¡A escribir!

La risa de Domingo Michelli no duerme, por Adalber Salas Hernández

10616635_10152660005916970_3953118769538751693_nFoto tomada por Oriette D’Angelo

Seré breve: entre las conversaciones que migraban de café en café –y de café en cerveza– y los interminables correos que intercambiábamos, dije a Domingo todo lo que debía decirle a propósito de Tristicruel: que es uno de los mejores libros de nuestra generación –él arrugaba la cara cuando yo usaba esa término tan abusador–, una de esas obras singulares que son a la vez síntoma y diagnóstico, crimen, veredicto y sentencia. Que su lucidez insobornable y su ferocidad estaban bien empleadas: en el uso del lenguaje, certero en todos sus “errores” y todas sus errancias; en su manera de ver esta ciudad a través una ficcionalización que no la matiza ni la recubre, sino que nos la devuelve más desnuda todavía, incontestable y cruda. Que había que amar y odiar mucho a Caracas para escribir así sobre ella: sabiendo que no requiere absolución –y que, aunque la pidiera, no la conseguiría. Que era un honor –no hay otra palabra– poder publicar Tristicruel en la colección que dirijo. Dije a Domingo todas estas cosas que ahora digo a ustedes. Y no he dejado de creer en ellas.

Pero hay algo que no le dije. No a propósito del libro que nos reúne aquí, sino a propósito de él. Domingo era una persona de una generosidad enorme, no sólo con sus amigos y familiares, sino con los libros. Lo primero ya lo saben: aunque no estoy en persona, me consta que se encuentran aquí muchos de sus afectos. Pero es importante recordar lo segundo: se dejaba fascinar por toda clase de ediciones, desde las más artesanales hasta las más mamotréticas, desde las tapa blanda todo terreno hasta las de una delicadeza que casi pedía antialérgicos. Y de la misma manera trataba a sus afectos: era una de esas raras personas capaces de querer a toda clase de gente. Esta generosidad libresco-afectiva pide ser mencionada junto a su libro, pues están indisociablemente unidos.

Y diría que están vinculados por un hilo abrupto: la risa de Domingo, siempre sarcástica, siempre demasiado aguda, acompañada de gestos y movimientos de cabeza. Ese era el puente entre él y sus amigos y sus libros. Domingo se acercaba con la risa a todo lo que amaba: por eso la recordamos tan nítidamente. Por eso la escuchamos al leer Tristicruel, recorriendo cada relato, cada pasaje donde las obsesiones del autor, aquello que tanto lo atrapa, se muestra bajo la forma de parodia, de juicio voraz. La risa de Domingo era implacable.

Nunca alcancé a decirle lo mucho que aprendí de su risa. Tenía un efecto de extrañamiento: lo dejaba a uno desdoblado, de pronto dueño de una capacidad crítica enorme. Desde que empezamos a intercambiar textos, esa risa me acompaña, me guía y, sobre todo, me detiene cuando voy a escribir un despropósito o una cursilería. Incluso la oía cuando me decía que le gustaba un texto, que no tenía cambios que sugerir. Ahora que no está con nosotros, ahora que todas mis conversaciones con él en realidad son monólogos a dos voces, lo que más escucho es su carcajada incisiva. Puedo decir, sin duda ni pudor, que escribo mejor desde que hago caso a la risa flaca de Domingo. La llevo conmigo todo el tiempo, insomne, incansable.

Aprender a escuchar esta risa no es imposible para quien no lo haya conocido. Basta con recorrer Tristicruel o alguno de sus libros inéditos –condición que no tardará en cambiar. Ahí está Domingo riendo con su mirada tierna y sus manos tristes, haciendo chistes agudos, demoledores. Domingo, el de la escritura carnívora, el antropófago alegre, haciendo temblar las ventanas inquietas de la vida.

 

Adalber Salas Hernández

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