Pluma creativa

En busca de la perfección, por K.V. Carmichael

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Imagen tomada de acá

 

Al entrar a casa, dejo mi bolso sobre la mesa, estirándome y sonriendo. No hay lugar como el hogar.

—Hola cariño, ¿cómo te fue en el día? —dice mi esposa desde la cocina con voz alegre.

—Bien —digo suspirando —. Estoy algo cansado. En el laboratorio tuvimos bastante trabajo.

Se acerca a mí, y viéndome con esos ojos marrones brillantes, sosteniendo una dulce sonrisa, dándome un beso en la mejilla, dice, con voz aguda de madre que consiente a su hijo: —El chico inteligente está cansado…

Asiento con la cabeza, mirando hacia abajo, haciendo el papel de niño pequeño —Bastante cansado, cariño.

—Rodrigo quiere que le cuentes una historia —dice encogiéndose de hombros mientras abre los ojos, en una expresión que dice “lo siento”.

—¿Una historia? —digo en tono de súplica —. Hoy en día la tecnología ha avanzado tanto que una computadora podría contarle más historias, y mucho mejores, que yo.

—¡Papi! —dice Rodrigo saliendo de su habitación, agitando los brazos y envolviendo con ellos mi pierna.

—Hijo… —digo suspirando, con una emoción fingida. Claramente no tengo ánimos de contarle ninguna historia.

—Cuéntame una historia, papi —dice con su voz aguda de niño pequeño, sonriendo.

Cierro los ojos por un momento. Yo quería dormir… —¿Y si te la cuenta tu mamá? —pregunto con un hilo de voz —. Ella sabe buenas historias.

Él niega con la cabeza, cerrando los ojos—No, no, no. Una historia de papi.

¿Por qué de papi? ¿Por qué?

—Pero papi está cansado, Rodrigo —le acaricio el cabello —. Está muy cansado, y quiere dormir.

—Oh, vamos, cariño, es para tu hijo. El hijo que tanto quisiste que tuviéramos, ¿recuerdas? —dice mi esposa pestañando mucho. Siempre hace eso cuando quiere algo.

Asiento con la cabeza.

—¿Papi contará el cuento? —pregunta Rodrigo, mirándome con esos ojitos brillantes y conmovedores. Es imposible resistirse.

Imposible.

—Vamos a tu habitación, ¿de cuerdo, Rodrigo?

Él salta, emocionado, mostrando todos los dientes que tiene en una gran sonrisa —De acuerdo.

Entramos a su habitación, y después de que él se acuesta en su cama, y yo me siento al borde de ésta, doy inicio al cuento:

—Una vez, hace mucho tiempo, en un laboratorio se reunió un equipo formado por: biólogos, neurobiólogos, científicos, expertos en informática, médicos, químicos, y otros especialistas.

Él me ve con los ojos muy abiertos, como si no entendiera lo que digo —Es decir, se reunió mucha gente muy inteligente, y formaron un equipo. ¿Ahora sí?

Él asiente con la cabeza, y yo procedo: —Bien. Para entonces la tecnología ya estaba bastante avanzada, y ese equipo de gente inteligente, estaba haciendo un experimento. Este consistía en… ¿cómo decirlo? Algo así como reprogramar a las personas.

Mi hijo es más inteligente de lo que parece. Aunque es pequeño en edad y tamaño, tiene una gran habilidad para comprender las cosas —¿Cómo si fueran robots?

—Más o menos —digo dudoso —. El equipo hizo investigaciones a nivel cerebral, y estuvieron “jugando” con el hipocampo, de modo que encontraron una forma de decodificar la información cerebral. ¿Entiendes eso?

Él parpadea mucho, arrugando la nariz —No mucho.

—Es como…  —busco las palabras adecuadas —digamos que encontraron un sitio en el que encontraron escritas las características de una persona. El experimento consistía en que mediante diversos procesos podían borrar algunas de esas características, e introducir nuevas.

—Es decir, ¿podían mejorar a las personas?

Te dije que mi hijo era muy inteligente, ¡vaya que lo es!—Algo así. Podían cambiar su información cerebral de modo que pudieran resultar como tú quisieras. ¿Me sigues?

—Sí —dice asintiendo con la cabeza, haciendo que su cabello se mueva conforme a ésta.

—Bien. El punto es que, anteriormente, ese experimento se había realizado con ratas, y habían obtenido resultados satisfactorios. Habían hecho que las ratas sólo comieran vegetales, lo cual había significado un gran avance. Sin embargo, este experimento era peligroso, ya que los resultados eran irreversibles.

—Es decir, que si cambiabas algo y no te gustaba, ¿se quedaría así por siempre? —pregunta en tono serio — ¿No podías volver a cambiarlo a su estado original?

—Exacto. Y el protagonista de este cuento se llama Francisco, un experto en computadoras.

—¿Como tú?

—Sí, como yo. La cosa es que Francisco tenía novia. Ella se llamaba Elisa. Y ella necesitaba dinero para seguir estudiando en la universidad. En el laboratorio en el que estaba Francisco, estaban ofreciendo dinero para la persona que se ofreciera a que le hicieran el experimento de decodificación de la información cerebral. Ella no le había dicho a su novio que se presentaría como voluntaria para el experimento, y cuando él se enteró, ya ella estaba en el sitio donde éste se efectuaría.

