Pluma creativa

Me gustas cuando fumas, por Jhensy Lucena

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R’Bonney Gabriel

Me gusta.  Me gusta de una manera en la que alguien más no me habría gustado antes. Me gusta porque no quiero estar a su lado todo el tiempo. Me gusta porque no siento ganas de decirle que me gusta.

El otro día fui a su casa y me acosté en su cama mirando al techo. Se acostó a mi lado y comenzamos a charlar. Hablamos de los amigos, la familia, de las personas que nos habían gustado alguna vez y hasta de medicina natural. Yo le conté que cuando murió Charlie me había sentido muy mal (cuando digo “murió”, no es porque que haya muerto por causas naturales. La verdad es que mi madre lo sacrificó. Tenía cáncer y la estaba pasando terrible. Mi pobre perrito no quería morir, Charlie quedó petrificado luego de que mi madre le aplicara una inyección, ahí, parado pero muerto), le dije. Me dijo que la primera mascota que tuvo la habían atropellado una tarde frente a su casa mientras estaba en el colegio. Al llegar a casa la encontró con las tripas afuera, en la acera. Estaban sus padres y no podía llorar frente a ellos, “no vaya a ser que creyeran que seguía siendo un carajito” por lo que se tragó las lagrimas como si fueran un caramelo de jengibre y se encerró en su cuarto durante un montón de horas. Posiblemente me haya contado eso para que no me sintiera mal sola y sentirnos mal juntos. Yo le miré y me causó cierta dulzura pero no le dije nada y volví a mirar el techo. Estoy segura de que si hubiese habido un espejo sobre el techo me habría visto la sonrisita característica que colgué en mi cara durante unos segundos. Sonrisita que inundó mi cuerpo y que seguramente ridiculizaron mis deseos de abrazarle las palabras. Para tratar de  espantar lo que estuvo tan cerca de revelar mi sentir, me puse en posición fetal, casi me chupo el dedo pero ya estaba muy “grande” para hacer esas cosas así que utilicé mis manos como almohadas pero no era tan cómodo, entonces  me puse boca abajo. Todo eso en 10 segundos. Y que tratando de “disimular”… No te digo yo pues. Claro, creo que no funcionó. Inmediatamente me preguntó “¿qué tienes?” Y yo le dije “¿yo? Nada, no, no tengo nada o bueno… Sí, no, nada vale. Tonterías”. El problema fue que se acercó demasiado a mí. Soltó una risita burlona y enseguida me provocó arrancarle un trozo de la voz con la que me dijo “¿Segura? Acompáñame afuera a fumarme un cigarro”. Entre dientes dije “ok”.

Se fumó más de tres mientras veíamos los carros pasar desde la terraza de su casa. Yo me alejé un poco porque el humo del cigarro me molestaba, sin embargo me gustaba mirar la forma en la que se llevaba el cigarro a la boca y en cómo ese humo que me irritaba un poquito (mucho) había atravesado una porción de su cuerpo y le tocaba la garganta y las amígdalas y el cielo de la boca y la boca enterita y yo ahí, viendo. Viendo como un niño que está viendo el mar por primera vez, viendo como me veía Charlie cuando estaba comiendo algo y no le daba.

Vi el cigarro entre sus dedos y quise ser cigarro. Uno sin filtro. Por qué es que uno siempre quiere muchas cosas pero muchas cosas no llegan siempre. Tal vez el problema no sea querer ni buscar. Digo problema y quiero decir asunto y digo asunto para referirme a que me gusta como se ve cuando fuma. Me gusta la manera en la que apreta el cigarro con sus labios y mira a cualquier lado para aspirarlo. Me gusta porque no puedo estar a su lado todo el tiempo.

¿Quieres uno? Me dijo. Yo aparté la mirada del círculo que formaban sus labios diciendo “uno” y le dije: No, gracias. Soy alérgica.

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