Edición Aniversario

[Edición aniversaria] El merengue que no bailamos, por John Manuel Silva

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Ilustración de frogoilsalesman

 

Para Andrea Quero

 

   Fui llenándome de deseos por mi hermanastra durante la fiesta del quinto cumpleaños de mi hermano, justo cuando ella bailaba una canción de Rubby Pérez y de su blusa salió durante segundos uno de sus senos. Philip Roth decía —y por favor, perdónenme por iniciar esta historia citando a un escritor— que el deseo era la respuesta estética a la belleza. Pero eso no es verdad: el deseo es la respuesta biológica a la belleza. Puesto que el deseo es una fuerza irracional (y toda estética viene de la racionalidad), incontrovertible, pasional e incontrolable. El deseo no puede controlarse; la estética, sí. El deseo es la respuesta biológica a la belleza, y puede llevar a la adoración o al amor; pero jamás llevará a la estética. Mi hermanastra, por cierto, nunca me pareció atractiva, pero esa tarde, cuando Rubby Pérez salía de las cornetas del reproductor, cantando una promesa de retorno a su amante porteña, mi hermanastra empezó a bailar y la tirita de su blusa se deslizó desde el hombro, dejando ver su pezón izquierdo. Yo tuve una erección y me fui llenando de deseos por ella, hacia ella, para ella.

   El resto de la fiesta fue una colección de ridículos protagonizados por mí. Estuve intentando acercarme a mi hermanastra y decirle algo inteligente, pero no se me ocurrió nada. Cuando los niños rompían la piñata en el medio de la sala, estuve cerca de ella, fingiendo que me reía de los pequeños y tratando de acariciarle el hombro. Cuando todos hicieron un círculo alrededor de la mesa para picar la torta, yo me puse a su lado, le besé el cuello, aprovechando la penumbra de las velas, y ella se zafó de mí dedicándome una mirada indiferente y molesta, como reclamándome por mis torpes acercamientos. Luego, cuando terminó la fiesta y en casa sólo quedábamos mi hermano, mi mamá, mi padrastro, ella y yo, estuvo mirándome un rato, mientras ambos fingíamos ayudar a mi hermano con sus regalos. Mi padrastro estaba borracho y balbuceaba incoherencias por la casa, como hacía siempre. Mi mamá lo perseguía, estaba acostumbrada a tratar con hombres alcohólicos. En ese momento, mi hermanastra me dijo que nos fuéramos a dormir. Mi mamá aprobó desde el cuarto, adónde había arreado a su esposo para que durmiera la borrachera, llamándome papi (cómo hacía siempre que quería sonar despreocupada conmigo). Yo asentí y subimos, Clarita y yo, al cuarto de ella.

    Entró y pasó por encima de la colchoneta que mi mamá había habilitado para mí. Llegó a su cama y empezó a desnudarse. Se quitó las sandalias, la blusa y el pantalón, se deshizo de la pantaleta y se sentó en la cama.

 Ven, me dijo.

    Me acerqué a ella y me bajó el cierre, hurgó hasta encontrar mi sexo. Me vine en sus manos. Luego me ordenó desvestirme y echarme a su lado. Me recosté muy pegado de la pared, encarándola a ella.

    Juancho lo tiene más grande que tú, me dijo, y así supe que aunque ambos teníamos 14 años de edad, ella vivía más rápido. Mi primera reacción fue usar mis manos para taparme, pero me pidió que no lo hiciera. No importa, bobo. ¿Te gustó?, le pregunté, porque cuando uno no es hombre siempre cree que las mujeres responderán con honestidad a esa pregunta. Mucho, dijo, y se acercó a mí. Se me colocó encima y me cabalgó durante buena parte de la noche.

   A la mañana siguiente, fingió indiferencia. Justo cuando iba a acotar algo, probablemente cuando iba a pedirme que guardara el secreto, la detuve en seco. Le dije que no había problemas, que todo quedaba allí. Esa fue la primera vez en mi vida que oculté mis sentimientos para parecer más adulto. Ella me dio un beso breve en la boca y bajamos a desayunar.

   Mi mamá casi no había dormido, tenía un color morado debajo de los ojos, evidencia de su noche insomne. Mi padrastro seguía en la cama, en un sopor que le duraría el resto del día. Mi hermanito tenía la sonrisa satisfecha de los niños cuando saben que estrenarán juguetes y ropa durante toda la semana. Mi hermanastra, en cambio, adoptó una actitud tan fría que hubo momentos posteriores a esto que narro, en los que pensaba que lo ocurrido había sido sólo una rara fantasía. Yo comencé a verla con esa extraña nostalgia con la que vemos a alguien que estuvo muy poco tiempo en nuestras vidas. Desayunamos en silencio. Me fui justo cuando terminé la arepa y el café. Prometí visitar más a menudo a mi mamá. Salí de la casa, sabiendo que estaba dejando algo allí, algo irrecuperable.

   Muchas veces después intenté emular aquella noche, pero Clarita siempre me rechazó. Hasta que un día, pasados varios años, cuando ya no sublimaba la noche en que perdí mi virginidad, la encontré sentada en la platabanda de la casa de mi madre, descalza y mirando hacia las casas de la calle 3 de Vuelta Larga, en La Matica. Tenía puestos unos audífonos, a tanto volumen que bastaba estar a pocos pasos de ella para que te llegara el rumor de su música. Me le acerqué. Estaba tan abstraída que no percibió cuando me senté a su lado. Aproveché que no me escuchaba para decirle dos cosas: la primera, fue lo que siempre quise decirle; la segunda, fue una petición. Luego le toqué el brazo y ella dio un sobresalto. Se quitó los audífonos. Estaba apenada.

Rubby Pérez, le dije.

Asintió y me regaló una sonrisa.

Le volví a hacer la petición.

No, respondió.

Apretó el botón para apagar el Ipod y siguió mirando las casas vecinas. Más

nunca le pedí que bailara conmigo.

 

 

Perfil (foto de Kelly Martínez)

 

Foto de Kelly Martínez

 

John Manuel Silva (Caracas, 1984)

Publicó el libro de cuentos Afrodita, C.A. y otras empresas fracasadas (Caracas: 2013, Ígneo Editorial). Es autor en la revista digital venezolana Panfleto Negro, desde 2006. Es colaborador de la revista digital mexicana Revista Replicante, desde 2012. Ha publicado críticas de cine en el diario El Carabobeño y en la Revista Muheve. Ha publicado artículos de opinión en el diario Meridiano y en la revista Zero Magazine. Ha publicado narrativa en Prodavinci, Las Malas Juntas, Los Hermanos Chang, País Portátil, Ficción Breve y Letralia. Participante de la V Semana de la Nueva Narrativa Urbana, Caracas 2010, organizada por el Pen Club Venezuela y la Fundación para la Cultura Urbana. Participante del II Jamming de Escritura Erótica, Caracas 2012, producido por Libro Abierto Producciones. Ganador del Concurso de Cuentos de Sacven, con el relato Afrodita, C.A., publicado en la antología VII Concurso Nacional de Cuentos Sacven (Caracas: 2012, Ediciones Sacven). Ganador del 2do Lugar en el V Premio de Cuentos Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores, con el cuento Los discos de mi padre, a publicarse en la respectiva antología. Dicta el taller “Introducción a la Escritura Creativa”, en la Escuela de Escritores (Chacao – Caracas).

Blog personal: http://nosoloconlapalabra.tumblr.com

@johnmanuelsilva

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