Pluma creativa

[III Parte] De cerca, por Indira Rojas

78f4029bbbe639f0c03d82915f9e711c

imagen por Leah Goren

III

Durante dos semanas, las pupilas desorientadas de “La Fea” fueron culpables de los sudores nocturnos y los gritos de espanto en las madrugadas. Una noche, mientras alimentaba a Renata, creyó sentir el rose de las uñas de “La fea” en una de sus piernas. No las había tocado, tampoco las había visto con detalle, ni podía recordar si eran largas; pero el roce asimétrico y punzante era parecido al sentimiento que provocaban sus ojos rencorosos. Eran, sin duda, las uñas de esa joven de miedo. Recortadas con los dientes y empaquetadas en gruesas capas de suciedad. Eran como lijas duras que arañaban su miembro derecho, subiendo por su cuerpo con la esperanza de raptar a la beba que se tomaba dulcemente el tetero de leche caliente del viernes.

Un grito de espanto corrió por la casa Rigolo, y los encantos de la Navidad y de las vacaciones se estremecieron hasta dormirse. “Te vas”, dijo el padre. “¡Tú y tus venenos, tú y tus alucinaciones!”. La señora Rigolo tomó a Renata y salió del cuarto calmando con ojos inquietos a la pequeña, pues le parecía que lloraba con profunda tristeza. “La niña se queda con nosotros”.

Jeny, por primera vez, sintió alivio.

Sin la beba estaba triste. Pero, al menos, podía vivir con la seguridad de que se trataba de su mayor sacrificio, que se consagraba como madre en cada centímetro de distancia. Una mujer sin vergüenza y resignada, pero al fin se sentía madre. Imaginaba que claudicar a su derecho de criarla era una forma de salvación para Renata.

Una vez que logró olvidar compromiso alguno con la felicidad, empezó a sentir su responsabilidad con la subsistencia en el estómago, en la apariencia, en el bolsillo, en los dolores de cabeza y de espalda y en la noche que le acariciaba la moral y se la quitaba poco a poco. Y sintió, nuevamente, una furtiva atracción por las mujeres de la esquina del concesionario Ford, en La Florida. Sintió que era como ellas, ahora más que nunca, y no temía en absoluto a “La fea”.

Allí estaban. Esta vez los restos de troncos y ramas, resultado de una limpieza municipal en labores de ecocidio, hacían las veces de sillas y mesas; como un mobiliario improvisado para la casa improvisada de estas mujeres improvisadas. Un tronco largo, sin ramas, servía de mueble principal. Dos trozos pequeños hacían de sillas. Recordó la tienda de muebles que por un largo tiempo fue su cobijo.

“La fea” fue la primera en advertir su presencia. Ya tenía pechos y usaba una falda corta, cortísima, que dejaba ver sin menor resquemor dos nalguitas apretujadas y sucias. Adivinó que tendría ya 15 años. A su lado dormía una joven, tal vez de unos 30, con el cabello enmarañado. La otra era realmente otro, de nombre Cora pero de identidad Carlos.

Cora sabía de coquetería pero al estilo callejero, y casi moribundo. Porque incluso así quedan unas fuerzas, imposibles de explicar, para pestañear y batir las melenas empolvadas. Sin embargo, contrario a lo que se podría esperar, a nadie que por allí pasara pareciera molestarle. Incluso, las doñitas de acento español que tenían muchos años en la zona solían pasar y saludarla. Ella y las demás eran parte del vecindario, eran costumbre, y eso les reconfortaba porque podían mirarse y decir que no eran fantasmas para los realmente vivos. Cora conquistaba a quien se atreviera a mirarla con inquietud y detallara sus uñas largas, su cabello decolorado, y sus dos pepas de color miel intenso que tenía por ojos. Con la mirada sin vida le dijo a Jeny, en el tono de reina de la selva: “¿Qué pasó mi amor?”. Entonces, Jeny lloró.

Jeny se mira de reojo los labios, las manos, las piernas y los senos todas las mañanas desde entonces. Un sistema de reconocimiento, como si fuera una computadora en proceso de encenderse, que tiene como único objetivo dejarle muy en claro que está hecha de carne. Cora, que es la única que pone orden al gallinero cuando a “La fea” le dan los ataques violentos, se mira debajo del short y luego se maquilla a la perfección, para compensar aquello que desea ser y que le ha tocado semi-vivir en un despilfarro de drogas y vicios. Todas se miman en una rutina sin pudor, en la que Jeny pocas veces comprende cómo es que la hace tan feliz. Y se sientan a delirar.

@indirojas

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s