¡A escribir!

El Gran Hotel Budapest (2014), de Wes Anderson, por Maikel Ramírez

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Imágen tomada de acá

Nuestro célebre crítico de cine Alfredo Roffé categorizaba como opacas a aquellas obras cinematográficas que hacen sentir la presencia de su realizador, en tanto que una cinta transparente comunica su mensaje sin que el espectador repare en el soporte material que lo expresa, como si todo ocurriera por causas naturales, sin la intervención de una mente humana en la selección de los códigos cinematográficos que lo articulen con mayor acierto. Juzgo que desde su segundo largometraje, Rushmore, el director Wes Anderson ha desarrollado un estilo visual lo suficientemente personal y enérgico como para otorgarle la condición de autor. Las líneas que siguen las reservo para hacer notar algunos aspectos de su cine a través de su nueva pieza, El Gran Hotel Budapest, la que posiblemente sea su expresión más acabada.

            Valiéndose del recurso del encaje (una historia dentro de otra, y así sucesivamente), y ambientada en el imaginario país Zubrowka, en 1985, una joven lectora nos llevará ante el busto de su escritor favorito (Tom Wilkinson), quien luego nos contará la historia de Mustafa Zero (F. Murray Abraham), a quien conoció cuando se hospedó en su decadente Gran Hotel Budapest en 1968 a causa de una enfermedad típica de la intelligentsia de aquella región.  El relato de Zero se remontará a 1932, cuando comienza a prestar servicio en el conocido hotel a cargo de Monsieur Gustave (Ralph Finnes), con quien establecerá una relación afectuosa. Pero dos peligros se ciernen sobre el Gran Hotel Budapest y su administrador: por una parte, su injusta encarcelación por el asesinato de Madame D (Tilda Swinton), dueña del hotel; por la otra, la irrupción de la guerra. Zero rememorará entonces su colaboración para sacar a Monsieur Gustave de la cárcel, la declaración de inocencia de este y la herencia que Madame D le dejó, y su amor inolvidable por Agatha, personajes arrancados de la vida de Zero por la tragedia: el fusilamiento, en el caso de Monsieur Gustave, y la enfermedad, en el caso de Agatha y su hijo.

            En razón de que lo importante es resaltar la decadencia del Gran Hotel Budapest, la estrategia que estructura el filme es el contraste. De manera específica, Anderson forja un pasado de cuento de hadas, apelando desde el inicio a la conocida fórmula del lugar distante (“on the farthest eastern boundary…”) y atemporal (“once the seat of an empire…”), o cuasi-atemporal en este caso, propia del género. En correspondencia con esta idea, se encuentra una gama de colores pasteles que cubren una geografía cubierta por un frío parco de a ratos, que evocan la atmósfera de los grandes cuentos de Andersen y otros tantos escritores, lo cual, en algunos momentos, se hace acompañar de una música mínima similar a una cajita musical. En una palabra, ese pasado colorido, animado, radiante,  sin ansiedad, de compromiso por el trabajo y de majestuosidad estética, contrasta radicalmente con el estado de desidia, pereza, inmovilidad y deterioro que se palpa por doquier en el Gran Hotel Budapest, acaso la evidencia más clara del risueño pasado perdido es su dueño, el nostálgico y venido a menos Zero.

            Dice Zero que lo civilizado y generoso que quedaba en el mundo lo encarnaba Monsieur Gustave y, si evaluamos el ser y hacer en el mundo de este personaje, podemos estar de acuerdo. El encargado del Gran Hotel Budapest, interpretado de una manera tan suprema que cuesta creer que estemos ante el mismo actor que dio vida a al despreciable Fritz del clásico de Steven Spielbreg, La lista de Shindler, es un hombre apacible, dadivoso, que no parece entender plenamente las dimensiones de la muerte y el peligro de estar tras las rejas. Por igual, Monsieur G. recita poemas y encabeza la cena de sus empleados con discursos conmovedores como: “las personas más temibles y poco atractivas solo necesitan que las amen y se abrirán como una flor”. Y si, como vemos, se acuesta con mujeres ancianas, rubias y frívolas, es porque se concibe a sí mismo como un instrumento para dar felicidad a esas señoras que, al igual que Madame D, se sienten solas y despreciadas. No resulta extraño, por tanto, que esta mujer le deje como herencia el cuadro Muchacho con manzanas, puesto que Monsieur G. es el cuidador de la belleza, elemento que retomaré más adelante.