»Ella había dicho que si iban a cambiar algo, fuera su risa. Porque era horrible. Sonaba como una moto cuando arranca, y luego, estallaba, sonando como una viejita quedándose sin aire.

—¿Como la de mamá?

Sonreí —Sí, como la de tu mamá. Y Francisco al principio estaba indignado. No podía creer que su novia se ofreciera a participar en un experimento que se efectuaría en un laboratorio en el que él mismo trabajaba, y que no le hubiera dicho. Lo más irónico de todo es que su mejor amigo, Robert, era el encargado de borrar la información existente, e introducir la nueva en el cerebro. Y, ¿sabes lo que pasó?

—¿Qué? —dice con expectación.

—Robert le dijo que no podría hacerlo —suspiro —. No podía cambiar a la novia de su mejor amigo, reprogramarla.

—¿Y entonces quién lo hizo?

—Escucha, hijo, escucha. Paciencia, ¿de acuerdo? —él asiente con la cabeza —. Francisco le dijo que él mismo se encargaría de hacerlo, siempre y cuando no le dijera a nadie, ya que a él se lo prohibían por estar vinculado con el sujeto de prueba. Robert dijo que aceptaba, y que tuviera cuidado con lo que hacía, y que recordara que los cambios que hiciera, eran irreversibles.

»Francisco tenía muchas ideas. Al principio estaba enojado, pero luego se dio cuenta de la oportunidad que tenía en sus manos. ¡Podía reprogramar a su novia desde la manera que se reía, hasta la manera en que caminaba! Pensó en cambiar los porcentajes que iban relacionados con los valores morales de Elisa, modificarlos a su conveniencia. Pensó en todas las posibilidades que tenía. ¡Reprogramaría a Elisa! ¡Podía construir a la novia perfecta!

»Y entonces Robert le dijo que los cambios eran irreversibles. IRREVERSIBLES. “Lo sé, Robert. Esa es la mejor parte”, respondió. Y éste dijo “¿Estás seguro que incluso después de los cambios seguirás queriendo a Elisa?”, a lo que Francisco respondió afirmativamente. Sin embargo, ese día ya era muy tarde, y dijeron que el experimento continuaría el día siguiente. Y aunque Francisco se lamentó, ya que pensó “mientras antes, mejor”, al llegar a su casa, pensó en lo que le había dicho Robert.

»Se dio cuenta de que si cambiaba a Elisa, dejaría de ser ella misma. Entendió si él la reprogramaba, si la convertía en la novia perfecta, dejaría de ser la chica a la que tanto quería, la chica de la que se había enamorado.

—Es decir, ¿él prefirió a su novia con todos sus defectos y rarezas, antes que convertirla en una persona perfecta?

—Exacto. Él renunció a la perfección porque la quería de verdad. Y cuando llegó el siguiente día, y estaba frente a la computadora a través de la cual debía reprogramar a Elisa, no lo hizo. Le dijo a sus superiores que el experimento no funcionaba con humanos.

—¿Mintió? —Rodrigo abre los ojos, sorprendido.

Asiento con la cabeza —Prefirió mentir y abandonar ese proyecto antes que cambiar a la mujer a la que amaba.

Suspiro. Qué bonita historia, ¿eh? —¿Y qué pasó con Elisa cuando se despertó?

—Al salir del laboratorio, habló con Francisco, y él le dijo que ese experimento no servía en humanos. Ella dijo que era una pena, y que lamentaba mucho no haberle dicho antes que iba a presentarse como voluntaria para el experimento.

—¿Y luego?

—¿Luego qué? —niego con la cabeza —. No hay luego. Ese es el fin de la historia.

Él se rasca el mentón, pensando —Debería decir algo como “Y luego Elisa rió, y por primera vez, Francisco pensó que la de ella era una risa realmente hermosa”.

Sonrío —De acuerdo. Elisa rió y por primera vez, Francisco pensó que su risa era la más hermosa del mundo. ¿Feliz?

Él asiente con la cabeza —Sí.

Me levanto del borde de la cama, yendo hacia la puerta, y la voz de Rodrigo se escucha, aguda y apenada —Papi, si pudieras reprogramarme, o cambiar algo de mí, ¿lo harías?

—No —respondo sin dudar ni un momento—. Haría lo mismo que Francisco hizo con Elisa. No te reprogramaría porque te amo tal como eres, con tus defectos y demás.

Él sonríe —Gracias, papi —su voz suena llena de alegría, como cuando come chocolate —. Yo tampoco te reprogramaría si pudiera hacerlo.

—Buenas noches, Rodrigo.

—Buenas noches, papi.

Al cerrar la puerta, mi esposa habla: —Federico, ¿le contaste la historia a Rodrigo?

—Sí, Elizabeth, se la conté.

Ella sonríe —De acuerdo.

Le envían un mensaje de texto a Elizabeth, que al parecer le causa mucha gracia, porque se dispone a reír como sólo ella podría: una moto encendiendo, para luego estallar y sonar como una viejita quedándose sin aire.

Sonrío al escuchar su risa. La más hermosa de todo el mundo, pienso.

La más hermosa.

K.V. Carmichael

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