Pluma creativa

Prefiero una Bogotá muerta que una Troya invadida y en llamas, por Sebastian Rodríguez

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Prefiero una Bogotá muerta que una Troya invadida y en llamas

Juan Pedro Pablo

La ciudad me recibe  esta mañana con su constante indiferencia. Sus arterias, órganos, células y entramados que conforman sus sistemas añoran con devorarme poco a poco, regirme y domar mis ímpetus para encerrarme entre la gran tumba que es su estómago.

A falta de calor humano y esperanza, la ciudad me cala cada vez más hondo su beso de teatro, y pronto su aliento frío se levanta de las calles para abrazarme con su ternura espectral que empalidece el rubor de mis labios y amenaza con arrebatarme la vitalidad de mis ideales.

Abandonando la idea de serenidad que ofrece mi cama, me levanto y pongo a riendas mis mecánicas piernas: no tengo nada que perder desde que dejé de reconocer dueño y soberanía en mí. Una sonrisa crápula se enmarca en mi rostro cuando observo que el gran cementerio lleno de altas y grandes lápidas que es Bogotá está inundado por una gran y densa manta de neblina.

Mi alegría tiene una razón de ser más altiva: me engullo de añoranza cuando doy cuenta que estas personas  -muertos vivos, vivos muertos- huyen con afán de la cellisca que brota como manantial atemporal  del núcleo de la neblina… (Me pregunto si ha vuelto a reposar la libertadora corrupción de la diosa Chíe sobre el baldío desierto de Bogotá. Bochica no seas idiota y no la condenes, deja que inunde todo con su solícita presencia: sólo así podrá limpiarse la sangre que brota de esta nación criada en la cultura de la guerra) Sienten temor hacia la vida por eso siempre escapan, siempre se esconden; el vivo, el verdadero humano, mientras tanto ofrece con esplendor su pecho, se dirige hacia la figura porosa  y gaseosa que arremete contra la ciudad, porque sólo aquel que busca, entiende y se expone sin vacilar a la naturaleza desenmascarada de la Muerte encuentra que el placer, y no necesariamente la felicidad, confiere al hombre del verdadero sentido de la vida, ese que nos impulsa hacia adelante cuando desechamos el miedo a la muerte y la aceptamos como un elemento más de nuestra existencia  – herencia de la fría y eterna naturaleza de la evolución – y no como un castigo proferido por la vanidad de un Dios.

Encontrar y, finalmente, recrearnos en lo que nos destruye debería ser la fuerza que dé marcha al motor que mueve nuestro universo: la imaginación.

Bogotá desaparece, se devora a sí misma. Alabada sea la sabiduría bruta de la naturaleza por no haber enviado fuego para desterrarla; el defecto del fuego consiste en que siempre deja evidencia de su paso, y lo que menos merece la indecorosa Bogotá es ser motivo de ruinas, motivo de contemplación. En breve la ciudad se ve consumida. La neblina lo ha hecho desaparecer todo, ni cenizas ni esqueletos: sólo ausencia y la eterna y bella Nada.

¡Bogotá ha muerto! No, no, no ha muerto, mejor aún, ha desaparecido y nadie dará con su terrible esquema de ciudad capitalina. El único recuerdo que quedará será este poema y  cuando el mundo lo lea nadie se interesará por ella, la aborrecerán y no tratarán de hacerla canto como a la gran Troya.  Vuelvo de mi terror diurno muy agitado, sudoroso, asustado, con sopor sobre mis sentidos y angustiada lógica, para dar cuenta, mientras viajo en éste matadero móvil llamado Transmilenio, que la neblina se ha disipado… revelando a la misma Bogotá de siempre y a su terrible encanto poético. Lloro por dentro mientras mi espíritu agoniza en las negras aguas turbias de la esperanza.

Bogotá nunca muere como nunca lo hace lo crápula, asqueroso y malo. Bogotá me ha susurrado su mustia y reveladora verdad. Ahora no quiero hacer nada más que huir de ella: acá ni siquiera un hombre vivo puede realizarse; la tierra magra de este lugar no está hecha para la luz del hombre.

Bogotá es la ciudad que Dios dispuso para el encuentro con la muerte: ¡Bogotá, hoy confieso que te amo! ¡Ay, mi amada ciudad natalicia! Dentro de tus correspondencias no se puede diferenciar lo muerto de lo vivo, y mucho menos, lo vivo de lo muerto.

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