¡A escribir!

Sobre Tristicruel y todo lo que viene, por José Delpino

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Fotografía tomada para Sorbo de Letras

Sobre Tristicruel y todo lo que viene. Pequeño homenaje a la obra de Domingo Michelli

por José Delpino

Tristicruel (bid & co, 2014), el primer libro de Domingo Michelli, es un conjunto sólido e hilarante de relatos que, en 2013, mereció una mención especial en el I Premio Equinoccio de Cuento Oswaldo Trejo. Este primer libro, nos abre de forma decidida la puerta a un mundo literario donde la risa hace su agosto con altas dosis de ingenio verbal. El recorrido por este libro y por el completo territorio de su obra inédita me deja la convicción de que el humor no es aquí una mera exhibición de virtuosismo, sino un completo despliegue de posibilidades críticas.

La risa es sin duda el centro de esta obra que comienza a publicarse, pero no se trata de cualquier risa. A veces, es una risa latente, una especie de posibilidad que siempre puede ocurrir, algo que se prepara aunque no llegue. La posibilidad de la risa que se va acumulando  en la crónica de los detalles. A veces sus textos, propensos a hacerse recordar, nos hacen trampa y hacen que nos riamos a destiempo. Domingo Michelli estaba siempre apretrechado de mil trucos. La risa de sus libros tiene mucho que ver con una estrambótica e inteligente capacidad de recordar e imaginar personajes y mundos que se multiplican viralmente en nuestras mentes. Tiene mucho que ver esa risa con su obsesiva inclinación de cazar el detalle inquietante y absurdo en la historia ínfima de las cosas de la Caracas que vivió, y en la trama del mundo tele-globalizado e informatizado que supo indagar más allá de lo idiosincrásico.

No creo que pueda entenderse la risa que incitan los libros de Michelli, sino se percata uno que la otra pierna en la que se apoya tal risa —pata de palo necesaria y pintiaguda— es esa preocupación inquisitiva por el descubrimiento, por la invención cuidadosa de los detalles. Domingo era un cronista del absurdo, un satírico delirante y detallista, bastante propenso a esa melancolía del que arma una obra hasta el exceso de sus más ínfimos detalles. Y ni siquiera eso es suficiente, porque sus libros demandan algo más. La risa contagiosa que habita estos libros es profundamente apelativa, pero no como cualquier risa —porque toda risa es apelativa—, sino porque su humor es una invitación inquietante, por carambola, a ponerse en el lugar de gente “extraña”, de sus razones y sin razones, de los intersticios de su geografía: el carro, la moto, la calle, el negocio, la autopista, el río, la casa, el rancho, el trabajo, el país, el cuento, el poema. Las voces que dicen sus historias y poemas son también gente extraña, gente cercanamente extraña, que nos convierte rápidamente en cómplices de unas ficciones marcadamente espeleológicas.

Quizás podría alguien afirmar que hay en la escritura de Domingo Michelli una suerte de realismo crítico, empático y “comprometido” e, incluso, que sus relatos y poemas son crónicas; pero no puede perderse de vista que ese “realismo” es quizás más bien, más exactamente, una suerte de ejercicio de imaginación empática, voraz y descarnada. Sus textos, sus libros, son una invitación a la empatía, sí; pero esa empatía es, a la vez, una tarea exigente y la constatación de un peligro fundamental: la constatación de que la constante preocupación por nuestro congéneres puede ser también una forma de narcisismo, en Venezuela y en la Conchinchina.

El primer libro de Michelli no es de ningún modo una excepción. Si algo exorciza Tristicruel de manera efectiva, y desde el primer relato, “Adiós letrero”, es el peligro de la autocomplacencia del que ayuda o del que diagnóstica, del que le dice al otro el porqué de sus problemas, del que le habla al país, del que piensa la Historia, del que indaga “identidades”. Tristicruel se sacude muy bien eso en la medida en que es, a ratos y al mismo tiempo, sátira, confesión autobiográfica, análisis, crónica, invención y delirio, pero también, afinada reflexión y carcajada sobre los propios actos del que mira. No es sólo que Domingo quiera hacer de la risa una vía para comprender la estrambótica masa de hechos absurdos, violentos y repetitivos en que nos hemos convertido como ciudad, como país, como mundo, sino que, a la vez, por duplicación de la sátira, armó sus libros como pequeñas maquinarias hilarantes para exorcizar nuestros narcicismos, nuestras gríngolas, nuestras autocomplacencias e, incluso, nuestras indiferencias más acervadas. No es un libro de superioridades morales; es un libro de un descarnado amor difícil por las personas; es un libro que hace la espeleología del entorno con esa máquina de escarbar en nosotros mismos que puede ser a veces la risa.

