el faje de allá atrás, que si las brujas de la Polvorilla, que si el miedo, que la atención al camino, que ya llegamos a Santa Cecilia.

Son doscientos cincuenta.

Y ahí otra vez. Sólo se bajó el muchacho, pagó con uno de doscientos y uno de a cien. “Sólo el muchacho” pensaba Don Miguel mientras sacaba un billete de cincuenta pesos para dar el cambio. Y la muchacha que se sentó atrás invisible, ya no estaba. Y sólo el muchacho, ahí sobre la acera, con la corbata desaliñada, con los cabellos deshechos, y miope y serio.

Y Don Miguel, serio también. Tomó camino a su casa y ya eran las cuatro y media. Un buen rato para confirmar lo que hacía rechinar de terror su corazón. Llegó a su casa, todavía dormía Juana, y él se acostó, más tranquilo, más cansado.

Llegaron luego las nueve de la mañana. Y Don Miguel, no dejaba de pensar en lo de la madrugada, en los teatreros del CENART, en la muchacha ebria, en la cachonda, y mucho menos en las mujeres de la Polvorilla. Miraba los huevos estrellados, el café, a su esposa, y seguía pensando en eso, en las desapariciones. Luego soltó palabra y le habló a Juana.

-Juana- estuvo a punto de confesarse pero rápido reviró la pregunta- ¿Han llamado los muchachos?

-Sí, ayer habló en la noche Javier y me dijo que andaba bien, que venía mañana, que iba a traer a su hijita y a Sonia

-¿Y José no ha llamado?

-No, la última vez que llamó, fue el martes de la semana pasada. Dice que la cosa anda difícil allá en el Gabacho, pero se oye bien, ya ves cómo es de fuerte José, pero callado y suertudo. No te preocupes.

-¿Y entonces, cuándo viene Javier?

-Que mañana, te digo. Dice que a ver si revisan el coche porque anda fallando de la batería.

-Ah

-Dice que Sonia andaba enferma, por eso no pudo llamarnos, y la niña pues él la tuvo que andar cuidando porque Sonia no podía cargarla ni darle de mamar, pero que ya está mejor, y que mañana vienen temprano.

Don Miguel, ese día no fue a trabajar, se quedó mirando la televisión. Pero seguro estaba mirando más allá de la televisión, más allá de la pared, más allá del barrio que lo cobijaba, más allá de las calles donde se rifaba las noches, las mañanas, las tardes, en el volante. Y él veía más, porque estaban preñados sus ojos, y estaba también emocionado porque mañana venía su hijo mayor, el Javier, que no vive lejos pero que también es taxista, aunque estudió odontología en la UNAM y era muy cabeza, muy coco, muy chingón. Pero le fue difícil, y mañana lo iba a ver.

Cenó temprano, y Juana le pareció tan hermosa que hasta hicieron el amor ese día. Quizás para evadirse del taxi, del trabajo. Se quedaron dormidos, hasta el día siguiente que el timbre sonó y era Javier con la niña en brazos y Sonia a su lado que los despertaban.

Pasaron la mañana desayunando, platicando de tanta cosa. A la niña era un gran gusto tenerla en brazos, pero Don Miguel andaba sumido, con el rostro impávido, muy pensativo, esforzándose por reír. Javier le dijo que el coche andaba mal, que quería revisarlo, porque ya necesitaba ponerse a trabajar.

Salieron a revisar el taxi. Verificaron que la batería tenía que ser cambiada.

-Vayamos a cambiarla Javier

-Vamos pues, ¿nos vamos en el otro carro?

-Sí, tú maneja, que nos acompañe tu madre y mientras que Sonia descanse con la niña.

Javier se puso al volante, plácido y seguro. Juana se subió atrás, a la derecha, y Don Miguel, Don Miguel, con toda la seguridad que fue condensando toda su vida de setenta años, se sentó atrás de Javier, cerró la puerta y dijo: “Vamos, arranca”.

      José P. Serrato

José P. Serrato (Ciudad de México, 1987) 

Egresado de la carrera de derecho de la UNAM, participa en la promoción y defensa de derechos humanos en diversas ONGs. Actualmente cursa estudios de Filosofía y Creación literaria. Ha participado en diversos encuentros nacionales e internacionales de filosofía y literatura. Ha publicado en las revistas Palabrijes, La hoja de arena, Rojo Siena, Círculo de poesía, Gavia (Colombia), Punto en línea, Migala, LÒrdinaire (Francia), Littaura, etc. En 2011 fue seleccionado para asistir al curso de creación literaria en Monterrey por parte de la Fundación para las Letras Mexicanas y la Universidad Autónoma de Monterrey. Incluido en las antologías: Los coleópteros enfebrecidos. Muestra de poesía universitaria de la UACM; Astronave. Panorámica de poesía novísima de México; Moebius II. Antología de poetas de los ochentas. Obtuvo la mención honorífica en poesía en el concurso 44 de la Revista Punto de Partida de la UNAM y actualmente es beneficiario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.

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