¡A escribir!

Objetos no declarados, de Héctor Torres. Por Maikel Ramírez

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La lectura que realicé del nuevo libro del escritor venezolano Héctor Torres coincidió con mi asistencia al IV Encuentro de Lingüística, celebrado en el marco de La Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, en el que los profesores Francisco Bolet, Marisol García y Ana María Ramírez prodigaron evidencias sobre algunos usos del lenguaje que deterioran las relaciones intersubjetivas de los venezolanos. Desde sus diferentes áreas de experticia: las ideologías, la cortesía verbal y el estudio de géneros, respectivamente, estos investigadores del lenguaje demostraron los efectos perniciosos que se derivan de ciertas prácticas discursivas corrientes en nuestra sociedad. En efecto, entiendo que habrá otras formas de acercarse a la reciente obra que nos ofrece Torres, pero los  comentarios que siguen se centran, con mucho,  en el habla cotidiana de los venezolanos y su nociva incidencia en su forma de actuar, asunto que recorre cada una de las páginas de este libro.

            Registrado por el sello Ediciones Puntocero, Objetos no declarados, aparte de las palabras introductorias de su autor, contiene algo más de treinta apartados divididos entre crónicas y reflexiones sobre un amplio cúmulo de comportamientos de la sociedad venezolana. Empecemos por el principio, los objetos no declarados, según la metáfora de la aduana construida por el autor de Caracas muerde, son el complejo entramado de rasgos que conforman nuestra identidad, eso que algunos constriñen bajo el nombre de venezolanidad. En términos más simples, se trata de nuestra forma de ser, estar y hacer en el mundo que nunca declararemos en una aduana, pero que no solo nos acompañarán a cualquier lugar del mundo, sino que definirán quiénes somos y quiénes son los otros con quienes interactuamos en suelo foráneo.

            En caso de tener que incluir a un gran número de las personas que habitan estas historias diarias dentro de una macro-categoría, disponemos, desde luego, del ‘vivo’ criollo, metáfora sustraída de la propia condición de estar con vida, que en algún momento del pasado, inferimos, fue aplicada por un infractor de las leyes para dotarse así mismo de una condición socialmente bien recibida, lo cual, por implicación, enmarcó al ciudadano como ‘muerto’. Al objeto de sintetizar, digamos que el abusador tiene vida, en tanto que quien respeta las leyes es un muerto, solo que esta metáfora está tan convencionalizada que pasamos por alto el traspaso de significado que acá se lleva a cabo. De manera que no se trata de una simple expresión del lenguaje, sino, en rigor, de un concepto que puede activarse cada vez que estamos frente a una situación que no se ajusta a nuestros deseos y que dictamina nuestro comportamiento de viveza. En este horizonte de ideas, Objetos no declarados asoma crónicas en las que esta idea del vivo opera en claro desmedro de la convivencia social. A guisa ilustrativa, leamos, por un lado, Una calle estrecha de una sola vía, en la que una joven se dirige en carro por una calle de una sola vía y se topa con hombre que conduce en sentido contrario, esto es, ‘comiendo flecha’, y que solo retrocede cuando se acumula una larga cola de vehículos y posiblemente sopesa  el enfrentamiento con otro hombre; por otro lado, Calor familiar, le llaman nos cuenta acerca de esa incipiente modalidad de privatizar arbitrariamente una acera y ejercer de ‘cuidacarros’ que practican algunos individuos, quienes, para hacer el asunto más calamitoso,  pueden pasar de la cordialidad al vandalismo si quien estaciona su vehículo no cede al pago de una cuota mínima.

            Instructivas son las pequeñas crónicas que Héctor Torres reserva para al final de su libro bajo el irónico título Epílogo (Contrabando), pues allí encontramos venezolanos que han emigrado a distintos países del mundo, pero que tienen como punto común que, como lo expresa elocuentemente uno de ellos, cuando menos se lo esperan: “el Caribe toma el control”. Encontramos, por poner un ejemplo, un caraqueño que decide comerse una luz roja en el nuevo país que lo acogió, y que ante la multa del agente de tránsito apenas alcanza a pensar que sufrió un ‘aplique’. Como se aprecia, este venezolano racionaliza su conducta al margen de la ley por medio de su victimización: él no cometió un delito, sino que, ante todo, fuerzas mayores se la aplicaron. Quien así habla nos puede traer a la mente la perplejidad de la pequeña Alicia ante la carrera política que juegan los animales de El País de las Maravillas. La diferencia estribaría en que mientras que el personaje de Lewis Carroll se sentiría incapaz de avanzar ante un código que no logra descifrar, lo cual demandaría un nuevo aprendizaje o una readaptación; un vivo curtido, pese a su desconcierto, se afanaría en identificar cómo la norma de ese juego se puede transgredir, descartando adoptarla como un código que rija su participación en la actividad.