            Anderson, como nos tiene acostumbrados, cuenta en su nuevo filme con personajes adultos que tienen algo de niños, como es el caso del encargado del Gran Hotel Budapest (veamos también La vida acuática de Steven Zissou, The Darjeeling limited, The Fantastic Mr. Fox), y niños que tienen algo de adultos, como la responsabilidad que tiene el joven Zero de estar al frente del hotel mientras Monsieur G. está encarcelado (fijémonos también en Rushmore, Moonrise Kingdom). En líneas generales, se puede decir que este filme contiene la confrontación entre padres naturales, o simbólicos,  y sus hijos, típica de sus filmes: Rushmore y su tutor (Rushmore), el hijo abandonado que regresa (La vida acuática de Steven Zissou), el padre irresponsable que desatiende al hijo (The fantastic Mr. Fox), el divorcio y sus consecuencias (The Royal Tenenbaums), la búsqueda de la madre y la muerte del padre (The Darjeeling limited), y la huída para lograr la independencia (Moonrise kingdom). A la luz de estos ejemplos, podemos concluir que Zero, joven que perdió a sus padres a causa de una guerra, y Monsieur G. establecen lazos afectivos que superan la amistad. El hombre hace de Zero su heredero, vela por su matrimonio con Agatha, y hasta sacrifica su vida por él, como vemos casi al final.

            El Gran Hotel Budapest refrenda el estilo que ha hecho de Anderson un cineasta con un sello innovador: (a) planos y contraplanos con los personajes mirando a la cámara directamente, lo que, a mi modo de ver, no solo produce plano expresivos, sino que subrayan el tono humorístico; (b) paneos que sustituyen los cortes directos y que, repito, acentúan el humor; (c) travellings que siguen a los personajes por las habitaciones y zooms rápidos que conforman una unidad coherente. El influjo del cine mudo, que lo hay, se manifiesta con una variación de los cierres de iris en la secuencia en la que los miembros de la sociedad de las llaves cruzadas se llaman por teléfono, recurso que, ya se habrá notado, focaliza a los personajes. Siguiendo con el cine mudo, si vemos parte de este filme sin volumen, notaremos que continúa siendo entendible. Anderson es tributario del mejor Chaplin, en la medida en que, pese a que su historia es inequívocamente trágica (la soledad de Zero, la pobre salud del escritor, la decadencia del hotel, el fusilamiento de Monsieur G., la muerte por enfermedad de Agatha y el bebé, los regímenes totalitarios, la guerra), logra hacernos reír y contemplar  belleza en medio de situaciones críticas.

            En última instancia, podemos preguntarnos si la trascendencia de El Gran Hotel Budapest solo reside en lo que he señalado hasta ahora. La respuesta es que este conjunto de recursos apuntan a contar algo mayor: la historia de Europa durante el siglo XX, cuyo símbolo es el Gran Hotel Budapest y más que este, como bien lo resume Zero, Monsieur G., quien por metonimia representa el hotel. En consecuencia, no es fortuito que después de mantenernos regodeándonos en su mundo de ensueño, Anderson registre la inminente muerte de Monsieur G. por medio de un plano en blanco y negro, cual mancha que sacude nuestra visión  y que, sobre todo, anuncia que el mundo que conocemos se viene en picada, que ya nada será igual después del fascismo y las guerras mundiales. Ese plano rasga la historia en dos. Allí se inicia la decadencia física y espiritual del emblemático hotel.

            Hacia el final de su conversación con el escritor, Zero asevera que Monsieur G. sabía que el mundo que conocía había empezado a desvanecerse. Algo de cierto hay en esta afirmación, pues vemos que antes de su fusilamiento este par de personajes habían experimentado una situación similar. Por otra parte, presenciamos que Monsieur Gustave cena en soledad dentro de una diminuta y austera habitación, con rostro compungido,  gesto que no es incoherente ni enigmático si tenemos en cuenta las palabras anteriores de Zero, esto es, Monsieur G. se aferra a un mundo feliz que es su propia creación, un colorido hotel que es su fantasía materializada. En todo caso, esto es consistente con los mundos propios y autónomos que se proponen algunos de los personajes del cine de Anderson (La vida acuática de Steven Zissou, Moonrise kingdom, The fantastic Mr. Fox, Rushmore).

            Es coherente que el terreno que se disputen los personajes antagónicos de El Gran Hotel Budapest sea la pintura, expresión artística que obsesionó a Hitler, quien, como es sabido, fue un artista frustrado y, al llegar al poder, tildaría al arte moderno de ‘degenerado’. Por cierto, Su robo de piezas de arte durante la Segunda Guerra Mundial es el tema central del más reciente filme de George Clooney, Operación monumento. En la visión de Anderson, los cuentos de hadas sí existen y son cualquiera de los lugares donde reivindiquemos la vida humana.

Maikel Ramírez

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