¡A escribir!

Nymphomaniac (2013), de Lars von Trier, por Maikel Ramírez

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Imagen sacada de Google
“Dolmancé: No, no debes interferir, chiquilla; estos juegos me han excitado demasiado; puedes
observar qué derecho se ha puesto el soldadito; contempla su orgullosa posición de firmes.
Eso indica que el líquido valioso no tardará en derramarse”
(El Marqués de Sade: La filosofía del tocador)

Es natural que estemos expectantes tan pronto nos enteramos de que un nuevo proyecto cinematográfico del director Lars von Trier se pone en marcha, puesto que estamos hablando de uno de los cineastas más originales y contundentes de nuestros días, más aun si la prensa revela que la actriz Nicole Kidman, la protagonista de la nueva pieza, acaba de abandonar las filmaciones porque la cinta tiene un tono sexual inaguantable. Pues bien, su filme Nymphomaniac, dividido en los volúmenes 1 y 2, y cercano a las cuatro horas de duración,  ya se encuentra entre nosotros y es oportuno hacer algunos comentarios.

            La cámara se mueve hasta encuadrar a Seligman (Stellan Skarsgard), hombre soltero  que encontrará a la maltrecha Joe (Charlotte Gainsbourg) inconsciente en un oscuro  callejón y le dará refugio en su casa. Acobijada e ingiriendo bebida caliente, Joe comenzará a relatar sus desaventuras de ninfómana: su desfloración, las relaciones sexuales con desconocidos en un tren a causa de una apuesta, su búsqueda de amor en Jerome (Shia laBeouf) y su fracaso tanto con este como en su rol de madre, su sadomasoquismo, su incursión en el mundo delictivo y, por último, la paliza que le propinaron su joven protegida y  Jerome antes de que Seligman la encontrara. Ya para finalizar, Seligman querrá tener contacto sexual con ella, pero Joe le disparará con la pantalla fundida a negro.

            En primer lugar, hay que convenir en que Nymphomaniac no tiene nada que a estas alturas resulte escandaloso ni tiene el usual toque atrevido que uno puede esperar del polemista von Trier. Con todo y su sadomasoquismo, sus encuentros sexuales abiertos y grupales, etc, este filme es indudablemente blando. Sólo basta ojear la historia del cine para corroborar esta afirmación: (a) Paul (Marlon Brando) le embadurna el ano con mantequilla a Jeanne (Maria Schneider), mientras le habla de la sagrada familia durante algo más cercano a una violación que a una cópula consentida, acto deprimente, presentado en un plano turbador, en El último tango en París, de Bernardo Bertolucci, filme prohibido en muchos países, incluyendo Venezuela; (b) Frank (Dennis Hopper) comienza a respirar con una máscara de oxígeno y llama a  Dorothy (Isabella Rosellini) mamá. Enseguida, empieza a actuar como un niño incestuoso y le asesta un golpe salvaje en la cara porque ella lo mira. Con todo, la cara de ella es de sublime placer. Frank entonces le dice que quiere terciopelo azul y ella le mete un pedazo en la boca. En tanto todo esto ocurre, oculto en el closet, Jeffrey (Kyle MacLachlan) observa la escena con un rostro que oscila entre la excitación y la perplejidad.  David Lynch ofrece un verdadero coctel de las complejidades psicológicas humanas (fetiche, sadomasoquismo, fantasías perversas, voyerismo) en la obra maestra Terciopelo azul; (c) Sévérine (Catherine Denueve), la  joven y hermosa burguesa de Belle de Jour, de Luís Buñuel, sueña con maltratos físicos y sexo grupal, por eso recurre a un burdel después de que su esposo médico parte hacia el trabajo. Según Juan Nuño, y podemos estar de acuerdo con él, el mayor problema con este personaje es que no llegamos a entender sus motivos; (d) un grupo de personas forma una secta que simula aquellos accidentes movilísticos que causaron la muerte de personas famosas. La velocidad, la cercanía con la muerte y las heridas hacen que a estas personas se les despierte el apetito sexual, en la polémica obra Crash, de David Cronenberg. En fin, Nymphomaniac está muy lejos de la transgresión y de la incomodidad que provocan estas obras, no tanto por lo sexual, sino por la condición del ser y de la psiquis humana. Para plantearlo en términos de autorreferencia, si se quiere, digamos que esta pieza fílmica ni siquiera calza  la vigorosa fotografía ni la aspereza temática de El anticristo, uno de sus grandes filmes anteriores.

            No obstante, tampoco parece suficiente adjudicarle a este filme un signo claro de erotismo, ya que todo en él es precipitado. Es decir, como el suspenso, el erotismo demanda un estímulo sostenido y gradual, cuyo principal objeto, por supuesto, es el propio espectador, el voyerista par excellence.  Pongamos por caso el reclamo sexual que Seligman le impone a Joe. Para que esto sea coherente y efectivo, se supone que toda la conversación debía haber sido erotizada. Sin embargo, Seligman confiesa que es asexual y luce extraviado en todo momento, invocando metáforas sobre la pesca y otras tantas cosas sin pertinencia. Por eso, ante su excitación y solicitud de encuentro carnal, no podemos sino extrañarnos. En contraste,  Adiós a la reina, Benoit Jacquot, y La vida d’ Adelé, de Abdellatif Kechiche, dos obras del catálogo actual, son un par de muestras de cómo debe construirse el erotismo: planos de detalle de zonas corporales erotógenas, recorrido de la cámara por el cuerpo, diálogos erotizados, postergación del acto sexual, entre otros recursos productivos.

Si bien Nymphomaniac tiene los componentes recurrentes de la filmografía de Lars von Trier, esos de la mujer sufrida cuyo mundo simbólico se desintegra y  se convierte en una pesadilla, en el que incluso el ser más inofensivo se trasforma en agresor (Medea, Rompiendo las olas, Dogville, Manderlay, Dancer in the dark), el director danés no logra imprimirle la forma y el contenido de las de sus mejores realizaciones. Recordemos, por ejemplo, el decorado reducido a una mínima expresión en Dogville y en Manderlay, así como las múltiple cámaras en uno de los segmentos de baile en Dancer in the dark.

            A mi modo de ver, podemos retener dos momentos que se acoplan a la estética usual de Lars von Trier: en el primero, una mujer (Uma Thurman), acompañada de sus hijos, visita a su exesposo, quien se acaba de mudar a la casa de Joe. A su vez, Joe recibe la visita de su novio de turno. La escena es burlona y patética; en el segundo, Joe desnuda a un hombre y lo tortura por medio de una narración acerca de su encuentro con un niño. El resultado es que el hombre tiene una erección. El asunto acá es que Joe ha confrontado al hombre con su deseo reprimido. En una palabra, el hombre se hizo consciente de su pedofilia. Después de esto, atacada por sentimientos de culpa, ella se entrega al hombre para compensarlo. A no dudar, esto es lo mejor que von Trier nos puede ofrecer. Por lo pronto, concluyamos que el director danés queda en deuda.

Por: Maikel Ramírez

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