¡A escribir!

Pulp fiction: 20 años, por Maikel Ramírez

13ad10cb112675abf17b8cbe169a02ae

Imagen tomada de acá

Que recuerde bien, para aquellos adolescentes noventeros, entre los cuales me cuento,  1994 no solo representaba el año de la eclosión del video de la abejita marginada que acompañaba a la canción No rain, de la banda Blind Melon; ni de la de metaforización de los belicistas a través de la imagen del zombie, como lo cantaba The Cranberries en uno de sus conocidos temas contenidos en el álbum No need to argue; ni del repunte del llamado Neo-punk con The Offspring y Green Day, por mencionar apenas un par de bandas, sino que también figuraba como el año de aparición de Pulp fiction, filme de Quentin Tarantino, uno de los noveles enfant terrible de Hollywood, que marcaría un hito en la historia del cine. Transcurridas dos décadas de su estreno, quisiera explorar la particularísima estética que ha hecho que esta obra ocupe uno de esos deseados sitiales de honor en el altar de tantos cinéfilos y admiradores de la filmografía de este cineasta.

Este filme de Tarantino, al igual que Perros de reserva, su antecesor, disloca la cronología de unos eventos interconectados y los divide en capítulos, llamados acá The Bonnie situation, Vicent Vega and Marsellus Wallace´s wife y, por último, The Gold Watch. Sin embargo, más allá de las relaciones intersubjetivas entre los personajes que deambulan por Pulp Fiction y de la continuidad de las acciones, digamos para entendernos de una vez, la conexión de estas historias, la que le interesa a Tarantino, debe ser identificada en otro lugar, a saber,  en el nivel temático, en la violencia que manifiestan Jules (Samuel L. Jackson), Vincent (John Travolta), Butch (Bruce Willis), Marcellus Wallace (Ving Rhames), Zed (Peter Greene), Honey Bunny (Amanda Plummer) y Pumkin (Tim Roth).

Si contextualizamos un poco, nos daremos cuenta de que Pulp fiction revitaliza una temática de la violencia que durante la década de los 80 había sido sedimentada por prestarse de manera subrepticia al maniqueísmo del programa político de Guerra Fría. Encontramos, en tal sentido, héroes éticos y morales que luchan contra villanos irracionales que amenazan la seguridad de Estados Unidos y el mundo, quienes, por lo general, sobra señalar, son de nacionalidad soviética. De cualquier forma, lo que abunda en estas películas de Hollywood son los héroes a base de músculos. Es evidente, por otra parte, que la cinta de Tarantino no exhibía la misma violencia que se adueñó del cine durante los años 70, cuando el estómago de los espectadores se ponía a prueba con imágenes de violaciones grupales, cuerpos mutilados, órganos sexuales explícitos,  confrontaciones caóticas, abusos sexuales a hombres. En síntesis, filmes como La Naranja mecánica, de Stanley Kubrick; Perros de paja, de Sam Peckimpah; Deliverence, de John Boorman y La última casa de la izquierda, de Wes Craven, entre algunos otros, trataban sus historias con una violencia primigenia, bestial y repugnante, quizá como expresión máxima de la suspensión del código Hays, mecanismo de censura que funcionó desde los años 30 hasta finales de los 60.

En expresión de Arturo Serrano, crítico de cine experto en la obra de Quentin Tarantino, sobre quién escribió el revelador y remarcable ensayo El cine de Quentin Tarantino (UCAB 2014), la violencia de este cineasta es un asunto estético, lo que supone que el espectador debe dejar a un lado las implicaciones éticas y morales que dicha violencia provoca en el mundo real y, en cambio, debe disfrutarla. Para alcanzar este propósito, nos dice Serrano, Tarantino (a) no se sirve del género violencia en su expresión pura, sino que la mezcla con otros géneros, como la comedia, por ejemplo; (b) prepara al espectador para que reciba el acto violento. En otros términos, la violencia no es repentina; (d) la violencia, o el objeto de la ella, queda fuera del campo visual. Aunque, según este estudioso, esto ocurre en una primera etapa de la obra de Tarantino; (e) emplea la hiperbolización como uno de sus recursos expresivos, lo que nos conduce a presenciar una hiperviolencia, que, valga el perogrullo, se distancia de lo real.

