Edición Aniversario

[Edición aniversaria] Suramérica, siglo XIX, por Arnoldo Rosas

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Ilustración de Martín Allais

A Javier Zarango

A José Antonio Sáenz Astort

       Y, ¿por qué no? Hay un tránsito espantoso de viernes de quincena, en la casa no hay nadie, Proaño es un tipo con el que se puede conversar sobre cosas distintas al trabajo y… Tengo ganas.

— Vamos a echarnos esa cerveza.

El botiquín está hasta el tope pero Pepetrueno nos consigue un par de sillas y una mesita en un rincón:

— Dos que estén pero bien frías, mi llave.

Proaño coloca el portafolio arriba de la mesa y lo abre para sacar un libro hermosamente empastado:

— Quiero mostrarte una joya.

Pepetrueno trae las botellas recubiertas de hielo y dos jarras. Mientras nos sirven, Proaño cuenta que el libro lo encontró en una biblioteca pública de Canadá, un verano, cuando estudiaba su maestría.

—Preparaba un informe sobre no recuerdo cuál helminto y estaba fastidiado. Esos pueblos canadienses son un foco de hastío: letreros de “No Smoke” y un silencio de muerte acrecentado por otros letreros pidiendo más silencio.

Me puse a vagar por las estanterías leyendo títulos, buscando cualquier cosa lejana a la veterinaria, algo más cercano a nuestros pueblos de risas sonoras y música sincopada, tal vez.

Saltó como un destello: “SOUTH AMERICA XIX”

Tanto me entusiasmó, que me lo llevé prestado y estuve con Meche, mi esposa, viéndolo toda la noche. Trescientas cincuenta fotografías de Buenos Aires, La Pampa, Montevideo, Santiago, Caracas, Quito, Guayaquil, La Guaira, Bogotá, Sao Paulo, Lima, Cuzco… Tomadas por un viajero, para mí desconocido, que estuvo por estos parajes a finales de los mil ochocientos.

Renové, renové y renové el préstamo del libro en la biblioteca hasta que regresamos a Lima con él en el equipaje, y, cuando nos tocó emigrar, me lo traje en la maleta hasta Caracas.

Mientras hablaba, terminamos la cerveza. Con la velocidad del rayo, Pepetrueno ha traído dos más.

Tomo el libro y comienzo a hojearlo. Jamás pensé que nuestro Gerente de Veterinaria tuviese estas pasiones. ¿Obsesionado por la historia? ¿Por la fotografía? ¿Por los libros raros?…

—No dejo de recordar mi infancia — continúa Proaño —. En Chorrillos, donde crecí, el mar estaba a setecientos metros de la casa. El paisaje era el de un desierto, arena y piedras.

Jugábamos fútbol en un sitio que llamaban el Campo de los Muertos. Uno va corriendo con el balón, pasa al negro Martínez, Martínez avanza por el medio de la cancha esquivando a dos contrarios, cambia a Hung, Hung chuta al arco y… En cada patada, la polvareda. A veces, en la nube de arena fina, también volaban huesos amarillosos, resecos, ásperos que eran de temer: ¡Cuidado dejas tuerto a alguien, caray!

Los huesos estaban enterrados y diseminados por todo el terreno y nadie tenía idea de dónde habían venido, ni por qué; pero eran parte del encanto del juego.

Proaño ha tomado la cerveza con calma, aún tiene media botella por beber.

Es interesante la historia del Campo de los Muertos, pero más me interesa el libro.

Hay cosas, para mí, sorprendentes. Uno tiene la impresión de que todo ha sido creado en este siglo y, de pronto, en un bar, frente a una cerveza, descubre lo ignorante que ha sido.

Buenos Aires y Montevideo se aprecian imponentes en estas fotos: Trenes. Tranvías. Hipódromos. Diques. La Guaira se ve pujante como puerto. ¡Qué elegantes estos hacendados del Brasil!  Hubo un momento en el que nuestros pueblos tuvieron el mismo almanaque que los países de Europa.

Quiero quedarme con el libro. Hay una verdad nuestra allí, una revelación. Entiendo por qué Proaño lo robó, por qué lo mantiene. Se lo digo.

— No, no entiendes un carajo. Pídete otra ronda.

Me quita el libro de la mano y, sin buscar, lo abre justo donde quiere.

— Mira esto.

La foto ocupa, completamente, dos páginas. Un campo con el cielo despejado, sólo una que otra nube muy delgada. No se ve el suelo, una cantidad infinita de cadáveres de hombres, desperdigados, unos sobre otros, lo cubre de punta a punta. Hay fusiles, lanzas quebradas, piernas sueltas, torsos sin cabezas, una ligera humareda en uno que otro lado… Multitud de aves de carroña disfrutando un festín…

“Al día siguiente de la Batalla de Chorrillos”, reza la leyenda al pie de la hoja.

— Ahí jugaba fútbol en mi niñez. Ahora en mis recuerdos sólo veo al negro Martínez llevando el balón sobre esos cuerpos, esquivando hígados a flor, salpicando sangre al saltar sobre una panza abierta… Hung haciendo gol con una cabeza desmembrada, alborotando a los gallinazos que se alzan en vuelo para regresar en picada contra nosotros… Y… ¡Coño!.. ¡Qué culpa tiene uno de esas vainas!

Ya el tránsito debe haberse despejado.

Mi esposa ya debe estar en casa.

Tengo ganas de irme.

La cerveza me cayó mal.

Arnoldo Rosas a Color by Daniela Rosas Olavide 1

 

Arnoldo Rosas (Porlamar, Venezuela, 1960)

Perteneció al Taller de Narrativa del Centro Latinoamericano “Rómulo Gallegos” (1981-1982). Sus trabajos han merecido diversos reconocimientos y están presentes en importantes antologías de narrativa venezolana. Ha publicado los libros de relatos Para enterrar al puerto (1985), Olvídate del tango (1992), La muerte no mata a nadie (2003) y Sembré los muertos (2013); la novela corta Igual (1990); y las novelas Nombre de mujer (2005), Uno se acostumbra (2011) y Massaua (2012).

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