Pluma creativa

El conejo blanco, por Deborah Rodríguez

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Imagen tomada de acá

El conejo había intentado ya varias veces que Alicia se fijara en él. Saltaba entre las flores de la pradera, acercándosele con recato, disimulando el imperante deseo de que ella lo reconociera.

La miraba desde lejos, desde el hoyo de su madriguera. Pasaba los días así: conformándose con observarla. La veía reír y cantar mientras entretejía las margaritas para hacerse una corona. La miraba cuando la falta de modestia la hacía sonrojar o cuando fruncía los labios porque, de pronto, una duda había anidado en su mente.

El conejo sabía que solo Alicia podría dar sentido al mundo que estaba más allá del hoyo de su madriguera. El conejo apenas podía entenderlo. Casi había sucumbido ante sus lógicas inentendibles y sus misterios inescrutables cuando conoció a Alicia y supo, de forma inexplicable, que no estaba solo. Pero la falta de determinación o sus propios fantasmas habían impedido que se acercara definitivamente a ella.

Después de todo, él era un conejo y ella, una niña. Le resultaba ineludible ese precipicio que desconectaba irremediablemente sus mundos. “¿Por qué nací como un conejo?”, pensaba durante las noches de insomnio. En el fondo, él sabía que de haber nacido niño, Alicia jamás le hubiera despertado tal curiosidad.

Él tenía orejas largas y las de Alicia eran diminutas. Sus ojos eran saltones y los de ella eran tan pequeños que casi se cerraban cuando sonreía. El conejo siempre se sentía temeroso y ella parecía tan a gusto con todo, como si hubiese hecho un pacto con la vida misma. A la sombra de un árbol, se sentaba a leer libros tan interesantes que el tiempo y la brisa se detenían para acompañarla. El conejo sentía que no había ninguna razón para que Alicia fijara su vista en él, mucho menos para que escuchara sobre el país de las maravillas que poseía y que no había compartido con nadie.

Pero, ese día, el conejo decidió hacer un último intento.

Tomó el reloj que había heredado de su padre, solo así sabría cuando llegase la hora de retirarse para siempre. Vio a Alicia a los lejos y sintió ese presentimiento: una voz que gritaba en su mente y que había impedido que se diera por vencido.

Él podía verlo en los ojos de la niña, en la forma como caminaba, en su voz de campanita risueña. De seguro, Alicia también se alimentaba de sus sueños.

El conejo sabía que, aunque ella nunca sería como él, ni él como ella, había una sola cosa que tenían en común.

Esa tarde, el conejo se acercó a Alicia y le habló de filosofía.

Deborah Rodríguez

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2 pensamientos en “El conejo blanco, por Deborah Rodríguez

  1. Muy bueno, nunca fui muy fan de Alicia en el país de las maravillas pero el relato en sí me gustó bastante.
    La narración es sencilla y a la vez profunda, la mente del conejo está en una constante lucha entre lo que es y lo que podría llegar a ser.
    Debo acotar que me hubiese gustado un final diferente, algo más elocuente. La filosofía es un campo tan amplio que dejarlo así es como entrar a un edificio con mis puertas. ¿cuál escoger?.
    Saludos.

  2. Buen relato. Me gustaron las frases “La miraba cuando la falta de modestia la hacía sonrojar o cuando fruncía los labios porque, de pronto, una duda había anidado en su mente” y “Sus ojos eran saltones y los de ella eran tan pequeños que casi se cerraban cuando sonreía”. Imágenes sencillas pero bien expresadas, que me hicieron tener casi ante mis ojos la ficción-realidad que describen.

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