Pluma creativa

Entre semillas y yerbas, por Danny J. Pinto-Guerra

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Imagen tomada de acá

Ha pasado poco más de dos meses desde que llegas a “nuevas” tierras y es apenas ahora que empieza el conflicto interno. Un conflicto que se sustenta partiendo del mismo existencialismo; ése que Sartre me ilustrara en alguna de sus disertaciones. Ya no sales con un mapa a la calle, ya usas el sistema de transporte público con total naturalidad y eficacia, ya tienes ciertas preferencias y rechazos hacia la gastronomía local, ya el léxico se amolda y amplía al contexto en el que te encuentras; no obstante, a la hora de “hacer cultura” en la bebida entre propios y ajenos sigues sin sentirte cómodo, porque no es lo mismo un negrito, guayoyo, marrón (claro), con leche o cerrero –como lo preparaba tu padre– que un mate cebado. La cultura de esta tierra parte del tiempo que puedas tener o no para beberte un mate, estés solo o acompañado; y es que es así y ha sido así por muchos años en todas las civilizaciones del mundo. Los asiáticos tienen su té verde, los europeos el negro, los suramericanos del trópico el café, y los del cono sur el mate, ¿pero es realmente posible para un inmigrante renunciar a uno para adoptar otro?

Lo primero que te tomaste al llegar a tierras sureñas fue un café, y el sentimiento de decepción y tristeza fue tan incisivo que hasta llegaste a cuestionarte si realmente valía la pena vivir aquí. La primera renuncia se hace palpable desde que miras la taza humeante y notas que no desprende ese olor tan característico que todas las mañanas estabas  acostumbrado a percibir cuando en tu casa, tú o alguien más, colaba café. La segunda renuncia es aquella que pasa primero por tus labios, luego por tu lengua y que se va vertiendo lentamente por todo el paladar dejando cada rastro de insatisfacción de aquello que se está probando. No es el mismo café, jamás lo será; y es ahora que empieza ese conflicto en el que debes dar paso a la aceptación y a la posibilidad de tener una alternativa a esa ausencia de algo tan elemental como lo es un buen café recién colado. El mate se ofrece muy atractivo, comercial y culturalmente, con sus sabores, olores y presentaciones, como la alternativa para sustituir el calor que a tu cuerpo y a tu alma le hacen falta a través de una bebida. Si bien antes el mate representaba un elemento de transculturiazación, en el que te sentías más culto, sabio y conocedor de algo ajeno, ahora se te ofrece como un elemento de la esencia, ésa que sucede a la existencia.

El tiempo pasa, aprendes a cebar mate, conoces las diferencias y similitudes entre las yerbas, y hasta eres capaz de hacerte pasar por alguien oriundo de estas tierras, pero sigues incompleto, el mate –que también viene de la tierra como el café– no ha podido llenar ese vacío. Ciertamente, dos meses es muy poco tiempo, pero cuando se es joven se vive en el presente, se quieren resultados hoy; aquileos somos por naturaleza. Un día alguien te ofrece un taza de café y no la rechazas para no causar ofensa alguna (sabes bien lo malo que es el café aquí), pero para tu sorpresa el sabor es tan familiar que imágenes, sonidos y aromas de un pasado no muy lejano te habitan nuevamente. Es el sabor de tu patria lo que tienes en el paladar nuevamente, y lo constatas cuando ves la bolsa de café de donde proviene semejante elixir de color oscuro; el nombre de tu tierra está impreso bien grande como garantía de producción y calidad, y también ahora lo está en tu alma. Sales a la calle a buscar el café que has probado y lo encuentras, pero debes pagar un precio, uno alto. Si ya habitas otras tierras y te has entregado en gran parte a ellas, no puedes esperar a pagar barato lo que en otras –en tu tierra natal– crece. Es el precio del inmigrante, del que quiso serlo y eligió desprenderse de la tierra, o dejarse desprender como una flor por la tempestad y el viento cruel; aun así, ya no te sientes tan insatisfecho.

Ahora sólo debes dosificarte, porque darle calor al cuerpo –y más importante, al alma– no puede ser ni tan directo, ni mucho menos a tan altas temperaturas. Llenar ese vacío que se creó en tu existencia debe realizarse de poco a poco, grano a grano, cucharada a cucharada. Por suerte y casualidad (o quizás no tanta) existe para los nativos de estas tierras una bebida que cumbre mis expectativas. Algunos lo llaman cafemate, otros simplemente, mate con café. Son dos tierras que, ahora juntas en un recipiente hecho de calabaza, comparten su esencia y te permiten sentirte a gusto, te dan sentido de pertenencia, y más importante, mantienen encendidas las llamas de las pasiones por la patria que jamás olvidarás.

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