Serrano ilustra estos aspectos con un segmento paradigmático: Jules y Vincent circulan por una vía principal de Los Ángeles, llevando a Marvin como rehén. Vemos entonces a Vincent hablar con Jules y luego voltear, con su pistola en la mano, para dirigirse a Marvin. Al cabo de un rato, el vehículo cae en un hueco y, como esperamos,  el arma se dispara accidentalmente y mata al muchacho. La consecuencia directa de este acto es la angustia de los personajes por limpiar sus trajes y el carro. Marvin, por el contrario, se esfuma en su condición humana de víctima. Por supuesto, Tarantino logra que la tragedia de Marvin nos provoque carcajadas en lugar de empatía por él.

 Hace unas semanas atrás, le comentaba al escritor Héctor Torres que su cuento Melodía desencadenada, que prefigura la atmósfera sombría de Caracas muerde, me recordaba un movimiento similar operado en el cine de Tarantino, ya que, específicamente,  la víctima de la violencia de su pieza narrativa se termina convirtiendo en su perpetradora más eficiente. Fijémonos que mientras los asaltantes de Perros de reserva son criminales dispuestos a imponer la violencia, los personajes nucleares de Kill Bill y A prueba de muerte solo tratan de vengarse, lo que finaliza en Bastardos sin gloria y Django desencadenado con la venganza de verdaderas víctimas históricas, como lo fueron los judíos durante la Segunda Guerra Mundial y los esclavos negros en el sur Estadounidense durante el siglo XIX, respectivamente. En todo caso, lo que persigo hacer notar es que hay un grupo de personajes periféricos de Pulp fiction que, si bien no son partícipes de ningún acto violento, son atraídos por la violencia como por un objeto sublime, un elemento que erotiza a quien la practica. Pongamos por caso la taxista que conduce a Butch luego de que este asesinó a su contrincante en el ring. A todas luces,  el que este personaje sea una mujer no es casual, sino un elemento vital para que Tarantino encuadre un rostro ganado por la fascinación hacia la violencia, una cara cargada de apetito sexual, más no de un interés por simple conocimiento.

Otro aspecto que cabe subrayar de Pulp fiction es que, más que una espiral de violencia que envuelve a los personajes, se trata de una escala o jerarquía de esta, pues los espectadores continuamente confrontamos personajes que superan la violencia de otros. Si contamos desde lo más bajo de esta escala, los primeros personajes que encontramos son, sin duda, Honey Bunny y Pumkin, un par de amateurs o ladrones de poca monta;   más arriba se encuentran los asesinos profesionales Jules y vincent, y de manera irónica, en el tope ubicamos a Zed, el hombre de la ley, quien perpetra el acto violento más sórdido de todos: la golpiza y la violación de Marsellus Wallace dentro una habitación lóbrega y en medio de un ambiente enrarecido por la presencia de un encapuchado medio retardado y, quizá, deforme.

El resto de Pulp fiction lo conforman una de las mejores banda sonora que existan (Dusty Springfield, Chuck Berry, entre otros), y momentos icónicos del cine, como el baile de Vincent y Mia Wallace (Uma Thurman) y el rabioso Jules leyendo un pasaje de la biblia antes de dispararle a Bret. En fin, asuntos de una riqueza inagotable para una nota de esta extensión.  Ya se ha dado a conocer que el próximo filme de Tarantino llevará por nombre The hateful eight, entre tanto vale celebrar dichosos 20 años, a “doble” celebrar, para parafrasear al entrañable y temido Jules.

Maikel ramírez

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s