            Supongo que a estas alturas ciertos hechos se nos imponen de modo tal que obligan a fijar posiciones y dispensar argumentos sólidos. Hace apenas unos días, el actual director general de Conatel, William Castillo, emitió un mensaje por la red social Twitter en el que calificaba de “deprimente” y “antiayuda” a Ni tan chéveres ni tan iguales, de Gisela Kozak Rovero, y a Objetos no declarados, trabajos que, a su parecer, se animan a la batalla. El problema es que estas palabras derivan hacia un ineludible atolladero para el directivo de la mencionada institución. A ver, si leemos el apartado Boarding pass, damos con estas disertaciones de Torres: “¿Te parece que las reglas son para los pendejos y que tú sabes siempre lo que estás haciendo, por lo que no debes guiarte por otra normativa que tu instinto?”, “¿No te avergüenza llegar tarde (ya darás una excusa) o embarcas en una cita y avisas a última hora o no avisas?”, “¿Consideras que comerse la luz, evadir impuestos, buscar una palanca, son actitudes de gente pila, y cuando te pescan en una falta niegas toda evidencia?”, o “¿Desechas de forma peyorativa los argumentos contrarios o no puedes discutir sin acudir a las descalificaciones personales, o reclamar sin acudir a insultos”. Para ser más precisos, tres escenarios desfavorables se le ofrecen a Castillo: (a) no ha leído Objetos no declarados, ni siquiera de refilón, porque de haberlo hecho sabría que lo que dice entra en contradicción con el propio texto; (b) Castillo está en desacuerdo con todas las interrogantes, porque él sí cree en el abuso de las normas, la impuntualidad, etc; (c) a Castillo le es indiferente todo eso, ya que tales prácticas sociales no le solicitan juicios morales ni nada cercano.

            Se puede añadir más todavía: Objetos no declarados tiene pasajes de innegable redención, como ocurre cuando encontramos venezolanos que se tienden una mano entre sí, gente que trabaja para mejorar su situación y que cuidan de su prójimo. A la crónica Cenestesia, por ejemplo,  le debemos una mención aparte, por cuanto que Torres captura con precisión y lirismo la necesidad de contacto físico que nos define como cultura: “se trata de esa manera, quizá primitiva pero hermosa en su visceralidad, de decirle al otro que es nuestro prójimo (próximo): tocándolo”. En todo caso, si hacemos memoria, veremos con claridad que a esa atmósfera salvaje de Caracas muerde le sucede un momento de redención, cuando en la crónica Su propio santoral una joven embarazada es rescatada de un posible atraco (¿violación? ¿asesinato?) por el joven que atiende una gasolinera.

            Objetos no declarados forma fila al lado de un conjunto de publicaciones que en los últimos años, y desde diversas corrientes culturales,  han indagado sobre lo que cimienta nuestra identidad: La herencia de la tribu, de Ana Teresa Torres (la gesta independentista en el imaginario nacional),  Las fantasías de Juan Bimba, de Áxel Capriles (los arquetipos), Álbum de familia, de Michelle Roche (el impacto de la Revolución Bolivariana) y Ni tan chéveres ni tan iguales, de Gisela Kozak Rovero (el cheverismo), por citar unos títulos . Es una obra cuyas crónicas, como si miráramos un plano de detalle tras un zoom rápido, se detienen en los pequeños gestos que nos hacen día a día. En especial, aquellas ideas o conceptos que socavan nuestra convivencia intra y extramuros.  Con oficio, Héctor Torres, ese “pateador de calle”, como se autodefine en la introducción de este libro, nos invita a pensarnos, a poner en marcha lo que la sapiencia de los antiguos griegos codificó en una simple máxima: conócete a ti mismo.

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Maikel Ramírez

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