Pluma creativa

Elogio de los parques vacíos, por Santiago Uhia

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Para nadie es un secreto que la ciudad contemporánea es un desastre. Los que vivimos hacinados en los centros históricos, en estudios de proporciones liliputienses, rodeados por las incansables vallas de neón, por las tiendas de recuerdos y los ríos de turistas en bermudas que todo lo untan de grasa y salsa de tomate, sabemos que las capitales son lugares invivibles. El ciudadano sale de su modesta vivienda, agobiado por el ruido de los taladros, por el precio del alquiler, en busca de una cena rápida y se queda perplejo ante la evidencia del fracaso. Mira boquiabierto al cielo, a la sucursal principal de algún banco (una torre de acero y cristal, redonda y muy alta como un enorme falo cromado que se eleva en un gesto soez hacia él y hacia todos los demás plebeyos) y se pregunta si podrá alguna vez, a una distancia razonable, ojalá dentro del radio de acción que su tarjeta de transporte le permite, sentarse en algún lugar tranquilo a ignorar sus problemas y contemplar en silencio un paisaje menos gris.

Muchos sucumben ante el impacto de la ciudad y terminan saltando al vacío, bien sea en sentido literal, desde alguna azotea cercana, o en sentido figurado, llevándose sus vidas a los suburbios, escapando hacía la periferia, que es lo mismo que decir hacia la nada, en vehículos familiares, muy parecidos a las carrozas fúnebres, que auguran el fin de las sorpresas y una vida larga, sin sobresaltos, marcada por sucesos parroquiales, por la cercanía desconcertante de lo rústico. Sin embargo, unos pocos resisten y se dan cuenta de que es un error caer en el pesimismo propio de la época. Algunos comprenden que la cura para el mal de la ciudad no se encuentra ni en los calmantes, ni en los supermercados orgánicos, ni mucho menos en el tedio reconfortante de los pueblos, sino en la ciudad misma.

Así es, la ciudad agrede y envenena al hombre común, a todo el que esté por debajo de los pisos treinta y cinco de los edificios de oficinas (información ésta que ha sido corroborada por numerosos estudios), pero también nos ofrece el antídoto. Hablo, por supuesto, de los parques vacíos, de los grandes espacios verdes con sus senderos serpenteantes y sus bosques en miniatura por los que, a media mañana, mientras la colmena se agita y el hombre en su cubículo va perdiendo humanidad, se cruzan de vez en cuando el desempleado y el pensionado. No hablo de los parques de los fines de semana, de las niñeras ignorando a los muchachitos, del hombre rollizo corriendo sin gracia, sudando con necedad, sino de la alegría de los columpios estáticos y los toboganes fríos, del ruido del viento que se oye como por primera vez mientras levanta las hojas junto al árbol en el que ningún grupo de adolescentes se ha juntado para inhalar Dios sabe qué a escondidas.

En este agujero en el tiempo y el espacio se encuentra, sin duda alguna, la cura para la desazón que agobia a la población urbana. Basta con recorrer despacio uno de esos caminos para comprobarlo. Pareciera que el simple hecho de advertir la ausencia relativa de los otros, la desaparición de las multitudes, realza la pureza del aire, da a los arbustos un verdor más intenso y, como es de esperar, facilita la contemplación de los detalles y la comprensión de los conceptos filosóficos más complejos y abstractos. Este cambio súbito de ecosistema sume al hombre en un estado de sosiego profundo y altera su percepción de la realidad, haciéndola, por unos instantes, llevadera, casi distante.

Esta teoría, en camino ya de convertirse en verdad irrefutable, es defendida por numerosos expertos alrededor del mundo. Entre ellos, algunos ingenieros y eminencias del neuromarketing afirman que es en la soledad de los parques vacíos donde el hombre se encuentra consigo mismo y con su entorno, donde recupera la fe en la sociedad y –según los más optimistas- en el progreso. Al respecto, el editorial del número 113 del Latin Amercian Journal of Contemporary Urbanism nos explica lo siguiente:

Un parque vacío es un elemento fundamental de la polis contemporánea: es una ventana a otro paisaje, un lugar en el que la naturaleza ha crecido y se ha desarrollado dentro de los planes y cronogramas preestablecidos por unas instituciones fuertes y eficientes. Se trata de un espacio en el que el ciudadano puede entrar en contacto con su Yo primitivo, su Yo salvaje. Todo dentro de los parámetros fijados por la comunidad. Esto contribuye indiscutiblemente al equilibrio social y a la construcción de una mejor imagen del estado en la psiquis del los habitantes de una ciudad.

Podríamos decir entonces que la clave de este milagro del urbanismo está en el balance de libertad y de consuelo que procura al hombre harto del bullicio. Por un lado está la sensación, siempre necesaria, de volver a la naturaleza, de perderse en ella por unos segundos (el tiempo justo entre el avistamiento de un paseante y el siguiente). Pero también, y éste es tal vez el elemento central del asunto, nuestro hombre liberado y salvaje no está verdaderamente inmerso en la naturaleza, de lo contrario no podría sosegarse y sentarse a ignorar sus problemas sobre un banco de madera. Los parques vacíos nos inspiran calma porque no son la naturaleza real, la experiencia extrema e incómoda de la que el ciudadano, por definición, huye. Es más bien una evocación de sus mejores elementos.

Solo en medio de la soledad institucional de estos refugios siente el ciudadano que se crea un equilibrio entre la urbe y sus instintos salvajes, entre la vida que le ha caído en suerte y las pulsiones que ha mantenido a raya con dificultad. Una cosa es cierta entonces: mientras logramos colonizar otros planetas y descubrimos mejores formas de esconder la naturaleza en la vida cotidiana del hormigón, del acero y del cristal, los parques vacíos seguirán siendo un punto esencial en la agenda de los gobiernos municipales, cuya preocupación se sabe, es la salud mental de sus votantes.

Saludamos por eso los avances en este campo y proponemos, para terminar, algunas ideas a las autoridades correspondientes:

  1. Parques flotantes;
  2. Parques para neuróticos sin hijos;
  3. Parques subterráneos en cuyos techos se proyecten, en bucle, paisajes submarinos;
  4. Parques oscuros (diferentes de los famosos Glory Parks);
  5. Cabinas-parque individuales.

 Confiamos, como siempre, en que lo mejor está por venir.

 

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