En su tarea de risa detallista, atenta al peligro de la autocomplacencia, el narrador de Tristicruel toma muchas máscaras y recorre un terreno vívido, vivido. La camionetica, el autobús del primer cuento, “Adiós letrero”, con su matraqueo nos transporta desde el comienzo en una montaña rusa, en un carrusel mental por las más variadas invenciones: Biroloco y la pesadilla de la ciudad que desaparece en sus letreros que envejecen con nosotros, el mundo de las personalidades electrónicas en su encierro, los juegos de rol en línea y los furries anónimos que suplementan sus debilidades sociales con animalidades de felpa, la economía petrolera de bomba de tiempo de gasolina, la lujuria solitaria de las alienaciones, la conciencia cívica, inmóvil, impotente, de los postes de luz que iluminan el teatro peatonal de nuestra política extraña, la permanente insistencia de lo mediático como ruido de fondo de todo, la proliferación de las franquicias utópicas convertidas en el negocio de las esperanzas y los narcisismos, la empatía irónica con la cadencia imperfecta de la limitante perspectiva de cada personaje, el antídoto social imaginario de los barrios inexistentes, las marginaciones y las huídas —el barrio del whisky, el barrio de los viejos, el barrio del río, el barrio de los perros, el barrio del mendigo, el barrio del hambre, el barrio de todas la enfermedades cívicas, y, por supuesto, el barrio de los niños—, barrios inubicables, delirantes, extraños, nómadas: guettos invisibles en el medio de todo.

Seguimos damos vueltas con este narrador insomne que se atreve a caminar como un caraqueño poseído —porque sólo un caraqueño poseído camina por Caracas, y por su propia mente, de esa forma—. Así, avanzamos, por las páginas de Tristicruel, para adentrarnos en el territorio pesadillesco de las fobias y de las distopías: comunas, morgues, viejos, pranes. Seguimos por las calles del libro y de repente va a llover, “que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva”, el cielo se pone negro, es una lluvia de zamuros que cae.

En Tristicruel, de relato en relato, en afilada sátira, Michelli teje finas alegorías, teje metáforas del estallido y la depauperación, teje la parodia de todas las especulaciones con las cuáles pretendemos entender la explosiva complejidad de nuestras sociedades, teje la ironía de los pequeños espacios de la mirada en los que estamos erguidos pero inmóviles, teje el catastro de innumerables personajes anclados en su precaria posición de postes de alumbrado público, teje la parodia del miedo por todo lo que sea extraño. Tanto en este libro como en toda su obra, todo lo que sea perspectiva general del mundo, echa siempre sus raíces en la pasión de un fuerte arraigo por Caracas.

Tristicruel, Sin sueños. Pobresías, Muelas de sal, Radiela, Pastoral, Las aventuras de Burocrator. En total 6 libros y lo que quede por descubrir. Espero que tengamos la fortuna de ver pronto impresa toda la obra de Domingo Michelli. La he visto de bastante de cerca y no me cabe duda alguna de que se trata de una obra rigurosa, una obra que recorre territorios indispensables de la geografía contemporánea. Cada texto que la habita tiene el impulso cortante de una lucidez depurada de pruritos. Este primer libro, con sus raíces bien echadas en la ciudad Caracas, es sólo una muestra de un mundo de ficciones mucho más amplio. Brindo por Domingo Michelli, sí, por el gran libro del recuerdo que marcó como ser indispensable entre muchas personas que lo conocimos; pero también brindo por la obra literaria que nos deja y que estoy seguro se hará indispensable en la mente de innumerables lectores. Tempranamente esa obra ya encontró su casa en muchos de nosotros.

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