¡A escribir!

Juez en el invierno (2014), de Jorge Gómez Jiménez, por Maikel Ramírez

Juez en el inviernoImagen tomada de acá

A principios de este año, una singular noticia cobró resonancia mundial. Según los reportes, en Rusia, un profesor retirado y devoto de la poesía apuñaló mortalmente a un amigo, con quien compartía unas copas, porque este obstinadamente reclamó para la narrativa la condición de género literario superior. Lo que resulta atractivo y, además, viene a cuento para los comentarios que siguen es que estos hombres, aunque propulsados por las dosis etílicas, parecen asumir con más entereza sus juicios sobre obras literarias que Raimundo Trillo, personaje estelar del cuento Juez en el invierno, del escritor venezolano Jorge Gómez Jiménez, pieza que se hizo con una mención de honor en el II Premio Nacional de Cuentos Guillermo Meneses, edición 2012, y publicado este año por la editorial Lector Cómplice.

El afamado escritor venezolano Raimundo Trillo, autor de la novela Invierno rebelde, nos cuenta que recibió la invitación de la Benemérita Pontificia Universidad Ignaciana para participar como juez en el Magno Concurso Nacional de las Letras Jóvenes, que celebrará  dentro de tres meses en algún país caribeño no especificado en la historia. Interesado solo por la cantidad de dinero que recibirá por el pago de honorarios y la buena vida que esto le granjeará, Trillo aceptará participar en dicho concurso de letras, pero las ocho novelas que debe evaluar le producen desinterés al ir encabezadas por lugares comunes, así que ni se preocupa por continuar la lectura. Trillo viaja  al país anfitrión como había sido acordado. Días antes de la ceremonia recibe la visita de los otros dos miembros del jurado, quienes le confiesan no haber leído completamente ninguna de las obras participantes, situación que alivia a Trillo y lo lleva a sugerir premiar la pieza que al menos superficialmente prometa mayor rigurosidad estética y temática. Así, el premio va para Recuerdos imborrables, presentada bajo el seudónimo Funes el memorioso, pero meses después la reputación de Trillo se verá deteriorada, debido a que la obra premiada plagió páginas enteras de su Invierno rebelde.

A decir verdad, este recuento no le hace el mínimo de justicia a Jorge Gómez Jiménez, quien crea una narración que abunda en un humor enloquecedor. Tal efecto se produce por el continuo contraste entre los registros lingüísticos  de su narrador-protagonista y  los académicos de Benemérita Pontificia Universidad Ignaciana. En concreto, Raimundo Trillo se expresa informalmente como lo haría cualquier venezolano en su cotidianeidad más secular. Trillo es el maestro de los juegos fónicos (“de pasapalo veo en Google que el hotel está a la orilla de la playa”), del contrapunteo sexual (“esta tiene ciento siete, ay miamor, pa empújate mi machete”), del uso del diminutivo para referir las cosas que atesora (“…un sitio donde tomarme una polarcita”),  y de venezolanismos, como metáforas (“me sigo dando latas con las mamis”), símiles (“…más duro que un camión de cochinos”), exageraciones (“Celia se caga de la risa”), frases idiomáticas (“vaya a que lo coja un burro con los ojos celestes), metonimias (“culitos”) y coloquialismos (“guevonadas”), mientras que, del lado contrario, los académicos emplean el verbo ritual propio de la esfera comunicativa en la que se encuentran, fórmulas protocolares que, en efecto, deben resultar anquilosadas y desprovista de significado para la espontaneidad de alguien como Trillo.

A juicio de Luís Barrera Linares, como se lee en su fundamental obra Discurso y literatura, el cuento debe dirigirse a un lector universal inmune a las limitaciones que imponen el tiempo y las circunstancias geográficas específicas. Dicho esto, podemos identificar en este cuento temas que trascienden el contexto socio-histórico inmediato del lector, como, entre otros, la crítica literaria hecha dentro y fuera de la academia, si no, echemos un vistazo a la historia de la crítica literaria venezolana, llena de rencillas por esta oposición. Aún hoy se produce esta fricción, como quedó demostrado cuando la poeta venezolana  Oriette D´Angelo, coordinadora creativa de SDL, ejerciendo de abogada del diablo, preguntó en su muro de Facebook por qué no existe la crítica literaria en Venezuela. El resultado fueron casi cien comentarios tan diversos como apasionados, lo que, sin lugar a dudas, evidencia la intensidad con que se vive este asunto.

Sé que es tentador condenar a Trillo a la silla eléctrica o lanzar fuegos artificiales para celebrar el maltrecho desenlace que sufre, pero no seamos severos con él, pongámonos, en cambio,  en su lugar y tratemos de entender si realmente es cómodo y justo escoger un ganador entre obras de poca calidad literaria en vista de que el concurso no puede ser declarado desierto. Desde mi perspectiva,  apartando la negligencia para detectar el plagio, Trillo obra de manera ética y apegado a una normativa de lo que un objeto literario debe ser: “La cuarta, Invasión, viniendo de un latinoamericano y con los tres coñazos anteriores este seguro que imagina una invasión gringa, ah no, peor,  arranca describiendo la nave extraterrestre en cuyos visores electrodigitales se ve un punto azul en el negro infinito, no seguiré leyendo pero ya sé que ese punto azul somos nosotros y estos extraterrestres que por supuesto tienen seis ojos y cinco piernas y dos órganos sexuales porque de paso son hermafroditas vienen a invadirnos atraídos por la lozanía de nuestro planeta y no saben que esta vaina se está cayendo y ni ozono tenemos, y al final seguro los vamos a tener que correr con algún virus, otra pal montón de la mierda”. Este extracto no solo demuestra que Trillo ha leído el clásico del género ciencia-ficción La Guerra de los mundos, de H.G. Wells, sino que sabe que a este le han seguido un montón de remedos que han desgastado lo que de original tenía cuando apareció a finales del siglo XIX.

Dice el escritor argentino Andrés Neuman que no vacila en abandonar un libro cuando este no cumple con sus expectativas, lo cual me parece un ejercicio legítimo de la libertad que tiene el lector. Vista así, la historia de Trillo toma tintes trágicos por cuanto que lo que a primera vista se asomó como un simple trámite para cobrar un dinero que resolvería ciertas carencias del hogar y del placer se subvierte, porque ninguno de los participantes ha presentado una obra meritoria del premio (recordemos que los otros dos miembros del jurado opinan lo mismo). De manera que, cualquiera que sea el veredicto, obligatorio, cabe recalcar, la reputación de Trillo se verá mermada. Les Quintero, editora al frente de Lector Cómplice, afirma que las desventuras de Raimundo Trillo no buscan provocar, sino, ante todo, exponer una vivencia desde la óptica del escritor. Confiemos en este aserto para evitar extraer prescripciones moralistas y poder trasladarnos a las complejas ramificaciones de una experiencia a la orden del día para cualquier escritor.

 

Maikel Ramírez

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s